La amígdala, centinela de nuestras emociones

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 16 octubre, 2017
Valeria Sabater · 12 diciembre, 2013

La amígdala forma parte del llamado cerebro profundo, ese donde priman las emociones básicas, tales como la rabia o el miedo. También el instinto de supervivencia, básico sin duda para la evolución de cualquier especie.

De ahí, que la amígdala, esta estructura en forma de almendra, sea propia de todos los vertebrados y se halle en la profundidad de los lóbulos temporales, forma parte del sistema límbico y procesa todo lo relativo a nuestras reacciones emocionales.

En neurobiología es casi imposible asociar una sola emoción o una sola función a cualquier estructura, pero cuando hablamos de la amígdala podemos decir sin equivocarnos que es una de las más importantes asociadas al mundo de las emociones.

Es la que hace, por ejemplo, que seamos más variables que cualquier pariente evolutivo cercano. Ella es la responsable de que podamos escapar de situaciones de riesgo o peligro, pero ella también la que nos obliga a recordar nuestros traumas infantiles, y todo aquello que nos ha hecho sufrir en algún momento.

La amígdala y el aprendizaje emocional

chica rodeada de flores

Pongamos un ejemplo. Acabamos de trabajar y nos dirigimos al coche, aparcado en una calle cercana, es de noche y no hay apenas iluminación, esa penumbra nos pone en aviso, la oscuridad es un escenario que evolutivamente hemos asociado como indicador de riesgo y peligro, de ahí que apresuremos nuestros pasos para encontrar el coche. Pero ocurre algo, alguien se nos acerca y nuestra reacción lógica es empezar a correr para huir.

Mediante esta sencilla escena podemos deducir muchas de las funciones instaladas en la amígdala. Por que es la amígdala la que nos pone en aviso de que la oscuridad es un riesgo y de que esa persona que se acerca también lo es. Más aún, habremos creado un aprendizaje nuevo al deducir mediante el miedo que al día siguiente no aparcaremos el coche en esa zona.

Los recuerdos y experiencias con mucha carga emocional, hacen que nuestras conexiones sinápticas estén asociadas a esta estructura, provocándonos efectos tales como taquicardias, aumento de la respiración, liberación de hormonas del estrésPersonas que, por ejemplo, tienen la amígdala dañada, serían incapaces de detectar situaciones de riesgo o peligro.

La amígdala nos ayuda a buscar una estrategia adecuada después de haber identificado un estímulo negativo.

¿Cómo identificamos que ese estímulo nos puede hacer daño? Por aprendizaje, por condicionamiento, por esos conceptos básicos que como especie reconocemos como dañinos.

Daniel Coleman, por ejemplo, introdujo el concepto de “secuestro amigdalar”  para referirse a esas situaciones en las que nos dejamos llevar por el miedo y o la angustia de un modo que no es adaptativo, que no es lógico y donde la desesperación, nos impide encontrar la respuesta adecuada.

La amígdala y la memoria

Mujer con nubes palpándose la amígdala

La amígdala está asociada en asentar nuestros recuerdos y nuestra memoria, son muchas las ocasiones en las que determinados hechos están asociados a una emoción muy intensa: una escena de infancia, una pérdida, un instante en que hemos sentido inquietud o miedo… Cuando nuestros sentimientos son más afilados más conexiones neuronales se suceden alrededor del sistema límbico y la amígdala.

Muchos científicos analizan qué tipo de detalles bioquímicos afectan a esta estructura para aplicarlos a tratamientos terapéuticos y farmacológicos para minimizar los traumas infantiles. Pero no debemos limitarnos a asociar al miedo con una pulsión negativa capaz de causarnos problemas psicológicos, al contrario, es un interruptor que nos avisa y protege, un centinela que nos ha permitido evolucionar teniendo como base nuestra protección y la de los nuestros.

La amígdala es una fascinante estructura primitiva de nuestro cerebro que cuida de nosotros y que nos da una visión equilibrada de los riesgos; el miedo, como el placer es esencial en nuestra riqueza emocional como seres vivos.