Cenicientas y patitos feos: intentos fracasados de buscar la valoración personal

30 julio, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por psicólogo Marcelo Rodríguez Ceberio
La valoración personal es una cuestión que tiene que ver con uno mismo. El psicólogo Marcelo Ceberio nos habla de cómo algunas personas utilizan el camino inverso y de las consecuencias derivadas.

La buena autoestima es el sentimiento de valoración que se tiene de uno mismo y remite a la imagen personal, más precisamente, a la autopercepción y al propio reconocimiento de los aspectos positivos. También la buena autoestima permite la “autoconciencia”, es decir, conocer tanto los aspectos personales positivos como las propias limitaciones.

La valoración personal es un proceso que se metaboliza puertas adentro en nuestra mente y en nuestras emociones. Es un proceso que va de adentro hacia fuera y no de afuera hacia adentro.

Únicamente somos nosotros los que debemos valorarnos: recapacitar acerca de nuestros valores personales, sentirnos valiosos para nosotros mismos y para los demás. Pero los seres humanos equivocadamente tomamos el camino inverso: buscamos encontrar en el entorno lo que no podemos ver dentro nuestro. 

El ser humano es de tal inconmensurabilidad cognitiva, emocional y pragmática que es posible que apele a varios de los rasgos de estos síndromes en pos de obtener el tan preciado tesoro: la valoración personal.

Mujer sintiendo fragilidad emocional

¿Sapos, ranas o príncipes y princesas?

Existen múltiples formas fallidas de búsqueda de autoestima y las he agrupado en diferentes síndromes. Los síndromes en psicología reúnen bajo un rótulo determinado diferentes características, signos, síntomas, mecanismos, acciones, etc.

Muchos de estos síndromes se entrecruzan en particularidades y estratagemas. No existen síndromes puros. No obstante, los principales síndromes se pueden identificar en tres grupos:

Los pobrecitos

El primer grupo está compuesto por los que llamo Los pobrecitos que son aquellos desvalorizados que se colocan en una postura de víctimas y se autorreprochan. A su vez, se observan cuatro clases:

  • Los nenes buenos: son aquellos que nunca adoptan posiciones, es decir, nunca pertenecen a un bando porque se enfrentaría con otro que estaría en contra suyo y lo rechazaría. Es la característica de personas que no pertenecen a ningún partido. Tampoco, por supuesto, toman decisiones que afecten a alguien.
  • Los pobres víctimas: son los que se instalan en el lugar del débil, los que se muestran impotentes, minusválidos y con esta posición obtienen reconocimiento y apoyo incondicional en el entorno.
  • Los culposos: estos desvalorizados encuentran culpas por doquier pero, además, como mucha gente es propensa y está deseosa de endilgar culpas a los otros; en general, se rodean de personas que casi sádicamente les endosan su propia culpa. Por ende, son los chivos expiatorios de los grupos, aquellos desvalorizados en los que se concentran las tensiones y malestares grupales. Como proceso psicológico, a posteriori de la culpa llega la reparación. Y existen diversas formas de reparar, desde las más simples hasta las más flagelantes.

Un culposo puede pedir disculpas (aunque el otro fuese el causante del malestar), detectar hábilmente lo que el otro necesita y ofrecérselo, dar afectos insistentemente o llegar a autocastigos más lacerantes como realizar actos accidentales (peleas, choques automovilísticos, torceduras o caídas con las consecuentes fracturas, cortes, etc.), síntomas físicos (dolores de estómago, intestinos, gestroenteritis, úlcera, dolores de cabeza, espasmos, etc.), entre otros.

  • Los sumisos torturados: existe una raza de desvalorizados que adoptan una posición servilista y de gran sumisión en las relaciones humanas. Este grupo está compuesto por aquellos descalificados que hacen lo posible por complacer al otro, tanto que en esa complacencia son capaces de perder su dignidad. Es decir, pueden rebajarse a niveles subhumanos con tal de lograr cumplir el deseo del otro. Esta descripción, que parece tan denigrantemente elocuente, es una de las condiciones básicas en las que se involucran estos protagonistas. De postura genufléxica, encorvados en posición de plegaria, colocan su cuerpo por debajo de las alturas normales, de la misma manera que con sus actitudes.

Los ayudadores

El segundo grupo está compuesto por Los ayudadores que son paradójicamente dadores del pedir. A su vez, se observan cuatro clases:

  • Los Súperman y Mujer maravilla: son los que siempre se hallan dispuestos a ayudar. Son incondicionales, llevan una vida ordenada y casi ejemplar, no se preocupan por ellos mismos, sino que están pendiente del contexto. Prácticamente no tienen una vida propia, puesto que siempre se encuentran disponibles para los otros, ni siquiera pueden disfrutar ya que siempre están en riesgo de ser interrumpidos en pos de alguna misión.
  • Los ambulancias y bomberos: maestros, mamás postizas, tíos queridos, padrinos, entre otros, son los roles que adoptan estos ayudadores. De esta manera, ejercen funciones nutricias que buscan solapadamente en cada acción del dar, el reconocimiento y valoración que llene ese vacío de autoestima.
  • Los “siístas”: son los desvalorizados que tienen la misión de dar y dar para recibir valoración personal y calificación del entorno. Son aquellos que no pueden decir «no» a ninguno de los requerimientos de los otros. Poseen una orden interna que obliga a decir «sí» frente a las demandas de los demás. Siempre están atentos a lo que el otro necesita y cuando la necesidad se transforma en pedido, simplemente, responden afirmativamente. El decir «no» genera culpa, angustia, miedo a la soledad y una serie de sensaciones y fantasías de desprotección. El miedo al rechazo motiva que siempre la respuesta sea «sí».
  • Los Papá Noel: son los desvalorizados que tienden a regalar objetos materiales para obtener valoración personal. O sea, son personas que regalan desde dinero, ropa, objetos, joyas hasta electrodomésticos y departamentos como una forma de manifestar el cariño hacia el otro, pero con la secreta expectativa de recibir aprobación de los destinatarios.

En general, muchas de estas personas poseen dificultades en expresar sus afectos y emociones de manera llana y directa, utilizando el ¡Te quiero! o abrazando. En cambio, estas Cenicientas prestan dinero a aquellos que necesitan completar el total para su coche o tienen una conexión con algún agente de crédito en el banco para acelerar un préstamo, o aparecen de sorpresa con el electrodoméstico que precisaban el interlocutor en la inauguración de su departamento.

Mujer triste

Los perfectos

El tercer grupo son Los perfectos, los que hacen más que todo bien. Está compuesto por dos clases o perfiles:

  • El síndrome del alumno ejemplar: son los hiperexigentes que tratan de resaltar en los contextos en los que interaccionan con la secreta expectativa de ser valorados por sus capacidades y recursos. Muchos de ellos, en su infancia, frente a padres demasiado involucrados en la conyugalidad de la pareja, ausentes, focalizados en actividades extra familia o cuya atención se hallaba centralizada en alguno de los hermanos necesitaron hiperexigirse para convertirse en niños sobreadaptados o supercorrectos, obteniendo así algún resto de mirada de sus progenitores.

Si midiéramos en términos de puntaje, es el típico ejemplo del vaso medio vacío o medio lleno. Si el máximo es 10 puntos, un exigente valora haber alcanzando un 7 u 8, mientras que el alumno se dedica a observar obsesivamente lo que faltó. De cara al mismo puntaje, señalará los dos o tres puntos que faltaron para llegar al diez.

  • Los yotodolopuedo: son los omnipotentes que ni siquiera son conscientes de su nivel de desvalorización. Han creado un falso yo, que actúa bajo el patrón de ciertas características que demuestran estabilidad emocional y valimiento. ¿Quién podría afirmar que esta categoría de desvalorizados son desvalorizados? Sin embargo tratan de gustar a través de mostrarse perfectos.

Estos síndromes en las acciones no se presentan de manera pura, las particularidades de cada uno pueden aparecer articuladas entre sí. Todos estos intentos fallidos desembocan en obtener el resultado contrario al que se intenta encontrar. Razón por la que, lejos de adquirir mayor valorización y la consecuente leva de la autoestima, se socava aún más (y a niveles catastróficos) la percepción personal.

Estas formas de búsqueda de valoración se alejan ostensiblemente de la alegoría narcisista que puede implicar el hecho de que las personas de nuestro entorno nos reconozcan o califiquen. En todos estos síndromes prima la dependencia: los diversos tipos de desvalorizados, los otros se convierten en surtidores de estima y son indispensables para a supervivencia.

Si tu te has ubicado en alguna de estas categorías… ¿podrías abandonar la búsqueda en el afuera e intentar buscar en tu interior tus capacidades y recursos?