El síndrome por exceso de empatía o el desgaste por compasión

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 10 octubre, 2018
Valeria Sabater · 19 noviembre, 2017

La persona con un exceso de empatía es como una antena de largo alcance que absorbe y engulle cada emoción que vibra en su entorno. Lejos de gestionar semejante sobrecarga, se acaba diluyendo en las necesidades ajenas, envenenándose por exceso de compasión hasta el punto de sentir culpabilidad por el dolor que otros experimentan. Pocos sufrimientos pueden ser tan desgastantes.

Es posible que ver este tipo de situaciones como un problema clínico pueda sorprender a más de uno. ¿Nos estamos excediendo quizá a la hora de poner la etiqueta de “patológico” a comportamientos (en apariencia) “normales”? Obviamente no y todo tiene una explicación. Si el propio manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-V) lo etiqueta como una característica de los trastornos de personalidad es por una razón evidente.

“La capacidad de colocarse en el lugar del otro es una de las funciones más importantes de la inteligencia. Demuestra el grado de madurez del ser humano”
-A. Cury-

Toda conducta que dificulta nuestra manera de relacionarnos, que nos confiere sufrimiento y la incapacidad de llevar una vida normal, necesita un diagnóstico y un tipo de estrategia terapéutica que pueda resolver la situación. Por tanto, las personas que sufren un exceso de empatía o “híper-empatía” y que muestran un patrón persistente de malestar e incapacidad para funcionar a nivel social, personal y laboral, entrarían, en este caso, dentro de un trastorno de la personalidad.

Todo ello nos lleva sin duda a concretar que no es lo mismo “ser muy sensible” que padecer un síndrome de “híper-empatía”. Por ejemplo, en el interesante libro “Las mujeres que aman a psicópatas”, de Sandra L. Brown, hay un aspecto que no puede dejar indiferente a nadie. En el trabajo de esta psiquiatra pudo verse que hay mujeres que pueden llegar a entender el comportamiento psicopático de sus parejas e incluso a justificarlo.

Su exceso de empatía les incapacitaba por completo para ver con claridad al depredador, asesino o maltratador que tenían delante. Es más, su ingenio para justificar los actos violentos del cónyuge eran increíblemente sofisticados. Un hecho que evidencia claramente que la “híper-empatía” es un tipo de trastorno del que no se habla demasiado, pero que debemos considerar.

cerebros conectados por exceso de empatía

Empatía y exceso de empatía, la frontera del equilibrio y el bienestar

Puede que más de uno piense aquello de que si la empatía es una capacidad positiva, útil y deseable… ¿qué habría de malo en tener “mucha empatía”? Como siempre, en la vida los excesos no son buenos y lo ideal es el equilibrio. Lo mismo ocurre con esta dimensión donde no olvidarnos nunca de discriminar el “propio yo” del “yo” de los demás. Es decir, a la famosa frase de “empatía es la habilidad de ponerse en los zapatos de quien tenemos en frente” deberíamos concretar que lo haremos sin dejar nunca de ser nosotros mismos.

Asimismo, es importante recordar ahora qué tipos de empatía podemos llegar a experimentar, cuáles son saludables y cuáles pueden llevarnos a esa frontera donde, inevitablemente, surge el malestar.

  • Empatía afectiva o “yo siento lo que tú sientes”. En este caso, la empatía afectiva tiene que ver con nuestra capacidad para sentir las emociones, sensaciones y sentimientos que experimenta otra persona… y a su vez tener compasión por ella.
  • Empatía cognitiva o “yo comprendo lo que te está ocurriendo”. La empatía cognitiva, por su parte, es más bien una habilidad. Nos permite disponer de un conocimiento más completo y exacto sobre los contenidos de la mente de quien tenemos enfrente. Sabemos cómo se siente y lo comprendemos.
  • El exceso de empatía o “híper-empatía” supone ser un espejo y a su vez una esponja. No solo sentimos lo que otros sienten, sino que lo sufrimos, y es un dolor físico que crea angustia y que a su vez, nos supedita a las necesidades ajenas sin poder discriminar esa frontera entre uno mismo y los demás.
manos cogiendo personas simbolizando el exceso de empatía

¿Cómo es la persona que sufre un exceso de empatía o “híper-empatía”?

Describir a la persona que sufre el síndrome de híper-empatía o exceso de empatía nos ayudará a varias cosas. En primer lugar, a discriminar entre la simple “sensibilidad emocional” de la “híper-sensibilidad” patológica. Asimismo, veremos también cómo identifica el DSM-V este tipo de comportamientos.

  • Deterioro evidente de la propia identidad así como de las habilidades sociales.
  • Es común que aparezcan otro tipo de trastornos en los que estén presentes la compulsión o el psicoticismo.
  • Es habitual que la persona experimente muchos cambios de humor, pudiendo ir desde el abatimiento más profundo hasta una felicidad histriónica o desmedida.
  • Son pacientes muy dependientes. Es decir, desean resolver todos los problemas de los demás para reforzar la imagen de personas valiosas y necesarias que quiere proyectar, necesitan de una interacción continua y se validan a sí mismos haciendo favores o incluso promoviéndolos ellos mismos. Si alguien intenta poner límites, se sienten heridos, rechazos y muy desgraciados.
  • Asimismo, es común que las personas con “híper-empatía” sean muy sobreprotectoras y que minen la autonomía de los demás.
  • El exceso de empatía hace que tengan serias dificultades a la hora de ser productivas en sus trabajos. Se sienten discriminados, nadie entiende su altruismo, su necesidad de apoyar, de ayudar…
  • Por último, y no menos importante, a menudo nos vemos con pacientes que pasan del exceso de empatía al resentimiento. Han sido tantos los desengaños sufridos que acaban aislándose, sumidos en sus sentimientos de rabia y decepción.
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¿Qué podemos hacer si sufrimos exceso de empatía?

Llegados a este punto, es probable que muchos de nosotros nos preguntemos por qué. ¿Qué hace que una persona experimente tanto sufrimiento al contagiarse de las emociones ajenas? Bien, en los últimos años estamos dando grandes avances en el tema, y de hecho, ya se van conociendo las bases genéticas y neuroquímicas que pueden favorecer esta situación.

Los llamados “trastornos del espectro de la empatía” nos están aportando mucha información respecto a realidades como el Síndrome de Asperger, el Síndrome de la “híper-empatía” o el trastorno límite de la personalidad. Es sin duda un tema interesante que nos dará grandes respuestas y mejores enfoques terapéuticos en los próximos años.

Por otro lado, a la pregunta de qué deberíamos hacer si sufrimos exceso de empatía, la respuesta no puede ser más simple: pedir ayuda profesional. Tanto si estamos en el extremo más patológico como si sufrimos simplemente “híper-sensibilidad”, siempre es adecuado aprender una serie de técnicas con las que poner límites, tener un mayor autocontrol sobre nuestros pensamientos, nutrir las propias necesidades y definir con mayor vigor la propia identidad y autoestima.

No podemos olvidar que la empatía excesiva no solo genera malestar, sino que nos separa de nosotros mismos y del propio mundo. No vale la pena anclarnos en semejante esfera de vacíos y tormentos persistentes. Demos el paso…

Al césar lo que es del césar

Un problema importante que puede acarrear un exceso de empatía es la falta de control sobre nuestros propios sentimientos y emociones. No sólo ayudamos al que lo necesita, sino que hacemos suyos sus problemas. Incluso libramos a otros de afrontar sus propios contratiempos y los vivimos nosotros. Cada problema que se nos presenta es nuestro, y por tanto, debemos afrontarlo y aprender de él. Lo mismo ocurre con los demás. Sus problemas son suyos. Y aquí un punto clave, esto no quiere decir que no podamos ayudar, pero será la persona quien deba afrontarlo.

“Lo más importante es que necesitamos ser entendidos. Necesitamos alguien que sea capaz de escucharnos y entendernos. Entonces, sufrimos menos”. 

-Thich Nhat Hanh-

Si nuestro mejor amigo tiene un examen en la facultad, podemos proporcionarle los mejores apuntes, explicarle la materia una y otra vez. Podemos ayudarle a prepararse el examen a la perfección, pero quien debe presentarse al examen es él, no nosotros. Este es un ejemplo de los límites sobre nuestras responsabilidades. Cuando se presenta una situación adversa debemos aprender de ella y dejar que los demás también aprendan.

Con esto no se está animando a dejar de ayudar. Si sabemos que alguien pasa por apuros extremos como un desahucio y podemos proporcionarle medios económicos para que no se queden sin hogar, por supuesto que podemos hacerlo. La cuestión se trata de controlar el exceso de “híper-empatía” que nos hace sufrir con los problemas de los demás como si fueran nuestros y que esto nos afecte a nuestro día a día.