¿Amamos o simplemente cuidamos de una ilusión?

06 Julio, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga María Vélez
Cuando nos enamoramos es normal que creemos una ilusión, pero ¿mantenerla en el tiempo es verdaderamente amor? Aquí reflexionamos sobre la diferencia entre ambas.

Cuando se empieza a salir con alguien todo es maravilloso y fantástico. Sin embargo, con el paso del tiempo se va conociendo más en profundidad a la persona que tenemos al lado. Es entonces cuando también comenzamos a descubrir si realmente nos gusta y le queremos tal y como es o, si por el contrario, estábamos viviendo una ilusión.

Es normal formarse una imagen de una persona que acabamos de conocer, sobre todo cuando se trata de comenzar una relación con ganas y a la que le ponemos toda la ilusión. Se le atribuyen ciertas características, actitudes y rasgos de personalidad en base a lo poco que conocemos y a lo que nos gustaría que fuera.

Hacernos expectativas es inevitable, pero la decepción puede ser grande. Y es que, en el amor, si algo debe ser prioritario, es aceptar al otro tal y como es. Con sus virtudes y sus defectos.

Idealización de la pareja y de la relación

Idealizar a la pareja forma parte del proceso del enamoramiento, el cual en nuestra cultura y sociedad es el primer paso para tener una relación sentimental. Cuando se conoce a alguien que nos atrae y tiene algunas de las características que deseamos en una pareja, es irremediable atribuirle otras características positivas. Así, al final, en cierta manera veremos en ella lo que nos gustaría ver.

Toda la ilusión se vuelva en esa persona que parece tan maravillosa y eso, además, se traspasa a la relación. Tenderemos a pensar que la relación va a ser genial y creamos una ilusión. Volcamos toda la esperanza en esa persona y en lo que se está construyendo y, así, en base a eso, establecemos un vínculo emocional con esa persona.

Mujer bipolar

Con el tiempo, la desidealización se desvanece ya que se pasa a conocer mejor a la pareja. Nos encontramos con la realidad: su intimidad, sus reacciones a diferentes circunstancias, su carácter, su pensamiento sobre asuntos importantes… Esto, si la ilusión, y las expectativas, que nos hicimos difiere mucho, puede provocar una verdadera crisis en la relación.

En este momento, si esa persona no encaja, sería el momento de terminar la relación. Sin embargo, a veces las ganas y los sentimientos son tan grandes que incluso nos negamos a ver la realidad. Tratamos de amoldar a la persona acorde a nuestra idea, o simplemente sólo buscaremos confirmaciones de lo ideal que es.

Creamos la realidad en nuestra mente, de una manera tal, que incluso creamos a las personas que se transforman en nuestras parejas o amistades. Construimos en nuestra mente una ilusión de quiénes son, en lugar de verlas tal y como son en realidad.

Aceptar y amar

Cuando se desvela la verdadera identidad de la pareja, si se decide continuar adelante con la relación pueden ocurrir dos cosas. Una, que toleremos y dejemos pasar esos rasgos y actitudes que no nos gustan, simplemente por cuidar de la ilusión y mantener aquello que tanto nos había emocionado. Otra, que realmente aceptemos lo que es la otra persona, y precisamente por ello, la amemos.

Esta opción es bastante más difícil, ya que requiere de esfuerzo y constancia. Aceptar al otro tal y como es incondicionalmente es una decisión difícil, a la misma vez que maravillosa. Se le acepta sin esperar que cambie, sin quejas, con sus principios, físico, forma de ver la vida… Es sólo bajo esas condiciones cuando se ama de verdad.

En este sentido, no hay que confundir. Si algo no encaja con nosotros tanto como para hacer tambalear nuestra vida, nuestra identidad y nuestros derechos, aceptar incondicionalmente no debería ser una opción. Por ello, en el proceso de desidealización de la pareja es cuando hay que valorar el peso y la importancia de aquellas que no encajan tanto con lo que habíamos previsto y esperado. Sobre todo, aquellos aspectos que pueden acabar siendo un problema a largo plazo.

La honestidad

En definitiva, amar y deshacerse de la ilusión que habíamos creado es hacer un ejercicio de honestidad. Ser honestos especialmente con uno mismo, pensar en qué necesitamos, qué esperamos de una relación y si lo que tenemos realmente es capaz de hacernos felices. Y, sólo entonces, decidir a construir algo más allá de la ilusión o no.