¿Cómo influyen en nuestro cerebro los emoticonos que utilizamos? - La Mente es Maravillosa

¿Cómo influyen en nuestro cerebro los emoticonos que utilizamos?

Sergio De Dios González 4 noviembre, 2016 en Psicología 0 compartidos

La forma de comunicarnos está cambiando a una velocidad vertiginosa. De hecho parece el vagón que va enganchado a la locomotora de la tecnología, que ha pasado de útil, a imprescindible y en algunos casos a tirana. Con ella hemos vuelto a escribir para hablar con quién está lejos o para decorar el expositor en el que se ha convertido el muro de nuestro perfil en redes sociales. Precisamente para salvar una de las limitaciones de la comunicación escrita están los emoticonos.

¿Qué hacen los emoticonos? Lo más habitual es que simulen nuestra cara, que acompañen a un mensaje para que este sea entendido en el tono adecuado. No es lo mimo “Hola. (Carita sonriente) ¿Cómo estás? (Carita contenta)” que “Hola. ¿Cómo estás?”. De hecho, los emoticonos acuden al rescate de nuestra manera escrita de comunicarnos porque suele ser seria. De hecho, así la interpretamos y si falta el emoticono “acompañante” no es raro que penemos que la otra persona está enfadada.

Por otro lado, si nos ponemos a escribir sin emoticonos podemos tener la sensación de que en el mensaje que hemos mandado quizás va toda la información, pero al mismo tiempo no va todo lo que queríamos mandar.

Emoticonos

El origen y la importancia de los emoticonos

Podríamos decir que los emoticonos son “conos” (indicadores) de emociones. El primer emoticono data de 1982 y el autor fue el ingeniero informático Scott Fahlman. El uso que le dio es muy parecido al que nosotros les damos ahora, ya que lo utilizó en los foros como indicador a la hora de diferenciar los mensajes con un tono irónico y desenfadado de aquellos que eran serios.

Desde entonces, tal ha sido la evolución que en el 2015, el diccionario de Oxford eligió un emoji, concretamente el que llora de risa, como palabra del año. Quizás se pasaron un poco con esta decisión, pero nos da una idea de cómo estas formas de comunicación se han integrado naturalmente en nuestra manera de expresarnos.

Ya no son foros, pero nosotros, al igual que Scott Fahlman, seguimos utilizando la carita sonriente para rebajar el tono de un mensaje o como respuesta a un mensaje gracioso. De hecho el típico “ajjajaja” cada vez está más cerca de jubilarse porque el emoticono es más real representando nuestro gesto que esa sucesión de jotas y aes que en el fondo rara vez producimos.

¿Cómo procesamos los emoticonos?

Cuando aparece una nueva forma de comunicación, también aparece un nuevo reto para la ciencia: entender qué efectos tiene esa manera de comunicarnos en nosotros. Pues bien, una investigación realizada por Yuasa, Saito y Mukawa en 2006 demostró, utilizando resonancias magnéticas como correlato de la actividad cerebral de los participantes, que los emoticonos no se reconocen como caras. Es decir, el giro fusiforme derecho que normalmente se activa en el reconocimiento de caras permaneció sin actividad ante la exposición a los emoticonos.

Sin embargo, lo relevante no es esto. Lo relevante es que sí somos capaces de identificar a cada emoticono -al menos los más populares- con diferentes emociones. Así, lo que nos dicen estos investigadores es que son buenos cumpliendo su función.

En otra investigación, Churches, Nicholls, Thiessen, Kohler y Keage (2014) llegaron a una conclusión distinta, afirmando que tanto rostros como emoticonos activan las mismas áreas cerebrales. Áreas todas ellas situadas en la corteza occipito-temporal.

De una forma o de otra, parece que gracias a nuestra capacidad de aprender de manera asociativa, nuestros cerebros han creado una relación entre los emoticonos y las emociones que pretenden representar. Gracias a esto y ala tecnología parece que estos pequeños dibujos, representados incluso en peluches, han llegado a nuestra manera de relacionarnos para quedarse.

Emoticonos y personalidad

Es estudio de los emoticonos ofrece posibilidades muy amplias. Una pregunta que podemos hacernos es si los emoticonos que solemos utilizar dicen algo de nuestra personalidad, más allá del contexto de comunicación inmediato del que forman parte.

Así, según un pequeño experimento realizado por el publicista Daniel Brill, el uso habitual de la cara que llora de risa hablaría de personalidades excesivamente bromistas, el uso del la cara que se ríe mostrando los dientes de personalidades defensivas y el uso de excesivo del algún animal, como el pulpo, hablaría de una personalidad que tiene problemas para relacionarse.

Estos apuntes no van más allá de la curiosidad ya que el estudio tenía las suficientes lagunas metodológicas como para que consideremos estás conclusiones como sólidas. Sin embargo, no es menos cierto que abre un campo muy rico y que aún está por explorar, porque si algo parece claro es que los emoticonos han llegado para quedarse.

Sergio De Dios González

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