Que un cambio sea para mejor no quiere decir que no duela

Gema Sánchez Cuevas · 21 mayo, 2018

Un cambio es un reto, una aventura que la mayoría de las veces emprendemos en parte o totalmente a ciegas. Ya sea para bien o para el mal, cambiar nos obliga a afrontar la incertidumbre del qué pasará y a abandonar ese mecanismo de seguridad al que estábamos acostumbrados.

Elegir un camino poco conocido, sobre el que no están nuestras huellas, es un ejercicio de valentía y muchas veces, también, de inteligencia. Nos cuesta transitar por lo inhóspito, incluso cuando se supone que esta nueva forma es mucho mejor que la anterior, ya sea por afrontar un puesto de trabajo de mayor responsabilidad, incluir en nuestro día a día una rutina de ejercicios o comenzar una relación.

A pesar de que el cambio sea para mejor, es un proceso y como tal, debemos atravesar una serie de etapas con sus respectivos estados emocionales y consecuencias. Además, hay que tener en cuenta que nuestro cerebro prefiere la permanencia, la estabilidad y la sensación de seguridad que le proporciona lo conocido; de ahí que, en ocasiones, nos juegue malas pasadas, generando dudas y utilizando a la nostalgia para retenernos.

Por lo tanto, hay cambios que, aunque nos lleven a eso que tanto deseamos, también nos duelen. De alguna forma, cambiar es decir adiós a lo que hasta ahora formaba parte de nuestra vida, ya sean hábitos, personas o situaciones. Ahora bien, ¿qué podemos hacer para gestionar esta sensación de pérdida?

“Cuando soplan vientos de cambio, algunos construyen muros. Otros, molinos”.

-Proverbio chino-

Mujer mirando hacia abajo con cara de tristeza por un recuerdo traumático

Decir adiós, uno de los pasos más difíciles

Comenzar una nueva etapa supone dejar atrás otra y, para que todo salga bien, lo mejor es que esta última quede concluida. Es decir, que no dejemos ningún asunto en puntos suspensivos ni pendiente de respuesta. Para ello es necesario decir adiós, pero no siempre es fácil, ya que requiere de grandes dosis de valentía y de una comprensión clara sobre lo que queremos para nosotros. Y aún así, sigue resultando complejo.

Despedirnos de lo que veníamos haciendo o sintiendo hasta ahora conlleva asumir y gestionar lo que sentimos respecto a ello. Por ejemplo, si hemos decidido divorciarnos porque pensamos que es lo mejor para nosotros y que de este modo vamos a estar mejor, tenemos que gestionar la tristeza que sentimos por romper la relación con la otra persona. A pesar de que sea un cambio para mejor, la ruptura también nos generá dolor.

Si no gestionamos bien nuestros sentimientos, estos pueden frenar nuestro proceso de transformación; es decir, impedir el cambio al demorar el cierre de la etapa en la que nos encontramos. Puede ser por miedo, por indecisión o tal vez por temor a lo que piensen los demás. La cuestión es que, al no gestionar bien nuestro estado emocional, quedamos atrapados. Por eso es importante tener claro que dolor, la tristeza e incluso el enfado en ocasiones pueden ir asociados al cambio a mejor.

Para ayudarnos a seguir adelante, podemos preguntarnos qué es lo nos motiva a permanecer así, qué nos espera si damos el paso y qué es aquello que no queremos perder. Las respuestas a estas preguntas esclarecerán el camino y la confusión emocional que sentimos. Nos recordarán la razón por la que decidimos cambiar.

Una vez despejadas las dudas, nos queda aceptar el dolor; es decir, atravesar el malestar para dejar atrás nuestra etapa de orugas y ser mariposas. Además, recordemos que un cambio siempre es un intercambio de pérdidas y ganancias entre nuestro yo pasado y nuestro yo futuro, a través de una vía: el yo actual. Así, es importante identificar aquello de lo que nos despedimos y las oportunidades que buscamos realizando el cambio.

“La vida no es un problema a ser resuelto, sino una realidad a experimentar”.

-Soren Kierkegaard-

Mariposa al amanecer

Afrontar la nueva etapa con responsabilidad

El adiós a eso que formaba parte de nuestra vida no es el punto final en el proceso de cambio, ni tan siquiera el último apartado del capítulo. Concluida la etapa anterior, nos queda abrirnos a la nueva realidad, generada por la actitud estrenada y el actualizado repertorio de conductas. Una realidad repleta de incertidumbre que nos va a demandar, más allá del cambio planificado, un proceso de adaptación a las consecuencias.

El cambio nos empuja a un universo de posibilidades en el que nuestra actitud hace de brújula. De ahí que la actitud con la que lo enfrentemos dependa de nosotros. Gestionar nuestro mundo emocional también es necesario en esta nueva etapa: aquí se hace muy importante mantener la calma, recordar esos momentos en los que, perdidos, finalmente terminamos encontrándonos.

Habrá aspectos de la nueva situación que nos resulten agradables, otros que quizás desconozcamos e incluso algunos que no nos agraden demasiado. Pero en última instancia, la voluntad y la responsabilidad de permanecer ahí es nuestra. La clave está en no perdernos a nosotros en este nuevo camino.

Como vemos, los cambios a mejor pueden ser dolorosos porque implican decir adiós a una parte de nuestra historia. La renuncia es el precio a pagar cuando queremos y necesitamos emprender una nueva etapa.

“Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único”.

-Agatha Christie-