Camille Claudel, la escultora de las emociones

Valeria Sabater · 27 octubre, 2014

De entre todas las obras de Camille Claudel, llama la atención “La edad madura”. En ella, apreciamos la belleza desconcertante de la pasión más intensa. Y del dolor. Esta obra de 1899, evoca en cierto sentido la que fue su vida y también su sufrimiento.

Camile Claudel amaba a Auguste Rodin, pero él, en esta escultura, se aleja envuelto en ese manto del destino volviendo la cara a la que fue su joven amante. La brillante escultora que en la composición en bronce, implora de rodillas no ser abandonada. No ser humillada. Un conjunto simbólico de exquisito realismo que evoca un sinfín de emociones humanas tan viejas como el propio tiempo. Esas que hicieron en Camille, el caer en el desprecio. En ser ingresada en un sanatorio mental y ser enterrada en una fosa común. Sin nombre. Te invitamos  a conocer un poco más a esta gran artista francesa.


LA VIRTUOSA ESCULTORA DE LA EMOCIÓN

Camille Claudel era muy joven cuando empezó a cumplir su sueño de infancia: formar parte de la escuela de Arte de París y de la academia Colarussi. Una oportunidad así le permitió llamar la atención de uno de los grandes, de Auguste Rodin, el maestro de escultura.

Su vida hasta entonces había sido sencilla y afortunada. Su padre era funcionario del gobierno francés y su hermano un político influyente, una familia que aunque protectora, siempre le había permitido elegir el camino personal que dictara su corazón. Y el suyo vibraba por la creación, por el arte intenso que disponía en sus manos para dar vida a la piedra, al mármol, al bronce… Tenía un don, y ése era ante todo dotar de una expresividad increíble a todas sus figuras. Allí bombeaban los nervios emergiendo de la piel, la sutileza del amor brillando en los ojos, la dulzura de unas manos acariciando el cuerpo del amante. Camille Claudel era única a pesar de su juventud y Rodin se fijó en ella, era inevitable. Y la hizo su ayudante.

Y aún más. A pesar de estar casado, y haciendo honor a su espíritu eternamente mujeriego, no dudó en hacerla su amante y en llevarla a las afueras de París, ahí donde construyó un taller a propósito para su relación. Allí donde empezaron a trabajar juntos, a crear… y hacer vida en pareja lejos de las miradas de la sociedad.

Pero la sociedad es cruel, las críticas, los rumores y una esposa que quiso denunciar a Rodin, hizo que finalmente se le diera una clara advertencia al maestro escultor. O formalizaba su relación separándose de su esposa, o dejaba a su amante. ¿Y cuál fue la decisión de Rodín? Abandonar a Camile. Así de sencillo. Así de devastador.

Los años siguientes fueron un acto de supervivencia y un océano de emociones donde la escultora fue hundiéndose poco a poco y día tras día. Todas sus esculturas representaban su sufrimiento, su desconcierto. Casi todas las figuras masculinas tenían algo de Auguste Rodin: sus brazos, su rostro, sus pies…

Tal era la obsesión a la que acabó sumida, que su hermano pensó que lo mejor era ingresarla en un sanatorio mental. Por su salud, para devolverle el equilibrio. A pesar de tener dudas en un principio, finalmente se decidió ingresar a Camile Claudel a la fuerza en un psiquiátrico. En contra de su voluntad.

Fue su final artístico y su desesperación. Poco a poco dejó de crear, dejó de dibujar y se sumió en un pasar de los días sin sentido. Recordando un amor que nunca pudo ser. Camile pasó allí el resto de su vida, falleciendo en 1943. Al morir, se la enterró en una fosa común, en una tumba sin nombre de la institución mental de Montdevergues.

Cuando el 1955 unos familiares quisieron darle un enterramiento digno, les comunicaron que era imposible. Sus restos se habían perdido. Afortunadamente nos queda su obra y su recuerdo, ese que seguimos evocando al ver la sutileza de sus perfectas esculturas. Tan llenas de vida e intensidad incomprendida.