Cuando la única salida es vivir

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 25 marzo, 2016
Eduardo Torrecillas · 25 marzo, 2016

Pocas veces nos paramos a pensar lo tremendamente rico que es el concepto “vivir” en cuanto a emociones, pensamientos y opciones. Como poco, en un solo día tenemos la posibilidad de enfadarnos, motivarnos, alegrarnos, entristecernos, querer, ser queridos, ir, volver, hacer y deshacer.

Quizás esto parezca un poco obvio. Lógicamente, actualmente tenemos acceso a unos medios que sobrepasan nuestra capacidad para abarcar toda la información que transmiten y, por tanto, simplemente “tenerlos” pierde importancia. Mientras tanto, manejar nuestro tiempo de manera que podamos abarcar la mayoría de ellos pasa a ser lo primordial.

Pero, ¿qué pasaría si nuestra única opción diaria para pensar, sentir o hacer fuese la de vivir? Notemos que no es una de las citadas al principio, pero posiblemente no nos hayamos dado cuenta. “Vivir” entendido como “continuar viviendo” o “mantenerse vivo” es algo tan básico que ni siquiera reparamos en ello.

Pero, de hecho, gran parte de la población mundial se levanta y se acuesta cada día con este dilema. El de seguir viviendo, o no, por una cantidad de causas mucho mayor de lo que una mente humana acostumbrada al bienestar puede comprender. Hambre, pobreza, enfermedades terminales, y por supuesto, la guerra.

El dilema de vivir

Tomemos el último de los ejemplos. Centrémonos en la guerra civil Siria. A grandes rasgos, un dato a conocer es que a 2016, han pasado más de 5 años desde que los ciudadanos civiles sirios empezaron a morir indiscriminadamente. A día de hoy, ya son más de 250000 vidas rasgadas.

Pese a que nuestra sensibilidad esté bloqueada ante el aluvión de noticias similares con las que se nos ametralla diariamente, en la sociedad en la que se pierden esas vidas suponen un impacto monstruoso a todos los niveles. Sería imposible resumir en palabras el alcance de los cambios sufridos por las víctimas supervivientes al conflicto.

Edificio en ruinas

Aun así, todos esos cambios pasan por el mismo dilema: vivir o no vivir. ¿Seguiré vivo esta noche? ¿viviré para ver a mi hija crecer? Preguntas lógicas,  humanas e incluso necesarias ante una situación en la que han llegado a caer 512 bombas al día a ritmo irregular sobre un solo pueblo.

Bien. Pues en contra de todo pronóstico, los supervivientes perduran mentalmente. No pierden la cabeza. Luchan por mantenerse, mental y físicamente vivos. Y no solo eso, sino que los supervivientes encuentran una forma de darle “sentido” (si es que se puede) al conflicto, tomando parte en él.

Lo hacen: abandonando sus hogares para lanzarse a la emigración, luchando en la resistencia, con pocas garantías, o mediante trabajos de apoyo social a colectivos necesitados (talleres de creación de negocio para mujeres que nunca han trabajado, labores de asistencia médica en hospitales, labores de información y documentación, etc.)

Se mantienen alerta, nervios destrozados, semblante recompuesto a duras penas y manteniendo las pocas costumbres que la guerra ha olvidado destruir. Luchan por mantener el sustento de sus familias. Y conforme me informo y me acerco a esta realidad, una pregunta resuena cada vez con más fuerza en mi mente; ¿Cómo es posible que lo consigan? 

“Algunos niños salieron de una calle lateral, en donde formaron un círculo y empezaron a jugar y a reírse. Pero a mí no me hacía gracia. Mi mente seguía distraída por el avión que se cernía sobre nuestras cabezas, que podía hacerlos pedazos en cuestión de segundos. Dos de las madres estaban de pie en la puerta, abatidas”

-“La Frontera. Memoria de mi destrozada Siria”. Samar Yazbek, 2015-

¿Cómo es posible vivir?

Es complicado imaginar la manera en la que un humano es capaz de sobrevivir a tales situaciones. Se nos ocurren opciones; como la resiliencia, el miedo intenso, o el sentimiento social de unión ante la adversidad, de donde podrían venir esos comportamientos altruistas. También podría explicarse por la capacidad plástica del ser humano de normalizar cosas a todas luces imposibles de normalizar, como la muerte. 

Todas estas opciones extraídas de la psicología, y muchas más no ofrecidas aquí podrían ser válidas en principio para comenzar a entender cómo funciona la mente de una persona que se encuentra en este tipo de situación. Pero hay algo que les implica directamente a ellos en esa situación, como humanos y seres vivos: La ausencia de otra opción aparte de vivir.

Madre e hija juntando las manos en un campo de refugiados

Esto puede sonar insensible e incluso hipócrita si lo decimos desde nuestro lado del espejo. Pero tiene mucho de verdad. Aclaremos; ¿por qué decimos que no tienen más opción? Realmente esto no es cierto, siempre tienen la opción de no hacer nada, y esperar a averiguar si mueren o viven por manos de quienes les agreden. Pueden virtualmente hacer eso. También sería lógico, dadas las circunstancias.

Cuando decimos que no tienen más opción, hacemos referencia a que humanamente, su naturaleza les empuja hacia la supervivencia. Hacia el uso óptimo de recursos mentales y físicos. Hacia la lucha y la búsqueda de sentido. Hemos visto este ejemplo de ausencia de opción en muchos ejemplos de supervivientes que han relatado sus experiencias, con los autores y psicoanalistas Viktor Frankl, Erich Fromm o Boris Cyrulnik entre ellos.

Algo en común

Y eso es algo que definitivamente sí que comparten con nosotros aquellos que viven en estas situaciones, la naturaleza humana. Esa naturaleza que hace posible sentir miedo, ser resiliente, normalizar, luchar o escapar, es la misma que hace nuestros días tan ricos en emociones, pensamientos y opciones. Pero, sobre todo, se trata de aquella que nos empuja a vivir.

Mano de un niño sirio cogiendo la de un adulto

Podemos vivir alienados del mundo exterior, encerrados en una burbuja de información. Podemos decidir no hacer nada ante este conflicto, o hacerlo todo. Pero siempre, en última instancia, contaremos con el recurso infalible de nuestra humanidad. De mirar al mundo con los ojos de un humano. De sentir como un humano. Y sobre todo, de aprender como un humano. Aprender, que si no somos capaces, si no hay más salida. Si todo parece perdido, siempre nos quedará la opción de vivir.