¿Volver a casa significa volver atrás?

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 28 julio, 2017
Paula Murillo · 28 julio, 2017

Irse de casa es un gran momento. El sentimiento de libertad y de máximo nivel de autonomía es una de las sensaciones más emocionantes que existen. Cuando abandonamos el nido se abre todo un mundo de responsabilidades, situaciones y experiencias inexploradas. Poco a poco empezamos a tolerar la incertidumbre, aprendemos de los despistes y organizamos y planificamos mejor las semanas, los meses y los trimestres.

Los planes y sensaciones que viviremos cobrarán más o menos fuerza dependiendo de la edad, de la personalidad y de la etapa vital. Si la emancipación llega por desplazarnos a estudiar lejos del hogar, recién estrenada la mayoría de edad, seguramente tendrán más importancia la independencia y la sensación de “libertad”. Si la experiencia llega con el compromiso del trabajo y la responsabilidad del alquiler valoraremos más la organización y responsabilidades para con nuestro día a día.

Sin embargo, si una vez pasado todo ello nuestros planes se tuercen y nos vemos en la posición de volver a casa de nuestros padres ¿es fácil el retorno?, ¿cómo es acoplarnos a algo que ya habíamos olvidado?

“Puede que te sorprenda oír esto, pero el fracaso no existe. El fracaso es simplemente la opinión que alguien tiene sobre cómo se deberían hacer ciertas cosas”.

-Wayne Dyer-

Los que llegan: Volver a lo (des)conocido

Cuando volvemos al que un día fue nuestro hogar, lo primero a tener en cuenta en esta situación es la importancia de la empatía. Ya que la vivencia de esta situación puede resultar complicada.

Chico mirando por la ventana

Una vez adquiridas unas rutinas fuera del techo familiar, nuestra forma de entender el mundo y de relacionarnos sufren modificaciones. Lo ideal es que no solo tengamos en cuenta nuestras necesidades, nuestro malestar, culpa o vergüenza. Dedicar un momento a ponernos en el lugar de nuestros familiares será muy necesario para encontrar el equilibrio en la convivencia.

Cuando abandonamos el nido, no sólo nuestras rutinas, prioridades y pensamientos cambian. Las de aquellos que dejamos atrás también. Es importante mantener la templanza y la comprensión en un periodo de adaptación en el que entender a nuestros padres; hacérselo saber puede evitar muchas situaciones de tensión acumulada. Por tanto:

  • Transmitir confianza en la comunicación y el intercambio de opiniones.
  • Entender que hemos alterado una dinámica que ya se consideraba estable.
  • Negociar unos horarios y unas normas equilibradas. La rigidez y estructura puede ser positiva, respétala.
  • Recordar que son tus padres/familiares, no compañeros de piso.
  • Rebajar nuestros niveles de irritabilidad (si los hubiera) pensando que la familia no es culpable de la situación.
  • No sólo verme como “una situación” sino aprender que somos pensamientos, emociones y comportamientos.
  • Compartir momentos con la familia.
  • Poner en práctica técnicas de solución de problemas para resolver el conflicto al margen de la familia. Eso hará que me empoderé en el proceso de reconstrucción.

“Quien volviendo a hacer el camino viejo aprende el nuevo, puede considerarse un maestro.”
-Confucio-

Los que reciben: Mi casa ¿mis normas?

Cuando vuelve a casa un hijo que ha estado emancipado, vuelve alguien que se ha acostumbrado a unas rutinas y a una forma de relacionarse muy distinta a la que tenía antes de irse. Hay cambios elementales (como los económicos) pero también es necesario adaptarse psicológicamente.

Madre e hija adulta

Aunque sea un proceso de ayuda a nuestro hijo o familiar, hay detalles que debemos tener en cuenta a la hora de que resulte una convivencia adaptada a la nueva situación. Cuanto más claras las prioridades mejor funcionará la nueva situación.

  • Tener presente que el rol de hijo es diferente para unos y otros.
  • Negociar y establecer unas tareas y normas de convivencia.
  • Hablar claramente con nuestro hijo o familiar. El hecho de que haya pasado por una experiencia dura no significa que debemos establecer una situación de sobreprotección prolongada.
  • Días después de que se hayan instalado en nuestro hogar, plantear el futuro y conocer la planificación para hacer entender a todos que es una situación transitoria.
  • No desatender las necesidades y rutinas propias.
  • No hablar exclusivamente de la independencia o de la crisis personal. Buscar momentos de descanso psicológico
  • Rebajar la emotividad expresada.

Como vemos, el regreso al lugar de origen es un proceso de apoyo y comprensión por las partes implicadas. Un momento en el que la predisposición a la comunicación, el entendimiento y la ternura evitarán endurecer algo que de por sí ya es complejo y árido.

“La vitalidad se revela no solamente en la capacidad de persistir sino en la de volver a empezar.”
-Francis Scott Fitzgerald-