3 heridas que nunca cerraremos y el amor que no pudo ser

Valeria Sabater · 29 abril, 2015

 

Hay amores destinados a no ser, a tener inicio y final. Son como tempestades de verano llenas de intensas emociones, de lluvia refrescante que alivia un calor intenso, una sed no saciada… Sin embargo, cuando las nubes escampan, lejos de dejar la humedad de un campo donde puede florecer de nuevo la naturaleza, se abre una tierra yerma y con grietas. Donde no crecerá nada durante mucho tiempo.

Hay amores que pasan como un viento suave, otros finalizan con una distancia serena y amable, de mutuo acuerdo, pero hay algunos que dejan vacíos dolorosos que nos hieren por dentro y que nos cambian.

Hablemos hoy de ello, analicemos esos “efectos secundarios” que pueden dejarnos algunas de nuestras relaciones afectivas a modo de secuelas, y que merece la pena tener en cuenta para hacernos reflexionar.

 

1. ¿Es verdad que obtenemos un aprendizaje de todo fracaso emocional?

 

Lo hemos leído y escuchado muy a menudo. No hay mejor maestro que el dolor, no hay mejor aprendizaje que el dolor vital en algún momento de nuestra existencia, para poder así, avanzar con mayor seguridad sabiendo lo que es la vida, entendiendo un poco mejor a las personas.

Y en efecto, estamos de acuerdo. No obstante, hay un aspecto que debemos matizar. No todas las personas adquieren un “aprendizaje positivo”, no todo el mundo logra entenderlo así. Tras una ruptura, tras un desengaño, se requiere de cierto tiempo para poder volver a alzar nuestra mirada al mundo con seguridad, es necesario pasar por un duelo, por un proceso interno donde “reconstruirnos por dentro”.

¿Qué es lo que ocurre en muchos casos? Qué lejos de salir fortalecidos, salimos con secuelas. Cuando alguien nos ha hecho daño aprendemos a ponernos una coraza, cuando nos han mentido aprendemos a desconfiar, cuando nos han cortado las alas al crecimiento personal, evitamos entonces abrirnos a otras personas.

¿Obtenemos pues un aprendizaje tras ese amor que no pudo ser? Desde luego, lo hacemos, pero no siempre es positivo, de ahí que debamos tener muy en cuenta el modo en que volvemos a “reajustar” nuestra realidad.

No te dejes arrastrar por todas estas cogniciones negativas, actúa siempre con resiliencia para abrir la puerta a nuevas oportunidades.

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2. La pérdida de la inocencia

 

Perder la inocencia es perder parte de esa ilusión sincera y libre de prejuicios hacia los demás, hacia nuevas relaciones a las que abrirnos en plenitud y emoción. Tras un fracaso afectivo y la pérdida de ese amor donde fijamos tantas y tantas esperanzas, una parte de nosotros va, irremediablemente, a envejecer.

Y pocas cosas pueden ser más desesperanzadoras, que permitir que nuestro interior envejezca, dejando así que aparezcan las astillas en nuestro corazón, las fisuras y la tierra yerma donde nada crece. Ahí donde vagará a partir de ahora una densa amargura, donde nos será muy difícil volver a recibir al amor con la ilusión de antaño.

Es bueno ser prudente y cauto, no hay duda, pero si perdemos por completo la inocencia, dejaremos ir a “ese niño interior” y a su espontaneidad, a esa frescura innata donde las cosas, donde las relaciones, se viven con más intensidad.

 

3. Vacíos eternos

 

Los amores que nunca pudieron ser, son vacíos sin forma habitados por ilusiones perdidas y desengaños. Por tiempo perdido pero constantemente recordado y evocado. Uno puede recuperarse, iniciar incluso nuevas relaciones y nuevos proyectos vitales.

La felicidad siempre  vuelve con maravillosas segundas partes que todos merecemos aprovechar, sin embargo, hay algo que se esconderá cada día de nuestra vida en algún rincón de nuestro corazón y nuestra memoria, y son ellos, los vacíos. Porque son como esos caminos que una vez elegimos creyendo que ahí, iban a alzarse tantos y tantos proyectos soñados, para al final, no tuvimos más remedio que hacer un cambio de sentido tan drástico como doloroso.

Y en nuestro cerebro, siempre estará ese sendero imposible formando parte de nosotros y lo que somos. Es como una vida paralela, la real y los recuerdos que no podemos borrar, pero que en esencia, forman parte de lo que somos.

Los vacíos siempre estarán y como tal, debes aceptarlos. Son esas heridas que no cicatrizan pero con las que uno debe aprender a vivir, integrándolas, aceptándolas pero evitando que se conviertan en “agujeros negros”.

Deja que sean vacíos por los que emerge un viento suave y perfumado que rememorar de vez en cuando, pero solo durante unos segundos. Después, avanza en este “aquí y ahora”, donde sin lugar a dudas, se inscribe tu verdadera felicidad.