La corteza insular y su relación con los acontecimientos dolorosos

31 octubre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Valeria Sabater
Los neurocientíficos han hecho un gran descubrimiento. Ahora sabemos que la ínsula, una región cerebral muy profunda, nos ayuda a obtener aprendizajes de nuestras experiencias dolorosas.

Saber que en nuestro cerebro disponemos de un área cuya finalidad es lograr que aprendamos de los eventos dolorosos, cuanto menos, impresiona. Esta estructura cerebral es la corteza insular, un área ubicada de manera profunda en la superficie lateral del cerebro, vinculada a su vez con procesos que tienen que ver también con la autoconciencia y las tareas cognitivas.

Algo que sin duda debemos admitir es que el ser humano edifica buena parte de su aprendizaje a partir de las experiencias dolorosas. Así, cuando sacamos, por ejemplo, una pizza del horno, sabemos ya qué esquina debemos evitar para no quemarnos como nos ocurrió hace solo unos días. De niños, aprendemos también de manera temprana que determinados objetos cortan.

Podríamos dar mil ejemplos de esos eventos dolorosos por los que hemos pasado y de los que hemos aprendido. Obviamente, no nos referimos únicamente a esas experiencias vinculadas al dolor físico. El dolor emocional edifica también buena parte de lo que somos y construye, a su vez, ese legado vital que nos permite avanzar con mayor templanza y conocimiento.

Por tanto, la corteza insular se alza como esa estructura esencial tanto en humanos como en animales, capaz de ayudarnos no solo sobrevivir, sino también a obtener aprendizajes de cada vivencia. Conozcamos más datos a continuación.

El estudio sobre cómo funciona la corteza insular nos ayudará a entender cómo codificamos el dolor.

Corteza insular

La corteza insular y el procesamiento del dolor

Las personas no obtenemos todo nuestro aprendizaje a partir de las experiencias aversivas. El ser humano no es un robot que se limite a aprender en base a estímulos de acierto/error, dolor/placer. Buena parte de lo que somos, parte de lo que vemos, de lo que sentimos, de lo que nos transmiten y de esas vivencias que sin ser dolorosas o placenteras, va trazando lo que somos.

Ahora bien, no podemos negar que el dolor, en cualquiera de sus formas, es un maestro poderoso. Cactus que pinchan, superficies que queman, objetos y máquinas que utilizar con cuidado para no accidentarnos, insectos que pican, animales que muerden… Todas estas realidades tan comunes en nuestros contextos cotidianos son estímulos que nuestra corteza insular ha procesado para darnos un aprendizaje concreto.

Ahora bien, ¿cómo lo consigue? ¿Qué es lo que hace exactamente esta estructura cerebral?

Qué es la corteza insular

La corteza insular o la ínsula es un área situada de manera profunda en el surco lateral, y entre la fisura que separa el lóbulo temporal de los lóbulos parietal y frontal.

Uno de los aspectos más interesantes de esta estructura es con quién está conectada. Nos referimos a la amígdala, esa región cerebral vinculada con las emociones y, en especial, con la gestión del miedo y el instinto de lucha o huída. A su vez, la corteza insular se relaciona con los siguientes procesos:

  • La conciencia.
  • Las experiencias emocionales.
  • Nos ayuda a tomar decisiones.
  • La homeostasis.
  • Control motor (manos, ojos, boca, motilidad gástrica…).
Cerebro iluminado representando mente emocional

El dolor, una parte importante en nuestra vida

Hasta no hace mucho, los neurocientíficos pensaban que nuestro aprendizaje vinculado al dolor lo procesaba la amígdala. Al fin y al cabo, es esta región la que activa nuestra conducta de evitación, de ataque o defensa. Ella quien nos avisa de los peligros y nos induce la sensación de miedo o alarma.

Ahora bien, los científicos del laboratorio de Ralf Schneggenburger, del Instituto Federal Suizo de Tecnología de Lausana, nos señalan algo interesante. Se ha descubierto que es la corteza insular quien nos envía esas «advertencias».

Ahora sabemos que son las neuronas de esta área las que, trabajando en conexión con la amígdala, nos permiten asociar un estímulo doloroso con una experiencia aversiva. Es más, si una persona careciera o tuviera afectada la ínsula, no experimentaría sensación de dolor. Algo que a primera vista nos puede parecer positivo, supone en realidad un auténtico problema.

El ser humano o el animal que no sienta la experiencia del dolor está expuesto a todo tipo de riesgos. El dolor, al fin y al cabo, es un sistema de alerta que nos informa de un riesgo. Si no evitamos ese peligro, si no sentimos miedo ni dolor, nuestra cuota de vida sería particularmente breve.

Posibles tratamientos futuros asociados a la corteza insular

Saber que la ínsula se encarga de procesar el dolor y aprendizaje aversivo es un avance en materia de neurociencia. Gracias a este descubrimiento, podremos saber más de cómo se construye la experiencia del dolor y el miedo. Además, podríamos disponer en el futuro de tratamientos más efectivos para determinados trastornos psiquiátricos.

Sabemos, por ejemplo, que hay condiciones mentales donde la persona experimenta un miedo o un dolor desmesurado. Se ha podido observar que, en estos casos, hay una hiperactividad en la corteza insular. Algo así implica, entre otras cosas, que podríamos diseñar tratamientos farmacológicos más efectivos para la ansiedad, la depresión u otros trastornos psicológicos. Estaremos pendientes por tanto, ya que el conocimiento profundo y detallado sobre el cerebro derivará en avances que mejorarán nuestra calidad de vida.

 

  • Emmanuelle Berret, Michael Kintscher, Shriya Palchaudhuri, Wei Tang, Denys Osypenko, Olexiy Kochubey, Ralf Schneggenburger. Insular cortex processes aversive somatosensory information and is crucial for threat learning. Science, 2019; eaaw0474 DOI: 10.1126/science.aaw0474