Cuando el miedo a la muerte no nos deja vivir

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 25 noviembre, 2015
Cristina Muriel Garín · 5 diciembre, 2013


Todos tenemos claro que algún día moriremos. No obstante a veces pensar en el fin de nuestra vida se traduce en un sentimiento que puede causar verdadero terror para muchos. A menudo podemos ver como las personas que se encuentran alrededor de otra que va a morir empiezan a sentirse muy angustiadas y a sentir un dolor profundo. Por otro lado la muerte y el miedo ante ella es para muchos la principal razón por la que las religiones han sobrevivido a siglos de historia. 

En ocasiones, se trata de una realidad tan dura que muchos prefieren alejarse de ella y de los ritos que hay a su alrededor. Pero, ¿Tiene esto algo que ver con sentir que nuestro fin también está cerca? Es decir ¿Con el miedo que sentimos al pensar que también nos llegará algún día o de ver en los moribundos un espejo de nuestra propia muerte? Y es que la muerte nos recuerda que somos vulnerables y finitos, le dice a nuestro yo que tal y como se conoce, con independencia de que pueda evolucionar en otra forma, va a desaparecer.

No obstante, algunas personas magnifican tanto este sentimiento que puede llegar a crearse una auténtica fobia hacia la muerte, convirtiendo el miedo en pánico irracional, llegando a ser completamente intolerantes con todo aquello que tenga que ver con el mundo de la muerte. 

Una de las fuentes de confusión que existen alrededor del miedo a la muerte es que, en su medida, es adaptativo porque nos hace estar alerta y evita que nos expongamos a situaciones de peligro. Sin embargo, cuando este se extremiza y se trasforma en fobia puede ser altamente incapacitante. Así, se pude dar la paradoja de que el miedo a la muerte sea a la vez el que nos impide vivir. 

Además, el miedo a la muerte puede sacar a relucir muchos otros miedos como: el miedo al dolor, a la oscuridad, a lo desconocido, al sufrimiento, a la nada… Sentimientos que la imaginación, las tradiciones, las historias han ido transmitiendo de padres a hijos que nos hace atormentarnos y no dejarnos disfrutar de la vida.

Por otro lado, la muerte de alguien próximo, además de recordarnos nuestra propia vulnerabilidad, va acompañada de sentimientos de pérdida que minan nuestras defensas cognitivas y nos hacen más vulnerables a los pensamientos negativos obsesivos. 

Respecto al origen de este miedo, muchos especialistas piensan que existe porque nos han enseñado a tenerlo. ¿Cómo? Una de las formas por las que aprendemos tiene que ver con imitar aquello que hacen otros; así, por ejemplo, si vemos a alguien restirar rápidamente la mano de un lugar asumimos que había algún peligro y lo tendremos en cuenta para no poner nuestra mano. Genralizando, si vemos que alguien teme a algo y no tenemos más información suponemos que ese algo será de temer.

Cuando el miedo aún no se ha convertido en fobia y simplemente se trata de un pensamiento reactivo y no incapacitante o condicionante algunas de las estrategias para controlarlo son:

Aceptar la idea. La muerte existe y eso no lo puedes cambiar; pero si lo que hagas hasta ese momento.

Creer firmemente en algo. Independiente de que sea verdad o no, la fe tiene muchas veces un gran poder trasformador.

-Poner el foco atencional en otro sitio, no le permitas a tu conciencia trabajar con este miedo o este pensamiento. Puedes hacerlo mentalmente (Ej: planificando lo que vas a hacer al día siguiente) o conductualmente (Ej: llamando a tu marido o mujer para preguntarle que tal te va el día).

Si este pensamiento empieza a generarte un gran mal estar, los pensamientos se vuelven recurrentes y este miedo empieza a condicionar tú vida debes consultar a un especialista. En este sentido, Mercedes Borda Mas, M.ª Ángeles Pérez San Gregorio y M.ª Luisa Avargues Navarro (Universidad de Sevilla) han publicado un interesante trabajo sobre este tema, en el que se describe la aplicación y evaluación de un tratamiento cognitivo-conductual en el que se utilizaron técnicas de control de la activación, técnicas de exposición (exposición en imaginación y en vivo e inundación en imaginación), así como técnicas de reestructuración cognitiva.