Ambivalencia afectiva: lo que quiero y lo que debo

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Laura Rodríguez
· 29 mayo, 2019
¿Sientes emociones opuestas como amor y odio a la vez? ¿No entiendes por qué te ocurre? Sentir emociones contradictorias forma parte de la complejidad del ser humano.

La ambivalencia afectiva la sufrimos todos en algún momento de nuestra vida, ya que somos seres complejos llenos de emociones, sentimientos y contradicciones. Es un estado en el que es posible sentir alegría y tristeza a la vez, al igual que querer y odiar a una persona al mismo tiempo. Esto es, ¿alguna vez habéis amado a alguien y habéis sentido un enorme rencor por su forma de trataros? ¿Habéis experimentado sentir alegría por ver a un familiar, pero cierta tristeza por su comportamiento?

La ambivalencia afectiva es una parte del abanico emocional del ser humano. En su justa medida, la ambivalencia es considerada adaptativa, puesto que sentir emociones opuestas nos ayuda a tomar decisiones acerca de las dudas que experimentamos, y a enfrentar situaciones que nos generan conflictos. Ahora bien, vivir llenos de contradicciones y de dudas nos genera angustia y malestar.

¿Qué nos lleva a sentir ambivalencia afectiva? ¿Cuál es el origen de experimentar emociones opuestas? ¿Realmente somos conscientes de las razones que nos llevan a sentirnos así? ¿Nos influyen los patrones familiares y nuestro aprendizaje familiar? Estas cuestiones resaltan la enorme complejidad emocional del ser humano, tal y como destaca Daniel Goleman en su teoría de la inteligencia emocional.

Mujer preocupada

El concepto de ambivalencia

Bleuer fue el primero en adoptar este término en 1911 para referirse al estado de ánimo en el que coexisten dos emociones opuestas, como el amor y el odio.

La ambivalencia se define como un estado de conflicto de emociones, donde se experimentan pensamientos y/o emociones que en su naturaleza son opuestas. La ambivalencia es experimentada como desagradable al percibir dos emociones contradictorias al mismo tiempo.

«La ambivalencia es la subrayada actitud emocional en la cual coexisten los impulsos contradictorios, usualmente el amor y el odio, que derivan de una fuente común y, por lo tanto, considerados como interdependientes».

-Bleuler-

¿De dónde procede la ambivalencia afectiva?

Partimos de la base de que nuestra forma de sentir y pensar está asociada a nuestro conocimiento del mundo, a cómo experimentamos en él. Serge Moscovici, en su teoría de las representaciones, explica que nuestro comportamiento se rige por un código con el que clasificamos todo lo que nos sucede. Otorgamos un significado a todo lo que experimentamos.

Del mismo modo, según la corriente sistémica, la manera que tenemos de experimentar lo que nos rodea está influida por un factor esencial: la familia. El sistema familiar nos trasmite cierta información, ya sea de forma inconsciente o consciente, acerca del mundo y de cómo comportarnos en él.

En definitiva, podemos afirmar que nuestra forma de relacionarnos con las emociones y nuestros pensamientos están enormemente relacionados con dos elementos fundamentales: el sistema familiar y nuestras propias creencias a partir de nuestro propio conocimiento de lo que nos rodea. 

El sistema familiar, un factor clave

Según Salvador Minuchin la familia es un sistema que se forma por una red de relaciones que a su vez conforman otros subsistemas. Se la concibe como un todo diferente a la suma de sus partes, que va pasando por un ciclo vital en el que va evolucionando a través de diferentes etapas a las que el sistema se adapta.

Cada familia conlleva implícitas ciertas normas, reglas, patrones, límites y jerarquías que determinan su adaptación y funcionalidad. Un patrón está formado por tres áreas: pensamiento acerca del mundo, emoción de ese pensamiento y, por último, la conducta que llevamos a cabo a través de las dos áreas anteriores. En consecuencia, la educación recibida en nuestro sistema familiar nos trasmite intrínsecamente ciertos hábitos y creencias a las que estamos habituados.

“La familia es el sistema que define y configura en mayor medida el desarrollo de la persona desde su concepción”.

-Bronfenbrenner-

La familia nos define

Para una familia pueden existir conductas normalizadas que para otra pueden no serlo. Por ejemplo, una familia donde se cena a una determinada hora, todos juntos y comiendo la misma comida y otra donde cada miembro cena a su hora, no se esperan para comer y comen cada uno lo que les apetece.

¿Os ha ocurrido alguna vez que al visitar a alguien veis ciertos patrones que son diferentes en vuestra casa? Otra situación habitual puede darse en las reuniones de amigos cuando alguna persona relata algún episodio de su familia que para la tuya sería un hecho impensable.

«La familia funciona como una totalidad, donde la conducta de cada uno está relacionada y depende de los otros».

-Salvador Minuchin-

«No tengo claro lo que quiero y lo que esperan de mí»

¿Qué es lo que quiero? Seguro que todos nos hemos hecho esta pregunta en algún momento. Del mismo modo nos cuestionamos qué esperan de nosotros. A lo largo de nuestra vida formamos nuestro conocimiento del mundo y tomamos decisiones. Decidimos, por ejemplo, qué queremos ser, dónde vivir, a quién querer.

El conflicto surge cuando lo que queremos entra en contradicción con las ideas preconcebidas de nuestros patrones familiares. Esto es, lo que creíamos que era lo correcto ya puede no serlo, hemos aprendido a que llegado este punto tienes que seguir una creencia inculcada que hasta hace poco era tuya y ya no lo es. Por un lado, piensas que tienes que hacerlo; por otro, una parte de ti te dice que no y te sientes en una continua contradicción.

Hombre preocupado

Vivir en constante contradicción

Las contradicciones nos paralizan, nos genera un gran malestar emocional. Sentirse ambivalente altera nuestro equilibrio psicológico. El desgaste que produce es de gran magnitud, sintiéndonos bloqueados y superados por esos sentimientos. Estar constantemente en la indecisión nos agota repercutiendo en nuestra autoestima y en nuestro estado anímico.

La vida está repleta de decisiones y es común sentir miedo y estrés ante alguna de ellas. Ahora bien, cuando este malestar nos inunda, nos bloqueamos.

¿Qué hago si me encuentro en un estado de ambivalencia afectiva?

  • Para, detente. Debemos escucharnos para entender qué nos ocurre. ¿Qué nos está pasando para sentirnos de este modo? ¿En qué situación nos encontramos?
  • Cuestiona, piensa acerca de dónde proceden esas dudas. Pensar sobre el origen de las dudas que experimentamos puede ser el camino para aclararlas.
  • Toma conciencia sobre tu realidad, sobre las mejores decisiones para ti. Sopesa lo que quieres y lo que no. Ser conscientes de lo que nos ocurre es la forma más adecuada para definir y aceptar ciertas situaciones.
  • Gestiona tus emociones, prueba a identificarlas. ¿Qué siento? ¿Qué hago con lo que siento? Identifica tus emociones para canalizarlas de manera correcta, puesto que gestionarlas erróneamente produce que aquello que sentimos se magnifique.
  • Expresa lo que sientes, busca ayuda en tu entorno. Relata lo que les ocurre a personas de tu alrededor. Comunicar lo que nos preocupa para soltar toda esa angustia que sentimos nos puede ayudar a despejar todas las incógnitas.

Como expresó Goleman, «cada emoción nos predispone de un modo diferente a la acción; cada una de ellas nos señala una dirección que, en el pasado, permitió resolver adecuadamente los innumerables desafíos a que se ha visto sometida la existencia humana». Es por eso por lo que hasta la ambivalencia afectiva debe ser escuchada y gestionada. 

  • Bronfennbrenner, U. (1987). La Ecología del Desarrollo Humano, Barcelona, Paidos.
  • Minuchin, S. (1986). Familias y Terapia Familiar, Barcelona, Gedisa.
  • Goleman, Daniel (1996). Inteligencia Emocional. Kairós.