¿Cómo vive una persona con culpa?

Este artículo ha sido verificado y aprobado por el psicólogo Sergio De Dios González el 1 agosto, 2015
Raquel Lemos Rodríguez · 25 febrero, 2019
La culpa es uno de los estados más desgastantes para el ser humano. Liberarse de esta emoción desadaptativa requiere razonar, reflexionar, reparar e iniciar un delicado viaje personal hacia el perdón (o autoperdón).

¿Cómo es vivir con una sensación de culpa permanente? Más allá de lo que podamos pensar, es una de las emociones más desgastantes y uno de los principales motivantes a la hora de solicitar ayuda psicológica. Vivir con ese peso del ayer no afrontado con valentía o de una forma correcta (según el propio juicio) nos sume en estados muy dolorosos y limitantes.

Muchas personas se culpan por cosas de las que tienen sin duda, plena responsabilidad. Otras buscan sentirse culpables casi por cualquier cosa. Es una realidad que se da con excesiva frecuencia y que limita el crecimiento personal del ser humano casi desde el inicio de nuestros tiempos. Fue Sigmund Freud el primero en profundizar en este tipo de emoción, explicándonos por ejemplo, que gran parte de los mecanismos de defensa que desarrollamos tienen como objetivo protegernos del influjo de la culpa.

Por otro lado, muchos expertos en materia emocional la definen como uno de los estados más “tristes” de la persona, ahí donde también aparece la angustia, el sufrimiento y la soledad (Fischer, Shaver y Carnochan, 1990). Asimismo, y como dato curioso, dentro del desarrollo moral y social del niño, se sabe que la culpa ya aparece entre los 3 y los 5 años.

“La culpa es uno de los sentimientos más negativos que puede tener el ser humano y, al mismo tiempo, una de las maneras más utilizadas para manipular a los otros.”

-Bernardo Stamateas-

Mujer triste en un puente sintiendo la culpa

La culpa nos hiere y nos desgasta

Hay personas con cierta tendencia a sentirse culpables casi por cualquier cosa. Sufren, caen en estados de agotamiento y angustia permanente. ¿Por qué ocurre? Expertos en el tema como Carmen Durán nos señala que la culpa tiene, por sí misma, una importante función: nos ayuda a generar el bienestar ajeno o a ajustar nuestros deseos y los de los demás en un saludable equilibrio.

Si esto no ocurre, lo pasamos mal. Ahora bien, hay perfiles que tienen la constante sensación de estar fallando a todo el mundo casi a cada instante. Porque probablemente, ellos mismos hayan pasado malos momentos y circunstancias en su pasado, que escapan a su alcance y que muchas veces, provocan interrogantes como ¿por qué a mí?, ¿qué he hecho mal?

Algo que debemos entender es que las personas no tenemos el control absoluto sobre todo lo que nos rodea. Nos responsabilizaremos por tanto, de aquello que nos atañe a nosotros mismos.

La culpa que acaba hiriendo a los demás

El culpable no siempre acaba haciéndose daño a sí mismo. Muchas vece,  busca herir a los demás. Hacerlo, le puede ayudar a sentirse superior y poderoso. A veces, herirse a uno mismo no es suficiente. Las preguntas anteriormente mencionadas de ¿por qué me ha sucedido esto a mí y no a otros? puede instar a “compartir” ese mal que tú has sufrido.

  • Además, tener el poder de herir a los demás, dota a la persona insegura de seguridad. Se siente mejor si los demás también sufren. ¿Yo lo he pasado mal? Pues los demás que también lo pasen.
  • La persona que se ha sentido dañada, en algún momento, lo toma como una especie de venganza. Se siente así omnipotente y con poder, pero con un poder ficticio. Cuando se dé cuenta de lo que ha hecho se sentirá mal, se hundirá, aunque lo haya hecho fuera de su control.
Chico triste con un ventana sintiendo la culpa

¿Cómo librarse de la culpa?

Una persona que vive con culpa, debe ser consciente de ello antes de poder solucionarlo. Thomas Gilovich, profesor de Psicología de la Universidad de Cornell, Estados Unidos, nos señala algo tan llamativo como interesante. Por término medio, las personas que más sufren del peso de la culpa, acaban culpabilizándose de cosas que no tienen sentido ni relevancia.

Asimismo, cuando más tiempo pasa sin gestionar y tratar estos estados, esa emoción se vuelve más intensa e irracional. Veamos no obstante qué estrategias deberíamos seguir a cabo.

Identificar

Hay que clarificar con objetividad qué aspectos son los que nos hacen daño, sobre los que tenemos auténtica responsabilidad y nos hace sentirnos culpables.

Aceptación

La aceptación es parte indispensable en el proceso de recuperación. Deberemos aceptar esos hechos en los que tenemos una responsabilidad real (desechando aquellos infundados o irracionales)

Pedir  (y pedirnos) perdón

Si te equivocas, pide perdón y sigue adelante. Errar es humano y no debemos bloquearnos sin poder avanzar. Sintámonos arrepentidos de verdad y esforcémonos porque ello no interrumpa el transcurso de nuestra vida.

Asimismo, y no menos importante, también es esencial en muchos casos poder perdonarnos a nosotros mismos.

Reparar el daño

Si está dentro de nuestras posibilidades, intentemos reparar el daño que hemos producido. Aunque no te perdonen, aunque la otra persona no te crea. Cambia lo negativo a positivo, y siéntete conforme por haber hecho todo lo que ha estado a tu alcance por reparar aquello que dañaste.

Verbaliza la culpa

Si algo te hace sentir mal, ¡exprésalo! La culpa se alimenta de lo que nos guardamos para nosotros, lo que no nos atrevemos a decir.

Nuestro objetivo es ser felices no infelices. ¿Por qué no hacer aquello que nos evitará problemas después? ¿Es que acaso queremos sentir dolor?

Debemos cambiar el modo de actuar y no tener miedo de verbalizar aquello que nos molesta, que nos hace sentir mal, con lo que no estamos de acuerdo.

caminar para eludir la culpa

Para concluir, seamos capaces de propiciar este viaje personal (y siempre complejo) donde liberarnos de culpa para avanzar con menos pesos y lastres hacia el crecimiento personal.

  • Durán, López Carmen (2016) El sentimiento de culpa. Kairós
  • Fischer, KW, Shaver, PR, y Carnochan, P. (1990). Cómo se desarrollan las emociones y cómo organizan el desarrollo. Cognición y emoción, 4 (2), 81-127. doi: 10.1080 / 02699939008407142