Una visión distinta sobre el arte de ayudar

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 14 octubre, 2013
Paula Aroca · 14 octubre, 2013

Dar una mano, luchar hombro a hombro… son algunas expresiones que sintetizan esa capacidad del ser humano de salir de sí mismo para ayudar a los demás. Esta conducta, denominada altruismo, que conmueve por el esfuerzo moral que implica, se ha convertido en un bien escaso en estos tiempos donde el materialismo y el egoísmo tienen un protagonismo importante.

Sin embargo, ¿Quién no ha experimentado esa energía reconfortante que se siente cuando nuestro apoyo aligera las cargas de otra persona? Recientemente, la ciencia ha descubierto la base neurológica de esta agradable experiencia.  Ocurre que cuando ayudamos a alguien desinteresadamente, se activa una parte del cerebro que está vinculada con la sensación de placer. Ahora bien, la palabra “desinteresadamente” es la clave en esta frase, veamos por qué.

No todo lo que brilla es oro

Desde todo punto de vista, el altruismo es deseable. Desde la perspectiva biológica, porque la cooperación entre los individuos garantiza la preservación de la especie. Psicológicamente hablando, proveer y recibir apoyo alivia el estrés, fortalece la autoestima y los lazos afectivos y fomenta la superación personal, mientras que desde el punto de vista ético-espiritual, el altruismo es un valor que nos edifica y nos conecta con lo trascendente.

Sí, todo esto es verdad, pero… ¿Es siempre bueno ayudar? A simple vista pareciera que sí, pero dada la complejidad que nos caracteriza como seres humanos, la respuesta no es tan simple. 

Las motivaciones detrás de la conducta de ayuda son las que hacen la diferencia. Éstas pueden ser muchas, algunas más loables que otras. En primer lugar, está la genuina compasión, que surge al ver a alguien que está abrumado por las cargas y decidimos ofrecer nuestra ayuda desinteresada, sin esperar nada a cambio, tan sólo deseando el bien del otro. En este caso no hay un "interés oculto", pero esto no siempre es así.

A veces, sorprendentemente, las personas dan su ayuda para alimentar su ego, ávido de recibir reconocimiento social y admiración. Otras, porque a cambio de ayudar obtienen un beneficio, como un ascenso en su carrera, y algunas porque así refuerzan el sentimiento de superioridad al que son adictos o porque no confían en la habilidad del otro para resolver los problemas por sí mismos. Ayudar también puede ser una forma de controlar a nuestros semejantes, consciente o inconscientemente, haciéndolos dependientes del apoyo que reciben. Igualmente, el falso altruismo puede ser fríamente calculado para engañar y manipular a los demás, en forma de trampa o emboscada.

No ayudes tanto, que estorbas

Curiosamente, a veces el auxilio que se da con buenas intenciones tiene exactamente el efecto contario, y en vez de facilitarle la vida al otro, lo que se logra es interferir con su curso natural. Así, en ocasiones la ayuda puede restarle la iniciativa al otro, como es el caso de los padres sobreprotectores, quienes por ahorrarles problemas o sufrimientos a los hijos, hacen por ellos lo que éstos podrían hacer por sí mismos. Sin embargo, inevitablemente tarde o temprano tendrán que enfrentar solos los retos de la vida, para los cuales no estarán preparados porque, irónicamente, recibieron demasiado ayuda.

Cuando sintamos el deseo de ayudar, es importante seguir nuestras “corazonadas”, pero no por ello debemos dejar de reflexionar acerca de nuestras verdaderas motivaciones: ¿Qué busco con esto?, ¿admiración, control, sentirme importante?, ¿estoy dando el pescado o estoy enseñando a pescar?, ¿obtengo algún beneficio ayudando? ¿O verdaderamente sólo me motiva ayudar y hacer feliz al otro?

El altruismo es un hermoso gesto que, en su estado puro, definitivamente puede hacer del mundo un lugar maravilloso; sin emabrgo, no olvidemos que un mal momento para practicarlo o una mala motivción puede no ser adecuada e incluso causar daño a otros. Aún así, cuando surge la duda entre ayudar o no ayudar, vale la pena que pongamos a prueba nuestro corazón y no dejemos que intenciones engañosas puedan opacar su belleza original.

Imagen cortesía de Jose Téllez