Promesas que no se cumplen

Promesas que no se cumplen

Noemí Carranza 28 noviembre, 2012 en Relaciones 200 compartidos
Dedos unidos por promesas

Me sorprende la forma tan fácil y natural con que algunas personas asumen sus promesas. A veces da la impresión de que para ellos es como si la vida fuera un juego en el que puedes prometer cualquiera cosa, sin saber siquiera si estás en condiciones de afrontarla en el futuro. Total, nadie te obliga a cumplir nada, por lo tanto, no hay compromiso.

Cuando se trata de cuestiones que para algunos podrían ser triviales, pero que para otros son importantes, siento que las promesas caen en desuso. Parecen perder sentido y valor, quedando en nada, en palabras que se lleva el viento, en papel mojado.

Promesas incumplidas y desilusiones

Es mejor que no te prometan nada, porque asumes que algunos están muy lejos de cumplir lo que prometen. Cuando eres consciente de que esa promesa que alguien te ha lanzado, de que ese compromiso, es solo un espejismo, lo mejor es no escucharlo. No merece la pena.

Hombre con la mano en el corazón haciendo una promesa

Todos hemos escuchado a los abuelos hablar sobre aquellos lejanos tiempos en los que una promesa era poco menos que un compromiso de vida o muerte. Y no hablo solo de las promesas de amor, de las que, por cierto, ya tenemos asumido, son precisamente las que más dejan de cumplirse.

No importa que lo que te prometan sea algo trivial o algo muy importante, el compromiso de decir que harás o darás algo, debería ser suficiente para que te hagas cargo de ello. Y exactamente igual que puedes exigirlo a los demás, también debes exigírtelo a ti mismo cuando haces una promesa. Si no puedes cumplirla, no la realices.

Debemos tomar en cuenta la desilusión que hacemos sentir a alguien que se ha confiado de una promesa. Y ya no digamos de lo tristes o enfadados que personalmente podemos llegar a sentirnos cuando somos nosotros los defraudados.

El valor de las palabras

Hay que honrar la promesa, es como dar nuestra palabra, ¿acaso nuestra palabra ya ha caído también en desuso? Y también es cierto que nuestra palabra es nuestro único bien con valor.

Manos unidas por promesas

Las cosas materiales son circunstanciales y un día podemos encontrarnos sin ellas. No deberíamos conferirles más valor del que tengan para permitirnos sobrellevar nuestra vida. Por el contrario, nuestra palabra y nuestros actos nos acaban definiendo como personas a largo plazo. Eso es lo que realmente importa.

La voz es lo único que nadie puede quitarnos, pero la perdemos poco a poco cuando hacemos promesas que sabemos que no podemos cumplir, cuando se promete para salir del paso o dar largas a una persona, cuando se engaña a alguien y para obtener algo se promete otra cosa, etc…

Esa confianza que esperamos que nos dispensen los demás, se construye sobre las experiencias que compartimos con esas mismas personas. Es importante que lleguemos a ser de confianza, tanto como para que nuestra palabra sea suficientemente válida y cualquiera que nos conozca tome nuestra promesa como una garantía de verdad. Así podremos sentirnos orgullosos de ser personas que cumplimos con nuestra palabra, que no prometemos en vano…

En cuanto a promesas, más vale pocas y verdaderas, que muchas y falsas. Si no podemos o no estamos dispuestos a cumplir una promesa, lo mejor es no comprometerse a ello. Y da igual a quien se la hagas. Piénsalo la próxima vez que estés tentado a prometer… ¿estás dispuesto a cumplir esta promesa pase lo que pase? Si no es así, olvídalo.

¡Ya no te creo, pero no te enfades!

Cuando alguien nos hace promesas que no cumple, dejamos de creerle. Y es normal. Un ejemplo conocido por todos es el del pastor que bajando de la montaña decía: “que viene el lobo”. Sin embargo, era mentira, su intención era gastar una broma y asustar. Pero el día que realmente vino el lobo… nadie le creyó.

Incluso algunas personas, después de no cumplir sus promesas, se enfadas si no les creen cuando vuelven a prometer algo. La cuestión aquí radica en observar si hemos cumplido con lo que hemos prometido. Porque aquellas personas que han confiado en nosotros, dejarán de hacerlo. Y cuando una situación así se repite una y otra vez, perdemos la confianza de la persona que nos hace la promesa. Y en estas ocasiones es cuando escuchamos la famosa frase de: “Ya no te creo, pero no te enfades”.

Y realmente no hay motivo para enfadarse porque si queremos que vuelvan a confiar en nuestras promesas, lo único que tendremos que hacer es empezar a cumplirlas. 

Noemí Carranza

Ver perfil »
Te puede gustar