¿Por qué tropezamos con el corazón más de una vez en la misma piedra?

¿Por qué tropezamos con el corazón más de una vez en la misma piedra?

Cristina Medina Gomez 25 julio, 2015 en Emociones 0 compartidos

Entre un pecho y la bala que lo busca

hay la misma distancia

que existe entre los dedos y el gatillo.

La muerte no se mide por pulgadas.

(Raquel Lanseros, “La vía cansada”)

Cuídate, nos debemos la vida

Hace unos días escuchaba una canción de Andrés Suárez en la radio que decía justamente esto y me recordó a esa pequeña distancia que nos separa del amor y nos lleva, directamente, al punto de mira que dirige a la bala.

Ya sabes, eso de que quien trata el amor en términos de “debemos” se encuentra con una fatal promesa, una mala conjugación del verbo e, incluso, una mala elección del mismo.

En cualquiera de nuestras relaciones existe por defecto un vínculo de cariño y de confianza: si quieres hacer algo por alguien sería bueno tener la certeza, primero, de que se trata de una necesidad que puedes controlar y no de un deber.

Con el amor ocurre lo mismo pero triplicado: dejamos nuestra ropa a alguien sin temor a que pueda llevársela y nos deje desnudos, provocando una gran dependencia emocional con la otra persona.

Lo malo es que eso ocurre. En el momento en el que nuestra relación con otra persona se acaba sentimos una especie de vacío interior que nos duele, pero si además es con nuestra pareja entonces experimentamos que el cuerpo chirría: como si tuviera miedo de no saber ser por sí mismo.

Claramente, es la diferencia entre “ser” y “estar”: nuestros valores y nuestro “yo” individual parecen haberse perdido y solo queda una situación concreta, un “estar” pasajero.

¿Por qué ocurre?

Lo esperable es que si nos enamoramos, nos equivoquemos. De hecho, podríamos decir que somos un entramado de errores que, paradójicamente, nos enseña a ser. Lo malo llega cuando el sentimiento es superior al control de las acciones, cuando no se acepta que se ha acabado y el error no sirve de aprendizaje.

Hay un conocido dicho popular que afirma que cometer dos veces el error es humano, cometerlo tres es un error personal. Existen varias maneras de “tropezar dos veces en la misma piedra”: una es encariñarse con la piedra, otra es repetir el tropiezo en una relación nueva, incluso inconscientemente.

Estas situaciones ocurren cuando el miedo a estar sin la otra persona es más grande que uno mismo: creemos que sin ella no somos nada y que nuestra felicidad depende absolutamente de compartir nuestras vidas. Es necesario relativizar el dolor, enfriar el golpe y darse tiempo para saber quiénes somos y qué podemos hacer para sentirnos mejor.

Yo siempre he creído que nos parecemos al mar en este sentido: el agua se sabe libre, pero busca su roce con las rocas, choca y huye. Nosotros también huimos, al amor y del amor, como quien busca ser herida y sal al mismo tiempo.

Para salvarse hay que ser agua, no hay que tener miedo a chocar, hay que atreverse a aprender. Es necesario llegar a la orilla, conocerse y ser feliz con uno mismo.

amor

A veces ocurre que echamos tanto de menos a la otra persona que creemos confundir amor con nostalgia. Nos hemos perdido y no nos encontramos, parece que no podremos reconstruirnos porque el futuro que habíamos ilusionado se nos ha derrumbado.

Cualquier lugar es una huida, cualquier llegada es un espejismo. Luchamos por ser nosotros mismos, pero solo nos vemos reflejados en la otra persona: esta vez como pozos vacíos de ilusión.

Cuídate, nos debemos la vida

Nos empeñamos en pedir motivos,

encontrar culpables,

añadir punto y seguido.

Y en el fondo,

solo estamos resguardándonos del frío,

amparándonos en los abrazos que no pedimos a tiempo,

suplicando que el pasado se haga presente.

(Teresa BellidoCambios repentinos)

Creemos que el error viene después, cuando ya no queda nada y buscamos incesantemente un tiempo que ya no nos pertenece. Sin embargo, el error puede estar en el comienzo: pensamos que estamos preparados para entregar lo que somos a otra persona en el momento equivocado.

Muchas veces, no sabemos quiénes somos y pretendemos que el otro lo sepa por nosotros. Es necesario, en estos casos, entender un imperativo socrático y faulcaultiano: “ocúpate de ti mismo” que tanto han tratado la psicología, la ética y la filosofía.

“Debemos” no era el verbo, es “cuídate”. En esa conjugación, en ese tiempo y en esa persona. Estaría bien buscar la felicidad por dentro para poder encontrarla fuera. La primera persona que siempre va a estar a tu lado, si no le fallas, eres tú mismo. Olvídate de pedir abrazos a destiempo y dátelos a ti mismo cuando lo necesites.

Abrazo

Sería muy reconfortante identificar los miedos propios y enfrentarlos, tener confianza en nosotros mismos por encima de todo, valorarnos e interiorizar los errores. Así, el camino para superar el final de una relación amorosa es beneficioso y el futuro con otras posibles parejas más fuerte y cimentado.

Aunque duela, aunque de manera inconsciente pensemos que no podemos, esta es la única forma de seguir adelante y no anclarse en un pasado.

Como seres humanos estamos condenados a equivocarnos pero también, como diría Sartre, a ser libres: libres para entender lo que nos ocurre y actuar sobre ello, libres para decidir qué queremos dar a los demás de nosotros y cómo hacerlo. 

Es casi obligatorio tropezar dos veces en la misma piedra, pero no podemos limitarnos a quedarnos con ella.

Cristina Medina Gomez

Teóricamente filóloga y esencialmente humana, por lo que siempre busco encontrar en las palabras la manera de conocerme y, por qué no, de conocernos: a veces escribir no es brindar belleza, es hallar moldes emocionales que nos unan a los demás.

Ver perfil »
Te puede gustar