12 monos: una distopía de actualidad

07 Junio, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la crítica de cine Leah Padalino
12 Monos, estrenada como una distopía, no podría estar de más actualidad. La película parecía vaticinar un futuro que nos recuerda mucho a nuestro presente.
 

La realidad siempre termina por superar a la ficción. Jamás habríamos pensado que esta frase cobraría tanto sentido como ahora y, seguramente, si hace tan solo unos meses nos hubiesen dicho que, en pleno siglo XXI, viviríamos una situación tan crítica a nivel sociosanitario, no nos lo habríamos creído.

Se ha superado la ficción hasta tal punto que ya ni la distopía nos sorprende, ni siquiera Charlie Brooker -el creador de Black Mirror– quiere seguir con su serie. Sin embargo, a pesar de las circunstancias, nunca está de más repasar aquellos títulos que parecían vaticinar la que se nos venía encima.

Desde la alegría de los años 90, hoy rescatamos una película que advertía un futuro inhóspito como consecuencia de un virus: 12 Monos (Gillian, 1995).

12 Monos: ciencia ficción distópica

Ya hemos comentado en otras ocasiones que la distopía, como rama de la ciencia ficción, parece advertirnos acerca de futuros desoladores e inhóspitos. Futuros que, por otro lado, podrían ser consecuencia directa de nuestro presente si no tomamos las acciones necesarias para evitarlo.

Así, la distopía se convierte en un género especialmente prolífico en el siglo XXI y finales del XX, pues parece que muchos vaticinaron las consecuencias negativas de un avance tecnológico sin precedentes.

En la actualidad, entre todas estas distopías, 12 Monos parece bastante más real de lo esperado. Ese futuro en el que la humanidad estaba condenada a vivir bajo tierra a consecuencia de un virus cobra hoy más sentido que nunca.

 

El cineasta Terry Gilliam, que ya había saboreado las mieles del éxito junto a los Monty Python, encontró su inspiración en la película francesa La Jetée (Marker, 1962) para crear la conocida 12 Monos.

Bruce Willis brilla especialmente en el papel protagonista, encarnando a un hombre que, nacido a finales de los 80, ve cómo el mundo que conocía termina por desvanecerse a causa de un virus. Condenado a vivir bajo tierra junto al resto de humanos, será enviado a una serie de misiones que pretenden enmendar los errores del pasado. Es decir, comprender el origen del virus y obtener muestras que permitan a los científicos elaborar una vacuna.

Como antagonista, nos encontramos a un jovencísimo Brad Pitt que ya quería desvincularse del papel de “guaperas” y nos brinda una genial interpretación de la locura. El submundo que habita James Cole (Bruce Willis) se presenta ante nuestros ojos como mugriento, oscuro, inhóspito y tenebroso.

La puesta en escena es tan peculiar como el cineasta que firma la película. Los viajes temporales enmarcan una película que nunca había adquirido tanta relevancia como en la actualidad.

La ciencia ficción no son solo máquinas y viajes en el espacio, sino también viajes al pasado (o presente) desde una perspectiva agónica y oscura. El futuro podría ser aterrador si no actuamos en consecuencia en el presente.

Lejos de dejarse llevar por los efectos especiales, Gilliam opta por una vertiente en clave de thriller, en la que el protagonista deberá ir desengranando todas las acciones que dieron lugar a lo sucedido con el fin de obtener una cura o frenar su avance.

 

Como toda distopía, nos deja un final bastante ambiguo, aunque fácilmente comprensible en el que lo inevitable parece ser más fuerte que el avance científico y tecnológico.

La representación de la locura

No hay nada que me guste más de 12 Monos que su visión de la especie humana a través de las paredes de un manicomio. El personaje interpretado por Brad Pitt, Jeffrey Goines, cobra especial relevancia en estas secuencias. De alguna manera, el hecho de someter al héroe enviado desde el futuro, James Cole, a una situación como la del manicomio deja bastante en evidencia a nuestra especie.

Igualmente, el manicomio se muestra como un completo caos ante nuestros ojos, un lugar que parece excluir a todas aquellas personas que se alejan de lo establecido y que, lejos de reinsertarlas, termina por apartarlas completamente de la sociedad.

El espectador es perfectamente consciente de que James Cole está cuerdo, pero el mundo no parece verlo de la misma manera y, como consecuencia, lo someten a un entorno casi más inhóspito y caótico que el propio apocalipsis.

La exclusión del “loco” me remite a Foucault y su Historia de la locura en la época clásica, obra en la que observa cómo el “loco” ha ido cambiando a lo largo del tiempo y cómo, de la misma manera, se ha visto condenado a la exclusión.

Dos hombres en un manicomio de la película 12 Monos
 

No hay solución

Finalmente, pese a los viajes temporales y a los múltiples intentos de Cole por cambiar el pasado, parece que el mensaje de 12 Monos es claro: no hay solución, ni siquiera tratando de cambiar el pasado, pues la historia se repite como un ciclo.

La humanidad, de alguna manera, estaba condenada a sufrir las consecuencias del virus. Por lo tanto, la única solución es buscar una vacuna o algún fármaco que logre paliar la enfermedad.

En este sentido, resulta interesante, especialmente desde una perspectiva actual, el papel femenino en la cinta. La distopía parece ser un género que ha castigado enormemente a las mujeres, así lo vemos en El cuento de la criada o en V de Vendetta. La mujer, como ser con frecuencia excluido, parece encontrarse en una posición de mayor vulnerabilidad en la distopía.

¿Qué ocurre en 12 Monos? Que el único personaje femenino relevante es el de la doctora Railly, una psiquiatra que ayudará a Cole en su investigación. Lo que llama la atención -como decíamos, desde la actualidad- es el hecho de que el personaje se construye en torno a un hombre. Un hombre que la secuestra y con el que, finalmente, termina por desarrollar una historia amorosa. Pero eran los años 90 y no vamos a cuestionar este tipo de argumentos en un tiempo en el que este tipo de historias estaban a la orden del día.

Dejando atrás esta cuestión, nos encontramos ante una película que camina en la desesperanza, que parece dejarnos con un sabor agridulce y que termina por decirnos que “no hay remedio, no hay solución”. Así, la humanidad parece estar condenada al desastre, a lo inevitable de ese enemigo invisible que nos ha mantenido a todos encerrados o, como en la película, bajo tierra.