¿Cómo es el cerebro de un adicto al sexo?

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 5 octubre, 2018
Raquel Cabalga · 10 agosto, 2015

El adicto al sexo es capaz de cualquier cosa por saciar su obsesión, sin importar las consecuencias que ello pueda tener. Sin embargo, esto no significa que esté satisfecho con su situación: quiere detener su obsesión, pero le resulta imposible hacerlo.

Sus conductas sexuales son compulsivas y muy obsesivas, difícilmente controlables… Quizás ahí radique el reto más importante de esta condición: no saber parar representa un problema mayor que el tener un deseo más acentuado que otras personas.

“El instinto erótico pertenece a la naturaleza original del hombre. Está relacionado con la más alta forma de espíritu.”

-Carl G. Jung-

El cerebro del adicto al sexo

El cerebro de un adicto al sexo es muy parecido al de un adicto a las drogas o al alcohol, aunque no exista una adicción química o fisiológica similar.

La dirección que toman su pensamiento y comportamiento se relacionan directamente con un trastorno obsesivo-compulsivo, que les conduce a centrar todos sus esfuerzos en conseguir más estímulos sexuales. La actividad cerebral de la adicción al sexo refleja la misma actividad que la drogadicción.

Pareja en la cama
La Dra. Valerie Moon, como parte del equipo de investigadores del departamento de Psiquiatría de la Universidad de Cambridge, afirma que aún no se puede hablar de adicción, pese a que el estudio realizado con 19 hombres adultos revele una mayor actividad cerebral en tres regiones específicas del cerebro que coinciden con la adicción a las drogas y al alcohol.

Una adicción al sexo se puede evaluar en la medida en la que afecta al sistema emocional de la persona, así como a su capacidad por llevar un estilo de vida totalmente normal. Cuando esto no sucede, las sospechas también se centran en la biología del cerebro.

En un adicto al sexo el neurotransmisor dominante es la dopamina, que se relaciona con la motivación y la retroalimentación de las recompensas.

Otros estudios revelan que existen diferencias entre el cerebro de un alcohólico y el de una persona que disfruta bebiendo alcohol sin sufrir dependencia. Los procesos químicos, el funcionamiento neurológico y la estructura cerebral son cualitativa y cuantitativamente diferentes al comparar al alcohólico con el bebedor ocasional.

¿Podría suceder lo mismo con los adictos al sexo y las personas que llevan una vida sexual sana, más o menos activa? El adicto busca saciar su apetito sexual porque lo necesita y no porque lo quiera o lo disfrute

Saber si nuestro cerebro es un adicto

Palabra seco escrita en un cristal
En la antigua Grecia se distinguía el acto psicosexual placentero (eros) del disfrute carnal (afrodisia) y de las relaciones amistosas (ágape). Sin embargo, la hipersexualidad únicamente se relaciona con el deseo sexual material, esto es, el sexo físico o actividad meramente afrodisíaca.

Pese a esto, una persona que disfrute de las experiencias más corporales de su sexualidad no tiene por qué esconder una adicción al sexo. Sabemos que nuestro cerebro es adicto al sexo y que necesitamos ayuda cuando se dan estos criterios:

  • El día a día gira entorno a pensamientos, preocupaciones y fantasías sexuales imposibles de olvidar y que generan impulsos irrefrenables para satisfacerlas. El deseo sexual es excesivo pero la falta de control es el eje central de la adicción.
  • El impulso sexual no puede controlarse, impedirse, ni interrumpirse, aunque ello comporte consecuencias graves, peligros o extenuación física.
  • La materialización de la fantasía funciona como refuerzo de la conducta: no se busca el sexo por disfrute y placer, sino por la necesidad fisiológica de reducir el malestar que se relaciona con la incapacidad de controlar la adicción.
  • Obedece a la repetición de conductas o comportamientos hipersexuales durante más de 6 meses consecutivos, no se reconoce por la mera necesidad de echar una cana salvaje al aire en un momento puntual de estrés agudo.
  • El efecto negativo se acrecenta con la evolución de la adicción, potenciando el sentimiento de culpa o vergüenza, destruyendo la autoestima, favoreciendo la depresión y el autorrechazo y trayendo consigo rupturas sentimentales, familiares y laborales.

La adicción al sexo no es más que la válvula de escape para personas que no han sabido gestionar de otra forma sus retos existenciales.

Aún queda mucho por descubrir

Rory Reid, psicólogo de la UCLA, confirma que aún queda mucho trabajo por hacer respecto al diagnóstico, clasificación y tratamiento de la hipersexualidad cuando dice que “sus cerebros confirman un deseo sexual alto en las regiones cerebrales que podíamos esperar, pero el estudio no nos dice si estas personas tienen una adicción al sexo”.