Construyendo una ilusión: quiero que seas quien deseo y que me digas lo que quiero escuchar

12 noviembre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por el psicólogo Marcelo Ceberio
En las relaciones, y especialmente en las de pareja, las ilusiones que creamos sobre la otra persona pueden jugarnos malas pasadas. El doctor en psicología Marcelo Ceberio nos invita a reflexionar sobre ello.

Cuántas veces vamos por la vida intentando encontrar repuestas que nunca vamos a hallar, sin tener en cuenta el contexto en el que se desarrollan las acciones y sin registrar quién es en realidad la otra persona y si está capacitada para respondernos lo que deseamos…

Todo esto es muy común en las relaciones de pareja, ya que se suele buscar una una respuesta ideal, una ilusión, y no se acepta al otro tal y como es. A continuación, analizamos los pormenores de un mecanismo comunicacional tóxico y frustrante. Profundicemos.

Construyendo una ilusión entre fantasmas y utopías

Si bien hay muchos utópicos deambulando entre nosotros, en todas las relaciones, los ideales de buscar en el otro quien queramos que sea o la ilusión de que nos dé la respuesta que deseamos se centran frecuentemente en las relaciones de pareja.

Cuando se construyen fantasmas sobre el compañero, este dejar de ser el otro para convertirse en una pieza esculpida por un artesano que busca hacer del otro alguien de su fantasía y quien no es en realidad, al menos no totalmente.

Así, el otro no es el otro, es una gran pantalla en la que se proyectan las necesidades personales. Y es precisamente ahí cuando debemos diferenciar entre estar enamorados o estar entrampados, enlazados, enganchados, atrapados o presos en un vínculo de pareja.

Pareja mirándose en un banco

La trampa de querer cambiar al otro

Los amantes pueden entramparse en el juego de querer cambiar al otro. Una trampa de difícil salida, sobre todo, cuando están convencidos de que están enamorados.

Se enlazan, entonces, las particularidades de cada miembro de la pareja. Por ejemplo, ella extremadamente seductora y efusiva en las relaciones sociales y él un obsesivo celoso e inseguro. Estos enlaces hacen que los amantes queden enganchados en una dinámica que se retroalimenta. 

No valdrán explicaciones ni justificaciones, puesto que todas se desarrollan sobre la base del ensamble de tales características de personalidad. Se encuentran atrapados, presos por una ilusión, en un perímetro en el que sus cambios son redundantes y aseguran el no cambio o en modificaciones que no cuestionan las reglas de juego, a pesar de que sea necesario el cambio de estas para provocar el crecimiento de una nueva estructura.

Si bien, uno ES en relación con (somos en la interacción), las características de personalidad de base hacen que en las diversas relaciones se resalten, en mayor o menor medida, ciertas particularidades de esas características.

Cuando los miembros de la pareja quedan adheridos al juego de querer cambiar al otro de acuerdo a los parámetros personales, estos intentan que el compañero se acomode a sus expectativas, a su ilusión, es decir, a sus deseos ideales depositados en el otro.

Esta lucha sin cuartel implica poner en la picota al compañero, el cual debe demostrar permanentemente cuánto se acerca a los parámetros establecidos por el otro. Lo que ocurre es que se trata de una lucha infructuosa: por un lado, para el demandante porque el otro nunca podrá amoldarse a esos perfiles idealizados (algún día nunca llega) y, por otro lado, para el demandado, ya que este es arrollado por la desvalorización fruto de no sentirse reconocido por quien ES en realidad.

Esta forma de relacionarse conlleva a que la persona que es blanco de las proyecciones del otro sea ninguneada y desconfirmada porque solo se ve en ella el otro que podría ser, pero no es. Siempre se halla sometida a una permanente demanda de ser alguien, pero no él o ella.

Después, cuando los amantes se separan, en la consulta se escucha la reflexión: «me pasé muchos años intentando cambiar a mi pareja, para que fuera alguien diferente…«. Lo que sucede es no se puede cambiar al otro, hay que tomarlo como es. Aceptarlo o separarse.

No obstante, es cierto que se puede intentar cambiar, lo importante son las vías que se utilicen para ello o, al menos, intentar acercarse a un punto de conciliación. Esto último, sobre todo, en el caso de que los reclamos para el otro cambie sean razonables y no producto de una idealización extrema.

Además, existen elementos relacionales que son de mayor acceso a la modificación que otros. Sobre esta base, hemos observado que en las sesiones de terapia es importante maniobrar terapéuticamente haciéndole entender a la pareja que se debe partir de que el otro es como es y no se debe intentar modificarlo.

Mientras tanto, y en paralelo, se realizan intervenciones y tareas que apoyan el cambio o, por lo menos, tratan de modificar la dinámica relacional y con ello las particularidades de ambos cónyuges. Es decir, se parte de que el otro es el otro, pero algo como una reacción, una propuesta de acción o una actitud de respuesta es parte de una negociación en la que pueden encontrarse puntos intermedios.

Realificar al otro y pedirle melones al poto

La frustración y el fracaso relacional en una despareja surgen en la medida en que se construyó un objeto de amor apoyado en una gran idealización que no permite ver a la persona en sí misma (persona real tanto con sus aspectos positivos y negativos).

Sin embargo, por los avatares de la vida que construyen los amantes, estos se exponen a que, en una paulatina o abrupta realificación de su pareja, se termine con la destrucción del vínculo y la consecuente agresión al compañero, previa desvalorización y denigración del mismo.

Ella dice: «yo no creí que fueras así«. Él responde: «yo pregunto cómo creías que yo era, cómo me inventaste o dónde estabas cuando me conociste«. Y así, en este juego de ilusiones se construye una ficción caótica.

Son los pasos para construir una despareja, porque el juego idealización/realificación que forma parte del proceso de una relación de pareja no se lleva a cabo.

  • Es importante tener en cuenta que la idealización es un mecanismo que se produce en los primeros tiempo de una relación fruto de una ilusión. Es un período en el que se observan los aspectos virtuosos del otro.
  • Mas tarde, la realificación conlleva que se vea completo al otro, con sus virtudes y sus defectos. Ahora bien, no son virtudes ni defectos en sí mismos, sino que son para la persona que percibe a la otra.

Pareja preocupada en el psicólogo

Cuando uno de los amantes o ambos quedan adheridos a la idealización que han depositado en el otro, pasar a la fase de realificar se vuelve complejo. Esto implica la aparición de sensaciones de desencanto, palabra que tan significativamente expresa la des-idealización del partenaire.

Existe una regla directamente proporcional: a mayor encantamiento e idealización, mayor desvalorización y desazón o frustración cuando se inicia el período en el que se entrevén los aspectos del otro que disgustan.

Entonces, o elaboras la figura de tu pareja deleitándote con su virtuosismo y aceptando lo defectual o sepárate… El gran problema es el juego de cambiar al otro, una trampa neurótica de una posición intermedia que une a ambas personas. Es decir, quedarse en la relación, pero buscando en el otro lo que se desea encontrar y no aceptando quien es. De esta forma, la pareja queda atrapada entre la aceptación y la conformación de una pareja madura y el rechazo y la separación.

La frase popular dice «no le pidas peras al olmo» en el sentido de no exigir algo que el otro no puede dar. En mi consulta intento hacer intervenciones más contundentes.

Por ejemplo, tengo en agua una pequeña planta, un poto con cuatro hojas lustrosas. Coloco a la pequeña plantita en el piso e invito al miembro de la pareja que quiere encontrar en el otro la característica que nunca tuvo a que se arrodille frente al poto.

Le digo que junte sus palmas en actitud de rezo o súplica y que mire a la planta con mucha intensidad, mucha energía y le ruegue en voz alta que le dé melones. «¡Poto, poto«. Le digo: «más fuerte y con más potencia«. Y me responde: «¡Ok!«. «¡Poto, Poto!, dame melones poto, quiero melones por favor poto«.

Es una dramatización terrible porque deja expuesto el pedido bizarro que tiene la trampa a la que la persona se somete y somete al otro. Tal cual el otro es un moreno que mide 1.55 cm y se le exige que sea un anglosajón que mida 1.80 cm o se pretende buscar mujeres con cierto recato religioso en un prostíbulo o más difícil: entrar en una ferretería buscando un kilo de zanahorias…

Este mecanismo que se muestra tan alevosamente en las relaciones de pareja sucede en casi todas las relaciones: se espera reacciones en el amigo que son utópicas si se piensa en cómo es, se inventan padres y madres que nunca existieron, etc. En fin, ilusiones de ilusiones y allí van utópicos y utópicas buscando el unicornio azul, el anillo de los Nibelungos, la tierra perdida de la Atlántida o simplemente melones al poto…