Cuando el móvil no es el culpable de todo

14 noviembre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por el psicólogo Gonzalo Villanueva
Usar el móvil no supone un problema, siempre y cuando no le demos más poder del que debe tener en nuestro día a día. Hay que recordar que es una herramienta más, no nuestro centro neurálgico.

Si hay algo que el ser humano sabe hacer es echar la culpa a otro cuando se exigen responsabilidades. Y qué mejor víctima para acusar que aquel que no puede defenderse. Con total seguridad el teléfono móvil es uno de los inventos más importantes que ha revolucionado la comunicación humana para siempre. 

De alguna forma, el móvil se ha convertido en una herramienta muy valiosa en el día a día; ya nadie sale de casa sin comprobar si lleva su móvil.

El uso que le podemos dar a este aparato desde que nos levantamos es abrumador. Lo utilizamos como despertador, reloj, calendario, agenda, calculadora, cámara, álbum de fotos y como una consola portátil para jugar, así como también para:

  • Revisar el correo electrónico
  • Saber en qué minuto pasa nuestro autobús
  • Leer las noticias de actualidad mientras desayunamos
  • Ver y hablar con un amigo que vive en otro continente
  • Ver un informe de la calidad de nuestro sueño o de los kilómetros caminados esa semana
  • También lo usamos para saber si hay huelga de metro, pedir un taxi… la lista se hace interminable.
Chica escribiendo en su móvil sobre la dictadura de los likes

Pero pese a ese despliegue de virtuosidad, cada día se convierte en el blanco de acusaciones que le sitúan como principal responsable en casos de absentismo escolar, cyberbullying, rupturas maritales y accidentes de circulación.

Lo cierto es que, antes de la existencia de los teléfonos móviles, los adolescentes ya hacían novillos, acosaban a otros compañeros, existían los divorcios y, desde luego, la gente moría en la carretera. Sin embargo, es cierto que el uso inadecuado del móvil puede tener consecuencias muy negativas.

¿Qué consideramos un mal uso del móvil?

Debemos detenernos a reflexionar sobre qué servicios queremos usar de nuestro teléfono móvil y, por ende, cuáles no. Como norma general, podríamos establecer que la presencia del móvil está infundada cuando no necesitamos ninguno de estos servicios.

Puede parecer sencillo, pero cuando alguien se separa del móvil y ello le genera una sensación de intranquilidad, inquietud o nerviosismo, podríamos sospechar que existe una situación de dependencia, entendido como el uso compulsivo del móvil a pesar de las consecuencias negativas. 

También es posible que nos venga a la mente alguna palabra como “adicción” y, realmente, no estaríamos muy lejos de definir lo que un consumo excesivo e inadecuado del móvil y, en general, de las TICS (Tecnologías de Información y Comunicación) puede provocar en una persona.

¿Podríamos determinar que el mal uso del móvil es una conducta adictiva?

No necesariamente. Si bien es cierto que muchas veces podríamos evitar su uso, las características de las conductas adictivas se podrían agrupar en las siguientes:

  • Obsesión. El uso del móvil se convierte en la parte central de la vida de la persona. En el caso de los estudiantes aparecen estados de ansiedad e impaciencia hasta poder disponer del teléfono y, a su vez, responden con irritabilidad cuando se les priva de éste.
  • Falta de control. Una persona pierde el control cuando desarrolla una actividad determinada (chatear, jugar, compartir en RR.SS.) y continúa con ella, sin regulación temporal, a pesar de las consecuencias negativas.
  • Consecuencias negativas. Generalmente aparece, de forma progresiva, una falta de interés en las obligaciones laborales, académicas, sociales o de pareja.
  • Negación. La persona dependiente tiende a negar o a minimizar esa adicción.

Necesitamos un examen introspectivo sobre nuestros hábitos con el móvil. Debemos evaluar hasta qué punto queremos que sea nuestro centro neurálgico. Y habrá quien razone y defienda su uso constante y no por ello se le debe catalogar de «adicto».

Personas con móviles en las manos

Algunas reflexiones que nos podemos plantear

  • Si no lo usamos como despertador, ¿por qué duerme a nuestro lado?
  • Si no vamos a iniciar una conversación mientras comemos o cenamos, ¿por qué lo tenemos sobre la mesa?
  • ¿Necesitamos leer los mensajes mientras conducimos o estar pendiente de las notificaciones nuestras redes sociales?
  • ¿Es realmente necesario estar disponible las 24 horas del día?
  • ¿Podríamos dejarlo apagado todo un día, por ejemplo, un domingo, sin pensar en las llamadas o mensajes que no estamos atendiendo? 

Mucha gente leerá estas preguntas y, tras un suspiro, dirá “ya, es verdad”.  Nos cuesta asimilar la necesidad de un cambio. Nos quejamos de aquellas cosas que podemos cambiar, pero no las cambiamos, porque todo cambio cuesta y cada día que pasa cuesta más. “Dichoso móvil, estoy harto/a” es otra de las grandes frases que no es difícil oír. 

No es la herramienta en sí la causante de los problemas sino cómo la utilizamos. Al igual que una cuerda se puede usar para jugar, también se puede usar para maniatar, o al igual que un cuchillo se puede usar para cocinar, también se puede usar para amenazar. Y el móvil no es una excepción, ya que al igual que se puede usar para hacer una videollamada a nuestra madre, también se puede usar para divulgar fotos privadas de nuestra expareja.

Chica mirando el móvil pensando en el R-Bombing

Una vez pregunté a una persona en una entrevista si tenía armas en su casa. Me miró con asombro y me dijo: “Mi casa está llena de armas”. Se produjo entonces un interesante silencio que aproveché para intentar descifrar su respuesta y luego preguntó: “¿O te refieres a armas de fuego?”

Aquello me recordó que el uso que le damos a las cosas es lo que las convierte en un elixir o en un veneno.