Una visión distinta sobre el arte de ayudar

23 Febrero, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Elena Sanz
El altruismo puede convertirse fácilmente en control o egoísmo si nuestras motivaciones no son las adecuadas.

Uno de los más altos dones del ser humano es su capacidad para salir de sí mismo y volcarse con los otros. El arte de ayudar, el altruismo. Esa conducta que conmueve por el esfuerzo moral que implica, se se ha convertido en un bien escaso en estos tiempos donde el materialismo y el egoísmo tienen un protagonismo importante.

Sin embargo, ¿Quién no ha experimentado alguna vez esa energía reconfortante que se siente cuando nuestro apoyo aligera las cargas de otra persona? Recientemente, la ciencia ha descubierto la base neurológica de esta agradable experiencia. Cuando ayudamos a alguien desinteresadamente, se activa una parte del cerebro que está vinculada con la sensación de placer. Pero, ¿es siempre desinteresado este ofrecimiento?. 

No todo lo que brilla es oro

El altruismo es una conducta deseable desde todo punto de vista. Biológicamente hablando, la cooperación entre individuos garantiza la preservación de la especie. Desde una perspectiva psicológica, proveer y recibir apoyo alivia el estrés, fortalece la autoestima y los lazos afectivos, al tiempo que fomenta la superación personal. Incluso nuestra espiritualidad se enriquece con el altruismo, pues este nos edifica y nos conecta con lo trascendente.

A la luz de estos hallazgos, pareciera que ayudar a los demás es un comportamiento sumamente deseable y beneficioso. Pero dada la complejidad que nos caracteriza como seres humanos, la respuesta no es tan simple.

Mujeres discutiendo

Las motivaciones que guían esta conducta de ayuda pueden ser muy diversas, y son precisamente las que marcan la diferencia. Por un lado se encuentra la compasión genuina. Aquella que surge al ver que alguien está abrumado por las cargas y que nos lleva a ofrecer nuestra ayuda desinteresada, deseando únicamente el bien del otro. En este caso no hay un interés oculto tras nuestros actos, pero esto no siempre es así.

A veces, sorprendentemente, las personas ofrecen su ayuda para alimentar su ego, ávido de recibir admiración y reconocimiento social. En otros momentos es el beneficio que obtenemos a cambio de ayudar lo que nos conduce a hacerlo, bien sea un ascenso en nuestra carrera o el sentimiento de superioridad al que somos adictos. Incluso puede suceder que ayudemos a otros porque no confiamos en su habilidad para resolver los problemas por sí mismos.

Asistir a otros puede convertirse en una forma de controlar a nuestros semejantes, ya sea consciente o inconscientemente. Pues, al hacerlo, los volvemos dependientes del apoyo que reciben y, por ende, de nosotros. Igualmente, el falso altruismo puede ser fríamente calculado para engañar y manipular a los demás, en forma de trampa o emboscada.

No ayudes tanto, que estorbas

Curiosamente, a veces el auxilio que se ofrece con buenas intenciones tiene justamente el efecto contrario. Y en vez de facilitarle la vida al otro, lo que se logra es interferir con su curso natural. Así, en ocasiones, nuestra ayuda puede impedir el desarrollo de la iniciativa y la autonomía de la otra persona. 

Es el caso de los padres sobreprotectores quienes, con la intención de evitar problemas y sufrimientos a sus hijos, hacen por ellos lo que estos podrían hacer por sí mismos. Sin embargo, inevitablemente llegará un momento en que estos tendrán que enfrentar solos los retos de la vida. Y lo harán sin estar preparados para ello porque, irónicamente, recibieron demasiada ayuda.

Madre tratando de ayudar a su hija

El arte de ayudar

Como vemos, ayudar es un verdadero arte. Para hacerlo hemos de saber escoger el momento y las formas. Hemos de ser capaces de prever las consecuencias que tendrá para el otro nuestra intromisión. Incluso debemos preguntarnos cuál es nuestra verdadera motivación para prestar ayuda.

¿Qué espero, realmente, obtener de esto?, ¿busco admiración, control, sentirme importante?. ¿Estoy beneficiando a la otra persona con mi conducta o le estoy privando de desarrollar sus propias habilidades?. ¿Me mueve, verdaderamente, un sentimiento genuino de facilitar la vida de mi semejante?.

El altruismo es un valor maravilloso que, en su estado puro, puede hacer del mundo un lugar mejor. Sin embargo, una motivación inadecuada o un momento mal escogido, pueden hacer de este un error. No permitamos que nuestras propias carencias y necesidades opaquen la belleza original de un gesto tan noble. Aprendamos a manejar el bello arte de ayudar a los demás.

  • Gallegos, W. A. (2015). Conducta prosocial y psicología positiva. Avances en psicología23(1), 37-47.
  • CRUCHAGA, X. L. EGO-(ALTRU)-ISMO. EMOCIONES: PERSPECTIVAS ANTROPOLÓGICAS, 19.