¡Y si lo que se rompe es el alma!

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 25 noviembre, 2015
Leonor Casalins · 26 mayo, 2014

En una ocasión alguien recibió de un facultativo la siguiente indicación: llevas mucho tiempo deprimido; esto no tiene remedio, te sugiero que no sigas viniendo con el mismo problema y que lo soluciones de una vez.

Podéis imaginar las consecuencias que tuvo esta frase en la mente de una persona que no encontraba la forma de salir del pozo en el que se había metido.

En el caso de que se nos rompiera una pierna, a nadie se le ocurriría ir a la vecina a ver si nos la recompone, a excepción hecha de que fuera traumatóloga.

Nadie nos culparía por haber sido tan torpes, por no mirar lo que había en el suelo o por no asegurarnos bien al bajar las escaleras.

En general, no se nos ocurriría que, ya que hemos cometido la tontería de rompernos una pierna, lo lógico fuera que nosotros mismos solucionáramos el problema, puesto que habríamos sido los responsables de lo sucedido.

Si al final termináramos en un médico, éste no nos pediría que le explicáramos los motivos por los cuales hemos cometido un error que llevó a la rotura de nuestros huesos, ni nos recriminaría por nuestra falta de atención. Se limitaría a actuar sobre el mal y buscar la forma de solucionarlo de la manera más adecuada y rápida posible.

Pero si lo que se nos ha roto es el alma en pedazos, entonces todo lo anterior tiene sentido, podríamos ir a que cualquiera nos lo arreglara, habría quien nos culparía por habernos metido en tal desaguisado y por estar en esta situación tan incómoda. Nosotros mismos también nos culparíamos por no haber sido más prudentes, por haber permitido que tanto mal se metiera dentro de nuestros ser. Nos obligaríamos a salir por nuestros propios medios, sin preguntarnos si es o no posible salir sin ayuda de este trance.

Ante  la enfermedad física, nos preocupamos por el enfermo y atendemos a sus cuidados. Pero cuando el mal es psíquico esto cambia radicalmente; quiero pensar que el motivo radica en que no sabemos muy bien qué hacer, cómo actuar, cómo ayudar al enfermo, nadie nos ha enseñado cuales son los cuidados adecuados para estos problemas y nos hace sentir mal.

A su vez, ver a alguien a quien queremos, tan abatido o tan mal, tan distinto a como se comportaba antes, nos desconcierta y aumenta nuestro desasosiego.

Esto hace que, en ocasiones, las personas convivan con este mal sin buscar soluciones externas, creyendo que deben ser ellos los que tienen que actuar, incluso puede que piensen que es algo que no tiene remedio, que es algo con lo que tendrán que aprender a convivir.

Y no es así. No digo que tengamos solución para todos los males psíquicos, pero tampoco para todos los físicos y esto no nos impide pedir ayuda a los profesionales adecuados.

Existen un buen número de alternativas para ayudar a encontrar el camino. Cuando nos rompemos el alma también hay tiritas y remedios; si no los conoces, solita a un profesional que te los muestre y, si ese profesional no tiene la respuesta que tú necesitas, busca  otro, porque el que un ser humano no sepa resolver un problema, no quiere decir que no exista esa solución, sólo que él no la conoce.

Persiste hasta logar encontrar la solución a tu problema, porque existe