1917: un angustioso plano secuencia

15 Febrero, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la crítica de cine Leah Padalino
1917 era una de las grandes candidatas al galardón más codiciado de la Academia. Sin embargo, pese a contar con el respaldo de la crítica, tuvo que conformarse con la parte más técnica. En este artículo, analizamos algunas de sus claves.
 

1917 partía como una de las grandes favoritas para hacerse con el galardón más preciado en los Óscars; sin embargo, tuvo que conformarse con las estatuillas que premiaban la parte más técnica. Parásitos ha sido, sin lugar a dudas, la verdadera revelación, la película que ha hecho historia y ha arrasado con los premios más codiciados.

El talento no entiende ni de idiomas ni de fronteras, algo que se ha hecho más que patente con el histórico galardón a mejor película para un filme surcoreano. Pero en este artículo, venimos a hablar de otra de las grandes favoritas, la película que triunfó en los BAFTA y en los Globos de Oro, pero no tanto en los Óscar.

Un pasado algo olvidado

Se han hecho infinidad de largometrajes acerca de la Segunda Guerra Mundial e incluso sobre Vietnam, pero no son tantos los títulos que resuenan a nivel internacional inspirados por la Primera Guerra Mundial. Tal vez, una de las más conocidas sea Paths of Glory del inolvidable Stanley Kubrick, protagonizada por el recientemente fallecido Kirk Doulgas.

La Primera Guerra Mundial genera más dudas que la Segunda y no es tan cinematográfica como su sucesora. Quizás, el enemigo no sea tan claro y el caos que la caracterizó ha dificultado, en cierto modo, su paso al cine. Cualquier espectador que piense en cine bélico no tardará en citar títulos en los que el enemigo claro no es otro que el nazismo.

Sam Mendes, inspirado por algunas historias que había oído de su abuelo, se atreve con una película de argumento sencillo y con una puesta en escena sublime para sumergirse en las trincheras de la Gran Guerra.

 

Dar en la tecla acertada

Un chiste puede ser contado de diferentes maneras y, seguramente, dependiendo de quién lo cuente y cómo lo cuente, nos hará soltar una carcajada o no. Esta afirmación, por simple que parezca, puede ser aplicada al cine y, en definitiva, al arte. El mensaje es fundamental, no cabe duda de ello; si la historia de fondo no nos atrapa, tal vez, no hay mucho que hacer. Pero, como en todo chiste, es fundamental la manera de narrar.

El argumento de 1917 no podía ser más simple: dos soldados rasos del ejército británico deben trasladar un mensaje a otra de sus tropas para evitar una masacre a manos del enemigo. Es entonces cuando algo tan sencillo como un mensaje cobra vida y se gana la empatía del público. Un público que guarda un silencio sepulcral porque siente el corazón encogido y los nervios a flor de piel ante un peligro tan inminente como la muerte.

El filme cuenta con un reparto entre los que se encuentran algunos grandes del cine británico de las últimas décadas, como Colin Firth o Bennedict Cumberbatch. Sin embargo, decide dejar todo el peso interpretativo a dos jóvenes bastante desconocidos.

 

Bien es cierto que otro tipo de narración le habría permitido indagar más en personajes secundarios y en los actores ya mencionados, pero la decisión de apoyarse en un número reducido de protagonistas hace que el público entre de lleno en la acción.

Las trincheras nunca habían sido tan estremecedoras, tan poéticas y tan asfixiantes al mismo tiempo. El espectador puede percibir el terror, la soledad y la desolación. Y todo ello gracias a una técnica impecable que hunde sus raíces en el suspense. ¿Cómo puede ser esto posible? Gracias al uso de un plano secuencia eterno a la par que ilusorio.

1917 y un falso plano secuencia

No es que 1917 haya inventado algo absolutamente novedoso, pues el propio Hitchcock experimentó con La Soga en 1948 los límites del corte. A este título le han seguido otros más recientes, como Birdman (Joaquin Oristell, 2015) o Victoria (Sebastian Schipper, 2015).

De esta manera, combinan y exploran las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías con una técnica que hemos visto en otras ocasiones. Un acierto que hace que el espectador se involucre plenamente con los protagonistas y que perciba la acción en «tiempo real».

Tanto la labor interpretativa como la técnica requieren un esfuerzo mayor, pues al rodar en tomas tan extensas, todo tiene que estar perfectamente milimetrado y calculado, incluso las condiciones atmosféricas.

La ilusión del plano secuencia, con sus cortes milimétricos y casi imperceptibles, nos aporta, como espectadores, esa sensación de angustia. Ya no somos espectadores pasivos de una tragedia, sino cómplices. Al no poder escapar los protagonistas, tampoco podemos hacerlo nosotros. En este sentido, el aprovechamiento de la luz natural, los espacios, los rostros y unos efectos especiales sutiles enfatizan la acción.

 

El espectador termina por sentirse atrapado en el laberinto de las trincheras, por empatizar con sus protagonistas y por sentir el temor que atraviesa la pantalla.

Música e imagen conjugan una escalofriante belleza en la que la energía es la clave. La cámara jamás mira atrás, nunca retrocede, sino que avanza con el paso de los personajes y la música aparece en los momentos de mayor tensión, recordándonos, en parte, a Hitchcock.

La complejidad de 1917 reside, precisamente, en lo difícil que resulta aprovechar los recursos naturales, el juego de claroscuros, la luz natural y la inmediatez que pretende transmitir, sin olvidar a un equipo que ha logrado recrear un escenario hostil plagado de trincheras en las que vivían y morían infinidad de jóvenes reclutados para una guerra que, como todas, era absurda.

Hombre en guerra

1917: una experiencia cinematográfica

La sensación de ver una película sin cortes, aunque sea una ilusión, genera en el espectador incertidumbre. Una incertidumbre que se sostiene de manera trágica con el corte más largo, evidente y meditado del filme. Tras sufrir un disparo, pasamos a negro, un negro eterno que, lejos de aliviarnos, incrementa nuestra angustia. ¿Se ha terminado todo? ¿Veremos ahora escenas al uso plagadas de cortes? No, absolutamente no, el corte drástico tan solo sirve como punto y seguido a una historia que todavía tiene mucho que decir, que todavía aguarda tomas infinitas y asfixiantes.

 

Diez nominaciones a los grandes premios, pero tan solo tres estatuillas; aquellas más técnicas, pero no por ello menos importantes. Una película no es nada sin un guion sólido, pero tampoco cobra vida exclusivamente a través del guion. Desde el vestuario hasta la música, pasando por la interpretación o la fotografía, el cine es un arte complejo, un arduo trabajo en equipo en el que todos los elementos son importantes, fundamentales.

Probablemente, este sea uno de mis artículos menos imparciales, pero, como en toda crítica y en todo arte, el gusto juega un papel fundamental. No soy una apasionada del cine bélico que se torna antibelicista, pero soy una gran admiradora de Mendes y de Roger Deakins (el genio encargado de la fotografía de 1917).

Mendes me cautivó con American Beauty, me hipnotizó y me invitó a bucear en un filme que, sin demasiados sobresaltos, me atrapó de lleno y me sigue fascinando a día de hoy. Logró mostrarme la belleza en una bolsa de plástico y, ahora, ha conseguido sobrecogerme y encontrar la belleza en un entorno tremendamente hostil.

Todo este despliegue de puesta en escena para decirnos algo que ya sabemos y que el cine ha repetido en infinitas ocasiones: y es que las guerras son absurdas, el ser humano es absurdo mientras la naturaleza sigue su curso. Porque ahogarse mientras florecen cerezos nunca había sido tan significativo, ver la muerte donde surge la vida o ver la destrucción humana en un entorno natural que lucha por florecer resulta poético, catártico y revelador.

 

La naturaleza actúa como un personaje más, ajeno a los humanos, pero omnipresente; mientras el árbol se eleva como el símbolo más significativo. Un árbol presente al comienzo y al final, haciendo de esta película algo cíclico. Más allá de los tecnicismos, 1917 es una lección de humanidad, un claro homenaje a aquellos que vivieron la Gran Guerra, a aquellos que vieron la muerte en sus manos y sus ilusiones sepultadas por el fango.

«Quise que el paisaje fuera un personaje más de la historia; una voz que diera otra perspectiva de la guerra. Y tenía que haber tiempo y espacio para lo lírico dentro de un mundo perdido».

-Sam Mendes sobre 1917