3 razones por las que ser sincero mejora tu salud

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 26 abril, 2017
Edith Sánchez · 24 julio, 2016

Ser sincero es una de esas actitudes que resultan ser muy valoradas socialmente. Desde  niños nos enseñan a evitar las mentiras, pero también desde niños se nos enseña a mentir. Aprendemos que algunas mentiras pueden generarnos beneficios interesantes y que, finalmente, rara vez somos descubiertos, así que terminan siendo una buena opción.

Ser sincero no es cometer “sincericidio”, es decir, andar por la vida ventilando la verdad sin filtros. En esos casos puede que la intención no sea realmente decir la verdad, sino más bien utilizarla para llevar a cabo un acto de de agresión, de vanidad o simplemente para dejar salir nuestra ira, justificados con el pretexto de la sinceridad.

“Las palabras van al corazón, cuando han salido del corazón.”

-Rabindranath Tagore-

Sin embargo, por regla general, la sinceridad no solo es una gran virtud, sino que además nos trae grandes beneficios. Las relaciones con los demás mejoran notablemente cuando somos sinceros. También recibimos sinceridad a cambio y no damos lugar a los malentendidos. Pero además de esto, ser sincero también es algo que afecta nuestra salud en sentido positivo. Enseguida te damos tres razones que sustentan esta afirmación.

Ser sincero aumenta tu autoestima

Un estudio llevado a cabo por el psicólogo Robert S. Feldman, en la Universidad de Massachusetts, relevó que el promedio en que la gente miente es de una mentira por cada diez minutos de conversación. A la vez, concluyó que la principal razón para que la gente mienta es la de parecer más simpática y/o competente de lo que realmente es. En otras palabras, para despertar el agrado o la admiración en los demás.

boca

Sobre esta base, otros expertos han indicado que este tipo de mentiras cumplen el papel de encubrir la realidad de algunas personas. El motivo es que en el fondo se perciben sus vidas y sus forma de ser como poco interesantes y poco dignas de ser tomadas en cuenta por los otros.

Lo curioso de todo esto es que la autenticidad es uno de los rasgos mejor valorados y más admirados. Esto quiere decir que entre más sincera sea una persona, hablando de sí misma tal y como es, mayores posibilidades tiene de despertar la simpatía y la admiración en los demás. El efecto final es que todo ello contribuye a que aumente la autoestima y esto retroalimenta el ciclo: mayor sinceridad, más aceptación, incremento de la autoestima.

Ser sincero reduce la ansiedad

El problema de decir una mentira es que nos introduce en un ciclo interminable de falsedades. Si dices que eres estrella del rock, vas a tener que inventar cien mentiras más para que esto sea creíble. Para alguien que miente, lo peor que le puede pasar es que sea descubierto en flagrancia.

Así las cosas, no solo debes contar con una buena imaginación, sino que probablemente también tienes que pasar mucho tiempo tratando de darle coherencia a tu discurso, para no ser pillado en la mentira. También necesitas buena memoria, para no caer en contradicciones.

Esto, entonces, te exige un fuerte gasto emocional que, más temprano que tarde, se expresa como estrés y ansiedad. Es bueno que mantengas cierta alerta en los mecanismos de atención para no enredarte y que eso aumente el grado de tensión.

mujer

Cuando eres sincero, jamás debes cargar con semejante peso. No tienes que andar construyendo explicaciones, ni empleando tiempo en adornar tu versión con detalles que la hagan creíble. Eso te permite estar más relajado y actuar con mayor naturalidad, lo que te evita un enorme gasto de energía emocional que necesitas para otras cosas más importantes.

Un estudio sobre sinceridad y salud

La doctora Anita E. Kelly, profesora de psicología de la Universidad de Notre Dame y directora de la Fundación Templeton, realizó un estudio para investigar cuáles eran los efectos ser sincero sobre la salud.

Para ello, consiguió un grupo de 72 voluntarios y los dividió en dos grupos: uno de ellos se instruyó para que fuera estrictamente sincero en todas sus conversaciones, mientras que al otro no se le dio ninguna indicación. A quienes debían ser sinceros, se les especificó que no podían mentir ni siquiera en temas pequeños o aparentemente triviales. Este ejercicio debía durar cinco semanas.

Durante el tiempo del estudio, los voluntarios de ambos grupos fueron sometidos a un seguimiento de su salud, al tiempo que se hacían pruebas semanales con polígrafo. Una vez terminado el experimento, se vio una clara diferencia en la condición de salud de quienes eran sinceros y quienes mentían.

Los primeros presentaron un menor número de dolores de cabeza, dolores de garganta, náuseas y mareos, mientras que los segundos mantenían este tipo de síntomas sin ninguna variación.

Hombre con una bola de cristal

Los resultados alentaron tanto a la investigadora, que ella misma decidió ser completamente sincera durante el siguiente invierno. Notó que necesitaba dormir menos horas para sentir un descanso satisfactorio y que los resfriados, que siempre la aquejaban durante las temporadas de frío, simplemente desaparecieron.