Bob Hoover y su historia, un gran ejemplo de inteligencia emocional

Raquel Aldana · 21 marzo, 2016

Bob Hoover es el nombre de un famoso piloto de pruebas y habitual acróbata de los espectáculos aéreos. En una de sus demostraciones con un aeroplano de hélice sucedió algo terrible: los dos motores del aparato se pararon en pleno vuelo. Esto dejó a Hoover en una situación realmente difícil, en la que su vida corría un serio peligro.

Gracias a su enorme experiencia como piloto y a su habilidad, consiguió aterrizar sin sufrir nada más que una cuantas heridas y golpes aparatosos. Marcas que los días siguientes no tendrían mayor complicación que ser recuerdos de su gesta atenuados por los calmantes.

Esta historia sería una más de las que aparecerían en una página dedicada a la aviación y no a reflexionar sobre el poder de nuestra mente de no ser por las circunstancias que rodearon a la hazaña, tanto antes como después.

Bob Hoover es un ejemplo de inteligencia emocional

Bob Hoover, un hombre inteligente

Cuando el intrépido Bob Hoover puso pie a tierra y miró el aeroplano destrozado, inmediatamente supo lo que había pasado. Además de él, solamente una de las personas que había contemplado la escena con estupor sospechaba el porqué de tal desenlace. Éste cómplice del infortunio no era otro el que joven encargado de llenar de gasolina el depósito de los aeroplanos de la base.

Cuando vio la trayectoria del aeroplano y dejó de escuchar el ruido característico de los motores, rápidamente cayó en la cuenta de que se había confundido y había utilizado el combustible destinado a otro tipo de motores.

Bob Hoover también lo adivinó por la falta de reacción de los motores y su posterior comprobación del nivel de combustible en pleno vuelo, pero entonces la situación era ya prácticamente desesperada. Con este pensamiento y ante la mirada de todos se dirigió con paso decidido hacia el hangar.

Un avión en el cielo

En la puerta le esperaba un chico temblando, preparado para la agresión física, para la bronca, para ser despedido. Su equivocación había sido muy seria y había estado a punto de matar a un piloto. Vio como poco a poco la figura del Hoover se iba agigantando mientras se acercaba.

Esos segundos se le hicieron eternos, como un viaje alrededor del mundo con una única posibilidad. El paso con el que caminaba Hoover era decidido, la sentencia estaba dictada. Mentalmente buscaba palabras para justificarse, pero todas parecían ceder como si fueran hojas arrastradas por el huracán de su enorme error.

Se miraron y Hoover, con todo lo que podía estar su voz de tranquila en esos momentos dijo: “Me aseguraré de que no te despidan, porque sé que nunca más te volverá a ocurrir”.

Bob Hoover en un avión

 

Nosotros, ¿qué hubiéramos hecho?

Probablemente, lo que la mayoría hubiéramos imaginado mientras leíamos como Bob Hoover se acercaba al chico es que se iba a abalanzar sobre él. Sin embargo, Hoover fue más inteligente y hábil que la mayoría de jefes, padres, madres, hijos, nietos o cualquier tipo de responsable de otra persona. Utilizó lo que había pasado para su beneficio futuro.

No hubiera tenido ningún sentido la bronca, en la cara del joven se podía leer que lo lamentaba profundamente y que no lo había hecho a propósito. Entonces, ¿por qué recriminar un descuido? ¿por qué meter el dedo en la herida de quién ya es consciente?

Dejemos de ver como sospechosas a las personas que cometen fallos y se arrepienten, dejemos de recordar fallos que las personas que los han cometido no olvidaran. Aprovechemos esa experiencia que se pide en tantos puestos de trabajo, pero utilicemos su riqueza de verdad.

La del que ha bajado al infierno y ha sobrevivido, porque nadie conoce como él los anclajes de este camino. Los salientes que ha visto pasar y que ante la siguiente amenaza pueden resultar un gran apoyo. Seamos inteligentes, ya no empáticos, y dejemos de dictar condenas sin sentido, de lamentar un pasado que no se puede cambiar por un futuro que realmente puede ser distinto.