Svetlana Alliluyeva, biografía del gorrioncillo de Stalin

Edith Sánchez · 23 noviembre, 2019
Este artículo ha sido verificado y aprobado por el psicólogo Sergio De Dios González el 23 noviembre, 2019
Svetlana Alliluyeva es el reflejo de una persona atrapada entre las coordenadas de la historia. Su padre, venerado en el mundo comunista y odiado en el capitalista, fue para ella un ser amado, temido y odiado a la vez. Nunca pudo escapar del estigma de la política.

Svetlana Alliluyeva fue, probablemente, el único ser humano ante el que se le derretía el corazón al temible Iósif Stalin. Al menos, esto ocurría cuando ella era solo una niña y no podía establecer un nexo entre el amoroso hombre que jugaba con ella y el líder ruso que había sembrado el terror en su propio territorio.

Esta mujer sorprendió al mundo en los años sesenta, cuando salió de la entonces Unión Soviética y solicitó asilo en el territorio de los grandes oponentes de su padre: los Estados Unidos. Desde ese momento, fue utilizada como trofeo de propaganda en el marco de la famosa Guerra Fría. Su figura fue usada para desacreditar el régimen que su padre lideraba.

“Viví mi vida como pude (…) pero hubo una fatalidad. No puedes lamentarte sobre tu destino, aunque sí lamento que mi madre no se haya casado con un carpintero”.

-Svetlana Alliluyeva-

El tormento y las contradicciones que vivió Svetlana Alliuyeva explican por qué se cambió de nombre varias veces. Nació como Svetlana Iosifovna Stalin, pero más tarde, cambió el apellido de su padre y se convirtió en Svetlana Alliluyeva. Para terminar con la utilización de su nombre y terminar su vida como Lana Peters.

Svetlana Alliuyeva con su familia
Una joven Svetlana Alliluyeva sentada en el regazo de Lavrentiy Beria , con Stalin (al fondo, fumando su pipa) y Nestor Lakoba

Svetlana Alliluyeva, una infancia paradójica

Svetlana Alliluyeva fue la única hija mujer de Stalin. Este tuvo otros dos hijos varones, uno de su primer matrimonio y otro del segundo, con la madre de Svetlana, Nadezhda Allilúyeva. Los biógrafos del líder señalan que solo tres personas removieron el corazón de este duro guerrero; una de ellas fue su madre, Yekaterina Gueladze.

La otra fue su primera esposa, Ekaterina Svanidze, de quien realmente estaba enamorado y que murió de tuberculosis tempranamente. Stalin nunca volvió a ser el mismo tras perder a Ekaterina. La otra fuente de sus desvelos amorosos fue su hija, Svetlana, con quien uno de los hombres más crueles de la historia de Rusia jugueteaba pero, al mismo tiempo, mimaba.

Svetlana Alliluyeva fue educada dentro del Kremlin, como si el resto del mundo no existiera. Vivía en una especie de torre de marfil, ignorando por completo lo que ocurría con su pueblo. Como era costumbre en aquel entonces, fue criada por su nana. Su padre no pasaba mucho tiempo con ella, pero siempre se las arreglaba para hacerle llegar su afecto. Por el contrario, su madre se mostraba algo más distante.

Una madre ausente

Cuando Svetlana Alliluyeva tenía 6 años, su madre murió de repente. Oficialmente, se dijo que había sufrido un ataque letal de apendicitis.

Aunque el asunto siempre ha sido un misterio, existen suficientes evidencias que apuntan que la muerte de “Nadia”, madre de Svletana, no fue natural. Ella había estado perdidamente enamorada de Stalin, pero al ir a estudiar a la universidad se desencantó de lo que estaba haciendo con Rusia.

Nadia fue una de las pocas personas que le gritó «verdugo» a Stalin a la cara. Un día antes de su muerte, tuvo una fuerte discusión pública con el líder; incluso hay testimonios que afirman que la golpeó en público.

Al día siguiente, fue encontrada con una bala en el corazón sobre su cama. Aparentemente, se suicidó, pero muchos no descartan que haya sido asesinada por su esposo. Svetlana Alliluyeva fue obligada a creer la versión oficial.

Stalin

El triste despertar

A medida que Svetlana Alliluyeva fue creciendo, también comenzó a percibir que las cosas en su país no eran como hasta entonces lo había creído. Hasta que tuvo 16 años, mantuvo un vínculo estrecho y amoroso con su padre. A esa edad, Svetlana, que hablaba inglés, tuvo acceso a un artículo en ese idioma, en el cual se señalaba que su madre se había suicidado.

Ese fue el detonante de un gran desencuentro con quien hasta entonces había sido su amado padre. Más tarde, ella se enamoró de un director de cine mucho mayor que ella. Stalin no aprobaba la relación y para terminarla ordenó que él fuera arrestado y llevado a Siberia. A los 19 años se casó, quizás solo por rebeldía, y tuvo un hijo. Fue el primero de cuatro matrimonios fugaces que le dejaron también otras dos hijas.

Cuando su padre murió, se le prohibió hablar de la vida privada del líder. Ella nunca había dejado de amar y de odiar a su padre al mismo tiempo. Unos 14 años después, aprovechó un viaje a la India para desertar. Dejó solos a sus hijos de 19 y 16 años. Llegó a Estados Unidos en abril de 1967 y allí comenzó a trabajar como escritora; le pagaron tres millones de dólares por su autobiografía.

Se casó nuevamente y tuvo una hija, Olga. Tras un nuevo divorcio y diversos avatares, todos ocasionados por la sombra política que la perseguía, Svetlana quiso suicidarse en 1991, pero no lo logró. Murió de cáncer en 2011 y dejó expresamente consignada su voluntad de no ser trasladada a Rusia tras su deceso.

Cardín, A. (1983). Moscú sí cree en las fiestas. Los Cuadernos del Norte: Revista cultural de la Caja de Ahorros de Asturias, 4(20), 24-29.