Somos las historias que nos contamos

17 septiembre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas
A menudo sufrimos y nos enfadamos por aquello que nos contamos sobre las personas que nos rodean y las situaciones que nos ocurren. ¿Por qué no probamos a poner en duda nuestros relatos? No todo lo que sucede es tal cual lo pensamos por mucho que queramos...

Nuestra vida se configura por una sucesión de momentos marcados por vivencias y personas. Algunos de ellos nos influyen de forma determinante, mientras que otros pasan desapercibidos; aunque también están esos que dejan su huella de forma silenciosa sin que seamos conscientes de ellos…

Son historias, capítulos de nuestra trayectoria, como el día que conseguimos aquello que nos propusimos y por lo que tanto luchamos, nuestro primer amor, aquella reunión familiar que tanto disfrutamos o el nacimiento de nuestros hijos. Sin embargo, no solo la felicidad deja su rastro, también el dolor, la decepción o la tristeza, como cuando tuvimos que decir adiós a quien aún queríamos, traicionaron nuestra confianza o una persona no se comportó como esperábamos.

De alguna u otra forma, todo lo que vivimos nos afecta y matiza nuestra forma de ver el mundo, que no es otra cosa que nuestra forma de construir la realidad, esa en la que el lenguaje tiene uno de los papeles principales junto a la experiencia emocional. Profundicemos.

«Los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias».

-Eduardo Galeano-

Chica de espaldas pensando en las personas que nos ignoran

Lo que nos contamos…

Un gran número de las experiencias que vivimos quedan ancladas en nuestra mente a modo de recuerdo, sobre todo, aquellas que más nos impactaron a nivel emocional. Y es a través de los relatos como las describimos.

Se trata de historias que creamos a medida que las contamos a partir de aquello que recordamos e interpretamos, en las que nosotros y, en algunas ocasiones, algunas personas más somos los protagonistas.

A veces, estos relatos son monólogos internos porque estamos solos. Y en ocasiones, son historias compartidas en conversaciones con otras personas. La cuestión es que, de una u otra forma, son narraciones configuradas por nuestra forma de pensar y nuestro lenguaje e influenciadas por el contexto y la cultura de los que formamos parte.

Además, no solo somos aficionados a contarnos historias, sino también a proporcionarlas un final cerrado. Nuestro cerebro no es un buen amigo de la incertidumbre, no soporta la inseguridad, por lo que en un intento de mantenernos a salvo, completa los espacios vacíos con información.

Esto que es una estrategia de supervivencia puede conllevar ciertos problemas, ya que aumenta las posibilidades de errar. Lo que se traduce en la presencia de sesgos y distorsiones cognitivas, es decir, malinterpretaciones o formas erróneas de procesar lo que hemos experimentado. 

Por lo tanto, es importante que lo tengamos presente, ya que en ocasiones las historias que nos contamos no son tan reales como pensamos y puede que lo que nos genere tanto sufrimiento no sea lo que ha sucedido, sino lo que nos hemos imaginado y posteriormente narrado a nosotros mismos.

¡Somos unos hábiles cuentacuentos! ¿Lo había pensado?

Suele haber mucho de ficción en las historias que nos contamos.

Comprender en lugar de juzgar: una poderosa herramienta

Si tenemos en cuenta que a todo lo que sucede a nuestro alrededor, le damos ese toque narrativo, a pesar de que no tengamos toda la información, la pregunta es: ¿por qué pensamos que siempre tenemos la razón? 

¿No será mejor dejar un espacio para la duda, para barajar otras opciones y posibilidades? Lo cierto es que sí. Ahora bien, esto no quiere decir que nos escudemos de forma permanente en la inseguridad, ya que de este modo no avanzaríamos, pero sí contar con la posibilidad de equivocarnos, sobre todo ante los conflictos.

Esto es al igual que dudamos del otro, también de nosotros mismos. Con el siguiente ejemplo lo entenderemos mejor.

La historia de un paseo

Imagina que estás con tu pareja dando un paseo. Estás disfrutando de la experiencia y del tiempo con ella. De hecho, en ese momento ¡te apetece tanto transmitírselo! Son muchos años a su lado, muchos acontecimientos buenos y malos, pero a pesar de todo habéis salido adelante.

Piensas que es un buen momento para agradecerle todo lo vivido y para hablar sobre cómo el vínculo que habéis creado juntos, poco a poco lo habéis reforzado. De manera que mientras camina, dices su nombre y le dices: «Me alegro de pasar tiempos juntos y que paseemos como hacíamos antes, siento que estoy muy unida a ti«. Tu pareja te mira y te contesta: «Sí, hace buen tiempo, sigamos por ahí» y continua.

De repente, no entiendes muy bien qué ha pasado. Quedas en silencio y te preguntas: ¿cómo es posible que en un momento de sinceridad en el que has mostrado tus sentimientos reaccione de esa manera? A partir de ahí comienzas a dar vueltas a su comportamiento, a buscar alguna señal de algo que te pueda dar más información y poco a poco te sumerges en una sensación de rechazo, al mismo tiempo que te vas enfadando.

«Quizás ya no siente lo mismo«, «puede que quiera terminar la relación», «¿habré dicho algo que le haya incomodado?» son solo algunos ejemplos de todo lo pasa por tu mente hasta que llegáis a casa. Allí decides hablar sobre lo ocurrido, pero en lugar de preguntar «¿Te pasa algo?», irrumpes con «¿Quieres dejarlo? Me estás evitando, ¿qué pasa?». «No quiero hablar de eso en este momento» te contesta.

Y tú ahogado en la más absoluta incertidumbre, te cuentas lo peor sobre lo vivido, una historia trágica, de ruptura y sufrimiento, mientras le exiges hablarlo. Tras un largo silencio comienza a hablar y te cuenta que no sabe lo que le has dicho, ni por qué piensas todo eso porque mientras estabais dando el paseo estaba intentado controlar su ansiedad porque estaba sufriendo un ataque de pánico.

Quien ha experimentado este tipo de fenómenos sabe muy bien todo lo que conllevan: sensación de ahogo, angustia, sudoración excesiva, una atención focalizada en la sintomatología física y una retahíla de pensamientos a menudo incontrolables y catastrofistas. Ahora que lo sabes, comprendes su reacción, su silencio y hasta la propuesta de hablarlo más adelante. 

Hombre abrazando a su mujer

¿Y ahora qué?

«Comprender que existen más puntos de vista además del propio es el principio de la sabiduría».

-Thomas Cambell-

Esta situación imaginativa nos sucede día a día de diferentes formas. Tenemos la mala costumbre de suponer y juzgar a los demás, sin darles ni siquiera la oportunidad de explicarse. Y lo peor no es eso, sino las historias que nos contamos sobre lo sucedido, algunas incluso merecedoras de Oscars. Todo porque no barajamos la posibilidad de que existen otros puntos de vista y otras formas de vivir las situaciones.

La mayoría de las veces lo hacemos de manera inconsciente, pero existen muchas personas que eligen ser miopes en determinadas situaciones. Puede ser por orgullo, por evitar sufrir o por cualquier otro motivo, sin embargo sea por lo que sea, a la larga no sale rentable. Al final terminamos sufriendo y pueden tambalearse nuestras relaciones con los demás.

No llevamos bien eso de no saber, de lidiar con la incertidumbre, pero a veces no nos queda otra y tenemos que aceptarlo. Pretender dar respuesta a todo y además de la forma que deseamos es autoengañarnos y mirar hacia nuestro propio ombligo.

Y aunque no está mal cuidarse, establecer límites y ponerse como prioridad, también es recomendable ser humildes,  saber que existen más personas con heridas y con otros puntos de vista a nuestra alrededor y reconocer la gran inventiva que tenemos a través de nuestro pensamiento.

Por lo tanto, mucho cuidado con las historias que nos contamos, tanto con las felices como con las trágicas. Somos grandes expertos en contarnos cuentos…

  • Bruner, L. (1987). Life as Narrative. Social Research , 54(1), pp. 11 - 32.
  • White, Michael; Epston, David. Medios narrativos para fines terapéuticos. Paidós Terapia Familiar.