¿Te cuentas toda la verdad?

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 25 noviembre, 2015
Cristina Muñoz Morano · 27 febrero, 2014

 

Desde que nacemos, estamos tomando decisiones, por increíble que parezca, decidimos desde muy temprana edad: decidimos si coger un juguete u otro, si comer helado de un sabor o de otro… en definitiva: como adultos pensantes y sintientes estamos hechos de la suma e interacción de todas y cada una de nuestras decisiones.

También desde nuestra llegada al mundo, nos vamos “contando las cosas”, es decir, a veces la importancia de lo que ocurre reside en cómo nos lo hemos contado, pues somos los “narradores” de nuestra propia vida.

Nuestra supervivencia propia nos lleva a “distorsionar” la realidad, de modo que generamos algo parecido a “amortiguadores” mentales que hacen que nuestra percepción de lo que nos rodea y de nosotros mismos frente a ella, sea “digna, fácil, o soportable”.

Una de estas distorsiones se llama negación, siendo ésta uno de los mecanismos clásicos de defensa: no enfrentamos conflictos o realidades complejas negando directamente que existen, que son importantes o que tienen algo que ver con nosotros mismos.

Vamos rechazando aspectos de la realidad que se no nos gustan. El “truco mental” y peligroso de la negación es que no nos damos cuenta.

Vivimos enfrentando conflictos emocionales y amenazas que pueden surgir de un modo interno o externo, a la vez que nos negamos a reconocer  determinados aspectos dolorosos de la realidad que nos rodea, o incluso de nuestras propias experiencias;  aunque los demás sí son capaces de ver estos aspectos.

Existen muchos tipos de derivación conductual de la negación, en los casos más rígidos tenemos las conductas peligrosas o el consumo de sustancias: la mayoría de personas que sufren de alcoholismo negarán que padecen esta enfermedad y siempre afirmarán que controlan. A priori, los demás entendemos que está mintiendo y nos oculta la verdad, pero no: “se está mintiendo y se oculta la verdad”, por eso también nos la cuenta a nosotros.

En el ejemplo de las sustancias podemos ver claramente el mecanismo pero ¿Qué pasa cuando la negación se pone en práctica en las relaciones interpersonales? Al igual que en las adicciones, la negación nos impide ver la realidad, no nos deja ser libres y nos lleva inevitablemente a establecer vínculos de carácter dependiente.

Pero ¿Por qué niego?

La mayoría de las veces nos negamos cosas de nuestras relaciones, especialmente en la pareja por emociones o creencias fuertemente arraigadas y enquistadas dentro de nosotros mismos como son el miedo al abandono o la baja autoestima. Además en el proceso de “enamoramiento” podemos sucumbir a un potente modelo de idealización de la pareja: al negarme aquellas conductas que son hirientes para mí, voy introduciéndome en un vínculo potencialmente tóxico mientras “me cuento” la realidad de la persona que tengo en frente de forma idealizadora, lo que hará reducir el impacto de aquellas conductas dañinas que no me benefician. Es entonces cuando estoy sembrando los cimientos de un vínculo emocional tan potente como dependiente.

¿Cómo sé si estoy negando?

Nuestro cuerpo es asombrosamente sabio, nuestra naturaleza es sorprendente y por eso reaccionamos ante los estímulos externos de un modo físico: todas las emociones se manifiestan a nivel orgánico: la pena, la rabia, la alegría, la tristeza, la ansiedad…

Hay frases o comportamientos de nuestro compañero que producen reacciones negativas en nuestro organismo: tenemos que escuchar lo que nos dice el cuerpo.

Podemos tomar como ejemplo la lástima: La mayoría de los vínculos dependientes se caracterizan por emociones como la pena, la lástima. Si en una relación inicial estamos sintiendo lástima no nos estamos dando cuenta del resto de cosas que envuelven la lástima y por ello las negamos. Por todos son conocidas las frases: “ es que me da pena”, “ no lo quiero dejar sólo, él no tiene amigos, me da lástima” o “sé que ella no me trata bien pero es que está sufriendo por otras cosas, me da mucha pena, es buena persona”.

La pena no es amor, la lástima no conduce al enamoramiento, conduce al establecimiento de lazos dependientes, nos lleva a sentir “que nos necesitan” o “que necesitamos”… las parejas sanas, se aman, se potencian… pero no se necesitan, están juntos porque quieren, no porque lo necesiten.

La necesidad surge cuando ya somos dependientes. La dependencia conduce al aislamiento y la falta de recursos personales, por lo tanto lejos de ayudarnos a solucionar las carencias previas que teníamos sin resolver como la baja autoestima o el miedo al abandono, las multiplican.

Si depositamos toda la fuente de satisfacción en el otro corremos grave peligro de caos emocional, pues nuestros estados de ánimo dependerán siempre de los de nuestra pareja, nuestras decisiones tendrán que ser validadas o aprobadas por nuestro compañero… Cuanto más dependemos, más pequeños nos sentimos y menos recursos personales propios tendremos, por lo tanto será mucho más complejo romper lazos “tóxicos”, ya no solo por la sensación de lástima sino porque sentimos que estamos solos y que no podemos “ser” sin el otro, y a toda esta receta le vamos añadiendo el peor de los ingredientes: la culpa.

Podemos identificar que estamos negando cuando:

– La persona amada nos hace sentir lástima y es a esa lástima a la que nos agarramos para justificar comportamientos de ésta.
– La persona amada nos hace sentir celos y para justificar nuestros celos nos autoinclupamos.
– La persona amada nos hace sentir menos, detectamos que nuestra ropa, nuestros comentarios, nuestras habilidades  no le gustan o se avergüenza de nuestras reacciones
– La persona amada nos limita el tiempo y el espacio vital propio generándonos sensación de agobio y/o ausencia de relaciones sociales satisfactorias.

¿Si no niego podré amar?

Obviamente la respuesta es sí.  La lástima no es lo mismo que la empatía; los celos no son los mismo que la sensación de conexión privada e íntima que establecemos con nuestro ser amado; sentirnos menos no es lo mismo que tener puntos de vista diferentes;  y compartir actividades con la persona a la que amamos no significa que ésta ocupe todo nuestro tiempo.

No elegimos un dueño, tampoco un hijo, ni un padre o una madre, no elegimos a un jefe o a un empleado… elegimos a un compañero de vida. Cuanto más negamos más lejos estamos del amor puro e incondicional. La verdad es necesaria para ser feliz, aceptando la realidad, podremos también evolucionar en nuestras relaciones, tal como resume Carl Jung: “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”.