Si sabemos lo que tenemos que hacer, ¿por qué no lo hacemos?

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 25 junio, 2018
Cristina Medina Gomez · 27 julio, 2016

Te encuentras paralizado y te observas a ti mismo de esa manera, sin embargo, en el fondo de ti sabes perfectamente qué tienes que hacer para levantar tu ánimo y, sobre todo, qué haría feliz a tu corazón.

Sabes también que está en tus manos dar el paso para continuar, pero no lo haces: has escuchado internamente qué es lo que necesitas. Sin embargo, hay algo en ti te lo niega. ¿Por qué ocurre esto?

“Donde no hay ningún miedo, no habrá tampoco ningún valor, necesario para vivir”

-Leonardo Boff-

El miedo suele ser el causante de la mayoría de situaciones negativas en las que nos vemos envueltos y superarlo normalmente nos conduce a grandes alegrías. Es posible que tengas las cosas más claras que cómo las percibes. O también es probable que sepas la respuesta al siguiente movimiento en tu vida y que sea el temor el que te mantenga quieto en la posición en la que estás.

¿Cómo me siento?

Mujer soplando estrellas
La respuesta a esta pregunta es bastante complicada porque exige mucha paciencia y cariño con uno mismo. Con el fin de responder se te obliga a ser sincero y hablarte sin tapujos, por lo que puede suponer un gran esfuerzo emocional de tu parte.

En la posición en la que estás te ves incómodo, desconcentrado, torpe en tu día a día. Es como si supieras que no estás en el lugar adecuado, pero no fueras capaz de moverte. Por ello, el malestar se expande a todas tu emociones y tu humor se modifica.

La clave para saber lo que hacer: saber racional y saber emocional

Todos nosotros disponemos de dos tipos de fundamentos para tomar decisiones. Uno que tiene que ver con la parte más instintiva y racional del cerebro, el otro con su zona más emocional e impulsiva.

La primera de ellas, la parte racional, está ligada al control de las situaciones y la búsqueda de seguridad, por lo que es muy útil en los momentos en los que se requiere frialdad de actuación. La segunda, la emocional, como su nombre indica, está unida a los sentimientos.

“Me gusta la gente sentipensante, que no separa la razón del corazón.

Que siente y piensa a la vez. Sin divorciar la cabeza del cuerpo, ni la emoción de la razón”

-Eduardo Galeano-

Ambas se relacionan, a pesar de que como personas nos inclinemos inconscientemente hacia un lado u otro. Por ejemplo, hay personas que son más empáticas que otras.

Si te encuentras que racionalmente conoces qué tienes que hacer pero emocionalmente no sabes por qué no lo haces, quizá sea porque nuestros movimientos más humanos necesitan ser impulsados por esa parte emocional.

Reorganiza las motivaciones

Mujer m irando paraguas volar sin saber que hacer
El conflicto no tiene que estar motivado por la razón, sino que lo bueno sería que lo guiara la emoción: si tienes que hacer algo, primero tienes que sentir que quieres hacerlo.

Pongamos por ejemplo que eres consciente de que tienes que hacer una dieta porque tu salud se está resintiendo y, sin embargo, no consigues llevarla a cabo. El problema es que emocionalmente no quieres ponerte a dieta y tu falta de voluntad flaquea.

Reorganiza tus motivaciones y escucha bien hacia dónde quieres de verdad ir, no hacia dónde deberías ir, ya que a veces la razón no nos deja ser felices.

Date el tiempo suficiente para encontrar el camino que te dicta el corazón y lucha contra tus miedos y tus traumas si te impiden hacerlo. Puedes vencer y merece la pena vencer: solo así sabrás que lo que estás haciendo se corresponde con lo que de verdad anhelas.

“Respira con la confiada profundidad que respiraste el día que viniste al mundo, sin permitir que nada te distraiga: aguarda y aguarda más aun. Quédate quieta, en silencio, y escucha a tu corazón. Y cuando te hable, levántate y ve donde él te lleve”

-Susanna Tamaro-