Revolutionary road: cuando el individuo se engaña a sí mismo

Alex Bayorti · 20 octubre, 2012

Decía Demóstenes que “no hay nada más fácil que el autoengaño, ya que lo que desea uno mismo es lo primero que se cree”.

No sin razón, la vida diaria está repleta de pequeños autoengaños, que todos pasamos por alto, debido a que colaboran al bienestar propio. El problema surge cuando una vida entera está marcada por un fuerte sentimiento de frustración, que se materializa en numerosas maneras diferentes dependiendo del individuo, y que puede suponer grandes consecuencias para aquellas personas que, súbitamente, despierten de esa mentira “auto inducida”, descubriendo que la realidad es muy diferente del ideal que han tratado de mantener, por miedo e impotencia a encarar las propias circunstancias.

Autoengaño, una cuestión de supervivencia para la biología evolutiva

La explicación científica ampliamente acertada en la actualidad de por qué nos creemos nuestras propias mentiras, boicoteando así lo que realmente queremos, tiene una causa evolutiva según numerosos biólogos y psicólogos.

Un claro ejemplo lo ofrece el profesor Robert L. Trivers, que alude a que ésta condición, podría ser una manera que “podría considerarse una sofisticación del engaño, ya que ocultar la mentira a uno mismo la hace más invisible ante el resto”. Esto lo explica con claros ejemplos que están vinculados a situaciones en las que si quién habla no se cree lo que dice, el interlocutor lo captará más fácilmente (mediante el lenguaje no verbal). Pero, ¿Y si la persona realmente se lo cree? En ese caso el interlocutor tendrá menos capacidad de leer entre líneas, por lo que el éxito de la mentira será mucho más probable.

Ante esto, el autoengaño puede jugar un papel positivo en tanto en cuanto de algunos de estos pueden ser conducidos hacia una verdad improvisada que consigue que el individuo se ponga en marcha a base de esta primera mentira (caso de la autoestima muy elevada que es más garante de éxito que la baja autoestima, esté o no esté justificada) o bien puede desarrollar un papel catastrófico cuando la persona se niega a ver una realidad que está diametralmente alejada de la que esa persona realmente desea, con las consecuencias psicosomáticas que derivan de ello.

“No se lo cuentes a mi subconsciente”

La historia de April y Frank, es el epílogo de cual deberían disponer la mayoría de las comedias románticas, para no idealizar este tipo de relaciones de una hora y media de duración, un desgarrador largometraje en el que la rutina, la cobardía, la comodidad y la frustración se combinan dejando un marco de desolación para los desventurados protagonistas.

Estos personajes con aspiraciones que se ven sumergidos en esta vida “irremediablemente vacía”, son transportados por un sentimiento de poder y lucha frente a la vacuidad de una realidad que no quieren buscar la manera de ir a París, lugar que es descrito como aquello que desean las personas pero que nunca se atreven a hacer. Todo va bien hasta que el autoengaño va mostrando su faz entre los protagonistas, atrayéndoles de nuevo hacia lo que tanto detestan, hacia esas justificaciones que han terminado por sustituir a sus marchitos sueños.