Convertir la vida en juego

Convertir la vida en juego

Paula Aroca 19 agosto, 2013 en Psicología 1 compartidos

“El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.”Pablo Neruda

La creatividad es esa parte juguetona y feliz que todos tenemos, la cual, frente a los retos que surgen constantemente a lo largo de la vida, nos da perspectivas poco convencionales que desafían la lógica. Sin embargo, nos aportan soluciones frescas e ideas brillantes que nos permiten navegar exitosamente por las vicisitudes de la existencia, y lo mejor de todo ¡es que nos divertimos en el proceso!

Rescata a tu niño interno

Los adultos nos volvemos personas serias… Nosotros, comparados con los niños, reímos y sonreímos poco, y tendemos a reservar la diversión solo para momentos específicos, como una celebración. ¡Esto es una verdadera lástima!

Los niños, en cambio, ríen con frecuencia, y el juego constituye parte inseparable de sus vidas. No es extraño ver a un niño o niña en un supermercado, por ejemplo, pasándola de maravillas dentro del carrito de compras. Seguramente siente que está dando un divertido paseo en un automóvil increíble, mientras que su mamá o su papá están muy serios y preocupados pensando en el presupuesto.

Sé lo que estás pensando. Obviamente, los adultos tenemos responsabilidades que los niños no tienen. Sin embargo, el afrontar esas responsabilidades con demasiada seriedad no nos ayuda. El exceso de preocupación genera emociones negativas como la ansiedad, la tristeza y el enojo, que a su vez generan hormonas y neurotransmisores que afectan el adecuado funcionamiento del cerebro e interfieren con nuestra capacidad de pensar de manera óptima. Por eso, es importante que contactemos a ese niño o niña internos que siempre quedan latentes dentro de nosotros, para escucharlos e integrarlos en nuestra vida cotidiana.

Los sabrosos frutos del pensamiento creativo

Ser creativos no solo es divertido, sino que además nos reporta una cantidad de beneficios que redundan en una mejor autoestima, mejores relaciones con los demás y en una mejor calidad de vida. Veamos cuáles son los frutos de pensar sin ataduras.

Flexibilidad: La creatividad nos da la oportunidad de abrirnos, de atrevernos a considerar nuevas y variadas formas de ver un desafío o problema, y allí es cuando surgen soluciones sorprendentemente buenas y brillantes.

Resiliencia: Esta maravillosa capacidad de superar traumas aprovechando dicha experiencia para aprender y crecer gracias a ella, sólo es posible cuando nos valemos de la creatividad para afrontar los problemas.

Auto-conocimiento: El estar en contacto con nuestro niño interno nos conecta con nuestras emociones, con lo que nos hace vibrar, con lo que nos gusta y con lo que nos disgusta. Así, logramos detectar más fácilmente aquellas situaciones que nos hacen bien, así como también aquellas que nos perjudican, y actuamos en consecuencia.

Sintonía emocional: La creatividad, al ser inseparable de nuestras emociones, nos hace sensibles a las emociones de los demás y permite sintonizarnos con ellas, lo cual es una cualidad muy bella llamada empatía, que nos permite entender a nuestros semejantes y solidarizarnos con ellos.

Auto-confianza: por naturaleza, la creatividad está libre de miedos y restricciones, ya que viene de la parte más auténtica de nuestro ser, ese niño interno que se expresa sin restricciones y que no se juzga a sí mismo.

En conclusión, no se trata de volvernos inmaduros e irresponsables, sino de rescatar esas cualidades innatas de la niñez que el tiempo y las circunstancias se encargan de opacar. Si sabemos equilibrar armónicamente el conocimiento y experiencia que los años nos otorgan con la alegría, asombro y creatividad del niño interior, podríamos afrontar nuestros conflictos, sin lugar a dudas, con una actitud más saludable y, al mismo tiempo, efectiva.

Imagen cortesía de Spencer Finnley

Paula Aroca

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