Aprender a escuchar y a dialogar

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 25 abril, 2018
Claudio Navarro · 31 enero, 2014

Hace unos días, en un café, presencié una conversación entre dos chicos que parecían compañeros de escuela (usaban uniforme); tenían aproximadamente la misma edad y mantenían a su vez sus propias conversaciones a través de sus teléfonos. Parecía que aprender a escuchar no era una asignatura que hubieran aprendido.

El primero preguntaba si ese día tendrían que asistir a una práctica. “Ni idea”, contestó el segundo, sin levantar los ojos del teléfono. Unos minutos después, el primero (aparentemente leyendo un mensaje de texto y sin levantar los ojos de su dispositivo) comentó que no, que esa era un práctica pasada, a lo que su compañero contestó “Ni idea”.

Era muy obvio ver que ni uno ni otro estaban verdaderamente conectados en un intercambio de ideas con su amigo ahí presente. El hecho de estar juntos y hablar tranquilamente el uno con el otro podría habernos confundirnos y hacernos pensar que se comunicaban, aunque estaba claro que no era así. Aprender a escuchar es vital si queremos que las relaciones fructiferen.

La misma escena por doquier

Cada vez que salgo a comer o tomar algo por allí, me encuentro con la misma situación a mi alrededor: personas reunidas que, en lugar de estar hablando entre sí, pasan la mayor parte del tiempo mirando sus teléfonos.

Es muy común ver mesas con cuatro o cinco amigos, cada uno absorto en la pantalla de su dispositivo, probablemente intercambiando con otros amigos no-presentes mediante WhatsApp, o bien leyendo en Facebook el estado de algún otro amigo ubicado quién sabe en qué lugar del planeta.

Familia absorta con la tecnología representando aprender a escuchar

Ahora bien, ¿No resulta esto extremadamente irónico? Es curioso que estemos con personas sentadas frente a nosotros y que, sin embargo, elijamos hablar con alguien que se encuentra al otro lado del teléfono.

¿Acaso nos cuesta hablar con quienes están presentes? ¿Estamos perdiendo la capacidad de comunicarnos en vivo y en directo? ¿Preferimos cada vez más el “contacto” virtual?

Otros fallos en la comunicación

Pero existen otros aspectos que también deben ser tenidos en cuenta y que pueden ayudarnos a reflexionar sobre la calidad de nuestra comunicación. Por ejemplo, en algunas oportunidades, la falta de un verdadero diálogo se hace evidente porque cada uno de los involucrados roba la palabra al otro y ambos parecen hablar de cosas diferentes.

¿Con qué frecuencia escuchamos realmente a nuestros interlocutores? Al reflexionar sobre ello, es triste darse cuenta de que en muchas ocasiones nos es muy difícil recordar qué era lo que el otro nos decía en una charla determinada. Por este motivo, aprender a escuchar es algo tan necesario.

De lo que nos estamos perdiendo…

No se trata solamente de la posibilidad perdida de entrar en contacto con otro ser humano, sino de oportunidades únicas para negociar y evitar conflictos que, a la larga, son muy dañinos. Ocurre que, en lugar de aprender a escuchar activamente, nos estamos escuchando a nosotros mismos; continuamos con nuestro propio parloteo mental y nos perdemos la posibilidad de generar un intercambio sincero con el otro y de enriquecernos mutuamente.

Cuando escuchamos a los demás y nos tomamos el trabajo de entender sus argumentos, nos damos tiempo a nosotros mismos para elaborar nuestras ideas, explicar claramente lo que necesitamos y darnos cuenta de forma certera de si la otra persona comparte o no nuestro punto de vista.

Personas hablando

Es sorprendente el hecho de que, en innumerables ocasiones, nos enganchemos en discusiones áridas con personas que desde el principio estaban de acuerdo con nosotros. ¿Qué sucede, entonces? Al no escucharnos, simplemente no nos damos cuenta…

Aprender a escuchar y a dialogar

Además de estructurar nuestro propio argumento, escuchar nos permite captar información en el discurso de la otra persona que nos hace falta o nos es útil fuera de esa discusión. Si no ponemos atención a las palabras de nuestro interlocutor, estamos en riesgo de perder datos que nos son importantes.

Y por último, cuando no escuchamos, perdemos una conexión importante con el otro y es obvio que el diálogo no puede nunca ser fluido, pues con frecuencia no sabemos cómo responder o de qué hablar. En el trabajo, por ejemplo, el afán de expresar nuestro punto de vista puede interponerse en la negociación.

Y lo que considero más triste: en lo personal, la insistencia en hacernos oír antes que oír a los demás puede estarnos costando tiempo precioso para construir y alimentar la relación con la gente que amamos.

Imagen cortesía de Lucky Business.