Todos vivimos en una burbuja que nos limita

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 20 julio, 2018
Sergio De Dios González · 20 julio, 2018

Tú, yo y nuestro vecino vivimos en una burbuja en las que existen varias restricciones, concepciones o acomodos débiles. Muy débiles, y lo son porque difícilmente se sostienen cuando abrimos nuestra mirada a una realidad más extensa y nos atrevemos a transitar por caminos distintos, alejados de la comodidad que emana del caminar por los ya pateados.

En muchas ocasiones, nuestros reducidos puntos de vista hacen que determinados estereotipos y prejuicios se mantengan, viendo solo aquello que queremos ver o que, desde el lugar en el que estamos sentados, podemos apreciar.

Sin embargo, lo cierto es que el mundo es mucho más rico de lo que son capaces de revelarnos nuestros sentidos trabajando en un entorno que forma parte de esa burbuja de la que hablábamos al principio. Pongamos un ejemplo y lo entenderemos mejor.

chico con los ojos cerrados pensando en los Hijos adultos de madres controladoras

La burbuja de la selección argentina

Cuentan que la selección Argentina estaba concentrada hace unos años preparando un gran campeonato. No hacía demasiado que los jugadores de la albiceleste habían levantado la copa de campeones de mundo. El entrenador había preparado una sesión de entrenamiento un poco más larga de lo normal, cerca de las tres horas.

Pues bien, esta historia cuenta como estos jugadores se quejaron a su entrenador. No entendían por qué unos campeones del mundo tenían que entrenar tanto si ya eran los mejores. Antes estas quejas, el entrenador suspendió el entrenamiento y les dejó volver al hotel.

Conociendo a su preparador, los jugadores sospecharon que aquel asunto no se iba a quedar así. Y, efectivamente, no se quedó así. Al día siguiente, todos fueron despertados a las cinco de la mañana y citados en la recepción del hotel. Al subir al autobús todos pensaron que les esperaba un entrenamiento de castigo por la actitud que había mostrado el día anterior.

Sin embargo…

El autobús pasó de largo y dejó el campo de entrenamiento atrás, para sumergirse en la gran ciudad. Aparcó frete a una boca de metro y los jugadores sólo recibieron una orden, la de observar. En una hora vieron a cientos de personas bajar por aquellas escaleras, vestidas de una forma más o menos humilde, que se dirigían a sus puestos de trabajo.

Muchos de ellos todavía tenían un largo viaje por delante hasta llegar a su lugar de trabajo. Después una jornada larga y un nuevo trayecto de vuelta. El entrenador recordó a los jugadores que aquellas personas que ganaban una ínfima cantidad de su salario entrenaban todos los días más de ocho horas y que la gran mayoría, después, cuando llegaba a casa no tenía la comida preparada o la casa limpia.

Les sacó de su burbuja y les hizo mirar la realidad. Fue una llamada a la humildad. Un recuerdo para los que habían olvidado que, por muy campeones del mundo que fuesen, no dejaban de ser “iguales” a esas personas que veían. Las mismas que se levantaban cuando sus hijos todavía no habían despertado y que llegaban a casa cuando sus hijos ya estaban durmiendo.

Mujer con los brazos abiertos

Nuestra burbuja

Todos, en alguna ocasión, hemos sido esa selección argentina. Hemos lapidado nuestro estado de ánimo o el de los demás con quejas que estaban  muy lejos de ser justas ante un ejercicio: el de salir de nuestra burbuja y mirarnos frente al mundo como semejantes. Como semejantes al resto de seres humanos que están en una situación mucho peor que la nuestra.

Esto no significa que nadie deba abandonar sus aspiraciones de optar a aquello a lo que cree mejor, sino solo es un recuerdo, una llamada de atención, para que esas aspiraciones no terminen cegando, generando una frustración que carece de sentido cuando, miramos con los ojos abiertos a la realidad, a las seis de la mañana, frete a una boca de metro.