Adrenalina, la hormona del rendimiento y la activación

Valeria Sabater · 17 octubre, 2017

La adrenalina nos permite alcanzar la euforia cuando practicamos un deporte, es ella también quien nos hace temblar cuando alguien nos atrae y la que nos permite reaccionar ante los peligros cotidianos. Ahora bien, además de favorecer nuestro rendimiento y activación, la adrenalina tiene a su vez un reverso oscuro, porque un exceso en su liberación cursa también con serios efectos secundarios.

Estamos ante una sustancia polivalente, al igual que lo son por ejemplo la dopamina o la oxitocina. No obstante, esta hormona que cumple a su vez funciones de neurotransmisor es una de la que más impacto tiene sobre nuestro comportamiento. Por ejemplo, es ella la que activa nuestros mecanismos más instintivos de supervivencia, pero es la adrenalina también la que hace que derivemos hacia conductas adictivas o la que facilita esos estados de ansiedad o estrés crónico que sufrimos a menudo.

Cada día más personas necesitan su dosis de adrenalina para romper con la monotonía, algo así puede llevarnos a experimentar la vida al máximo o a derivar en situaciones de riesgo para llenar nuestros vacíos.

Como curiosidad, es interesante saber que muchos profesionales que se dedican a la gestión de crisis suelen entrenar a sus clientes en la adecuada gestión de la adrenalina. Para ello, se les invita a pasar por una serie de dinámicas y simulacros con un alto estrés físico y emocional donde regular su estilo de respuesta. La finalidad es sencilla: entrenarles para que no pierdan el control y para que la adrenalina sea su mejor aliada, nunca su enemiga.

Lograrlo, conocer todo lo que esta hormona es capaz de originar en nuestro cuerpo y conducta es algo asombroso. Te proponemos descubrirlo a continuación.

Adrenalina, qué es y qué funciones tiene

En 1982, Angela Cavallo de Lawrenceville, Georgia se convirtió en la madre del año. Así la definió la prensa después de que fuera noticia en todo el mundo por algo difícil de creer si no fuera porque hubo varios testigos. Su hijo Tony estaba en el garaje de casa reparando su viejo Chevrolet cuando de pronto, el gato que sujetaba el automóvil falló y ocurrió lo peor: el coche se desplomó encima del joven dejándolo atrapado.

Angela Cavallo tenía 51 años  y pesaba poco más de 65 kilos. No iba al gimnasio, no era corpulenta ni hizo pesas en ningún momento de su vida. Sin embargo, al ver a los pies de su hijo bajo el coche empezó a gritar pidiendo ayuda a los vecinos. En vista de que no acudía nadie, no lo dudó un segundo, corrió hacia ese coche de 1.500 kilos y lo levantó, como si nada. Lo mantuvo así unos segundos, tiempo suficiente para que al poco llegaran los vecinos y sacaran a su hijo inconsciente.

Dicha proeza contiene en realidad dos elementos casi mágicos: amor de madre y adrenalina, mucha adrenalina. La bastante para que en un momento dado podamos hacer cosas titánicas para garantizar nuestra supervivencia o la de las demás.

La hormona que nos activa

La adrenalina pertenece al grupo de las catecolaminas (al igual que a noradrenalina y la dopamina) y se produce en las glándulas suprarrenales, justo encima de los riñones. No obstante, también tenemos su versión sintética, la epinefrina, una sustancia creada a nivel de laboratorio, y que siendo químicamente idéntica a la biológica resulta muy útil en numerosas emergencias médicas para la resucitación cardiopulmonar.

fórmula de la adrenalina

Para entender ahora su mecanismo de acción podemos tomar como referencia lo sucedido con la señora Angela Cavallo y su hijo:

  • Cuando vemos una situación de amenaza o de peligro (un coche cayendo sobre nuestro hijo, por ejemplo), el hipotálamo, responsable en parte de nuestras reacciones emocionales, activa el sistema simpático para emitir un tipo de respuesta determinada ante ese estímulo.
  • El hipotálamo tiene a su vez una conexión directa con la médula suprarrenal, y esta, con las glándulas suprarrenales. Glándulas preparadas para liberar muy rápido una buena cantidad de adrenalina para activarnos, para mediar en nuestra conducta y tipo de respuesta.

La adrenalina utiliza unos mecanismos de acción muy concretos

Por otro lado, junto con la liberación de la adrenalina se ponen en marcha una serie de mecanismos biológicos muy afinados con los que facilitar nuestras reacciones:

  • Perdemos la “conciencia situacional”, es decir, nuestro cerebro busca que centremos toda nuestra atención en una misma cosa. Lo que haya alrededor deja de importar.
  • Por otro lado, el cerebro elige qué sentidos van a tener más utilidad. De hecho, es muy común que facilite una exclusión auditiva. Es decir, dejamos de oír con tanta precisión para potenciar otro sentido: la visión.
  • Así, nuestras pupilas se dilatarán casi al instante para que entre más luz y podamos ver con mayor claridad.
  • La adrenalina tiene también una característica muy conocida: la dilatación de los vasos sanguíneos y el aumento del ritmo cardíaco. Lo hace por un fin muy concreto: bombear más sangre para que llegue más oxígeno a nuestros músculos y tener así mucha más fuerza y mayor capacidad de reacción.

A veces, basta una pequeña “ráfaga” de adrenalina súbita pero intensa para que llegue a nuestras piernas y brazos toda una avalancha de glóbulos rojos ricos en oxígeno. Es entonces cuando nos sentiremos más fuertes que nunca.

A su vez, y esto también es interesante, el cerebro ordenará al sistema inmunitario que libere un alto nivel de dopamina y endorfinas analgésicas. Todo ello hará que no sintamos dolor si estamos heridos, y ello hizo por ejemplo, que la señora Angela Cavallo no notara molestia alguna al elevar un coche de 1.500 kilos.

hombre con subidón de adrenalina

El lado positivo y negativo de la adrenalina

La adrenalina tiene muchas ventajas. Puede estimularnos para conseguir retos asombrosos y puede también resultar tan placentera como adictiva. Facilita sobre todo que nos adaptemos a cualquier situación de estrés, nos activa cuando llevamos a cabo deportes de riesgo, facilita el que demos lo mejor de nosotros mismos en los exámenes o que disfrutemos de un encuentro amoroso.

Ese temblor en las manos, ese nudo en el estómago, esa pupila dilatada cuando miramos a la persona que nos atrae son efectos directos de la adrenalina. Es ella quien hace que nos sintamos eufóricos al bailar, al estar en compañía de otras personas divirtiéndonos, es ella quien nos ofrece una descarga increíblemente placentera cuando disfrutamos en la montaña rusa de un parque de atracciones o sentimos la velocidad conduciendo un coche.

Como vemos, muchas de esas conductas tienen a su vez un componente de “riesgo”. Es precisamente cuando ponemos el pie en el suelo, tras haber salido indemnes de esa experiencia, cuando se experimenta ese pico de euforia que al poco se acompaña por una relajación inmensa y satisfactoria. Todo ello hace que existan personas adictas a la adrenalina, un reverso algo más oscuro del que es necesario conocer más datos.

Hombre escalando

Adicción a la adrenalina

Hay personas que derivan en el lado más peligroso de los deportes de riesgo. Hay quien lleva a cabo conductas y acciones límite donde poner en juego su vida. Detrás de este tipo de comportamientos que muchos habremos visto en alguna ocasión, hay a veces algo más que la simple búsqueda del placer y la aventura. Ese pico intenso de adrenalina que experimentan sirve también para llenar el vacío, para facilitar un sentido o enmascarar una emoción.

Cuando pensamos en un adicto visualizamos casi de inmediato a una persona que consume determinadas drogas y lo hace por dependencia (no tanto para buscar el placer, sino más bien para eliminar el malestar). Sin embargo, de lo que no siempre se habla es que también la adrenalina y esa búsqueda constante de experimentar riesgos para sentirse vivos supone a su vez un tipo muy concreto de adicción.

Cuando una persona necesita experimentar la subida de la adrenalina diario poniendo en riesgo su vida estamos ya ante una conducta adictiva.

Por otro lado, y al igual que sucede con otras sustancias adictivas, es común que poco a poco se necesiten “dosis” más altas para experimentar los mismos efectos que antes. El organismo poco a poco desarrolla tolerancia y por tanto, se deben buscar experiencias más arriesgadas, conductas más extremas para conseguir la misma sensación.

Asimismo, es necesario diferenciar al deportista que lleva a cabo una práctica de riesgo con responsabilidad y profesionalidad, de esa otra persona que haciendo lo mismo es incapaz de pensar o de reflexionar en las consecuencias de sus propios actos.

En este sentido, pensemos que el adicto no lo hace, el adicto busca solo satisfacer una necesidad biológica.

La adrenalina y el estrés crónico

Hemos visto ya que la adrenalina puede convertirse en un tipo muy concreto de adicción. Ahora, es interesante recordar también otro de los aspectos más negativos de la adrenalina, ese donde facilita poco a poco y día a día la formación de un estrés crónico.

Este término, “estrés crónico”, es el resultado directo de nuestras presiones y tensiones continuas, esas que no detenemos a tiempo o que no gestionamos de forma adecuada. Este estado es el resultado directo de la acumulación de dos hormonas muy concretas: la adrenalina y cortisol en la sangre.

Mujer con estrés y ansiedad

Cuando pasamos por situaciones que nos generan malestar, que nos incomodan, que atentan contra nuestro equilibrio físico y emocional, nuestro cerebro las interpreta como un peligro, como un foco ante el cual reaccionar. Es entonces cuando hace acto de presencia la adrenalina, y es entonces también cuando nosotros, intuyendo esa serie de amenazas, deberíamos poder actuar de un modo eficiente.

Sin embargo no siempre lo hacemos, y de ahí, que la adrenalina se acumule y genere cambios en nuestro organismo (hipertensión, taquicardias, malas digestiones…). Perdemos la salud y ponemos en riesgo nuestra vida. No es por tanto cualquier cosa, no es algo que descuidar, no es algo que posponer para mañana o la semana que viene…

Para concluir, podríamos decir que la adrenalina cumple su “mágica” función siempre y cuando se libere de manera puntual y concreta. Es entonces cuando actúa como un impulso vital para ayudarnos a reaccionar, para ponernos a salvo, para hacer que nos adaptemos mejor a determinadas situaciones. Sin embargo, en caso de que busquemos su efecto a diario o permitamos que la tensión y los miedos se arremolinen de forma constante en nuestro interior, actuará del peor modo posible: quitándonos la salud.

Referencias bibliográficas

R. Kandel (2001). Principios de la neurociencia Madrid, LTC.

Hart, A (1995). Adrenalin and Stress. Thomas Nelson editors.

Bennett M (1999). “One hundred years of adrenaline: the discovery of autoreceptors”. Thieme Publishing Group.