Rumia, una amiga que detesto

Hay momentos en los que le doy muchas vueltas a una determinada idea. Una idea que me causa malestar, y de la que me cuesta librarme porque es extraordinariamente pegajosa, intrusiva y contaminante. La buena noticia es que poco a poco estoy aprendiendo a actuar en estas situaciones.
Rumia, una amiga que detesto
Sergio De Dios González

Revisado y aprobado por el psicólogo Sergio De Dios González.

Escrito por Equipo Editorial

Última actualización: 21 noviembre, 2022

A veces soy un poco vaca. Cuando algo me preocupa entro en un bucle de pensamientos sin fin, es imposible escapar. Da igual qué sea: el trabajo, la pareja, la familia, una ruptura, un problema… Es como cuando pones un dedo encima del círculo y te dicen: ¡intenta salir del círculo, pero sin dejar de tocar la raya de su circunferencia! ¡Como si eso fuera posible! Aquí te presento a la rumia, una amiga que detesto.

Me sucede algo parecido a lo que le pasa a las vacas cuando comen. Arrancan la hierba con sus grandes bocas, la hacen bola y la mastican. ¿Alguna vez te has parado a pensar en qué ocurre después? No te preocupes, yo te lo cuento. Después de un largo masticar se la tragan, ¡y luego la vuelven a llevar a la boca! ¿Cómo es esto posible? Claro, esto ocurre porque las vacas son animales rumiantes. Están un buen rato masticando, tragando y regurgitando la misma cantidad de hierba. Siempre la misma hierba. Como cuando algo me preocupa. Siempre dándole al “run-run” de mis pensamientos.

Mujer preocupada
La rumiación puede llegar a paralizar a la persona que la experimenta.

Las consecuencias de ser un poco vaca

Es agotador. Así de simple y así de intenso. Si alguna vez te ha ocurrido, te habrás dado cuenta de la cantidad de energía que absorbe de tu interior. Mi amiga Rumia me deja agotado. Cuando se instala plácida en el fondo de mi mente, mis latidos se aceleran, siento que mi corazón palpita demasiado rápido y que termino mendigando por una brizna de aire.

En ocasiones, la rumia me ha impedido centrarme en lo verdaderamente importante.

Es en estos momentos, cuando me digo “colega, para un momento y respira”. Intento poner en práctica algunos métodos que aprendí en su día de respiración, y sorprendentemente me relajo. Esto solamente me calma, mi detestable amiga Rumia sigue pululando en el fondo de mi mente.

Antes de contarte cuál es mi gran estrategia anti-rumia, te explico cómo respiro para relajarme. Mi método consiste en respirar contando hasta cuatro, aguantar la respiración contando hasta cuatro y exhalar contando hasta cuatro. Esto lo repito unas dos o tres veces y, sorprendentemente, mis latidos vuelven poco a poco a su ritmo habitual. Al respirar de forma pausada y estar más tranquilo, puedo centrarme en lo que me interesa: decirle a la Rumia que se vaya por donde ha venido.

La respiración 4×4 ha sido y es una gran aliada a la hora de rebajar la ansiedad que me produce pensar tanto en algo.

Mujer con los ojos cerrados
Las técnicas de relajación suelen funcionar a bajar el ruido de la rumiación.

Mi estrategia anti-rumia

Con el paso de los años he aprendido que los ejercicios de visualización de tipo mindfulness son una estrategia que atesoro casi más que el portátil desde el cual escribo estas líneas.

Lo que hago es muy sencillo, primero miro a mi alrededor y busco un objeto. El que sea, puede ser un vaso, una piedra, un árbol, una lámpara o el “pañuelo de llorar”. Da igual, solo necesita ser un objeto físico. Es indiferente donde estés, quien esté delante o qué objetos haya. Siempre existe algún objeto que escoger y utilizar.

El siguiente paso es cerrar los ojos y visualizarlo. Una vez que lo tengo bien formado en mi mente, hago un recorrido mental de todo el objeto. Como lo lees. Recorro de cabo a rabo todo el objeto y le pregunto cosas:

  • ¿Qué tamaño tiene?
  • ¿De qué color es?
  • ¿Es rugoso?, ¿es áspero?, ¿es liso? Y, ¿por debajo como es?, ¿hay diferentes tactos en diferentes zonas?
  • ¿Cuánto pesa?
  • Si lo agito, lo muevo o lo estrujo, ¿produce sonido?, ¿qué sonido es?, ¿es agradable o desagradable?
  • Me lo acerco mentalmente a la nariz y me pregunto más cosas: ¿a qué huele?, ¿siempre huele así?, ¿cómo olía cuando lo compré?

Y cuando no tengo más cosas que preguntarle paro. Estarás pensando “vaya tío más raro“, pero te garantizo que esto funciona. Y el mecanismo por el que funciona es muy simple. Cuando la Rumia viene a hacerme una visita, no me deja ver nada más. Lo ocupa todo cual elefante en una cacharrería. Y con este ejercicio le digo “oye Rumia, salte un poquito”, porque al centrarme en un objeto físico dejo de lado mis contenidos mentales y así consigo salirme de ese círculo tan odioso.

Como seguro que no soy el único que ha sido un poco vaca a lo largo de la vida, estoy convencido de que este artículo te podrá echarte un cable en eso de dejar de rumiar un poco.

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  • Otero, M. R., & Moreira, M. A. (2003). El uso de imágenes externas y la visualización mental: un estudio de caso. Actas, 4.