Cuando resulta difícil confiar en los demás

21 Diciembre, 2019
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Elena Sanz
Confiar en los demás es clave para construir relaciones felices y significativas. Sin embargo, en ocasiones tras muchas decepciones cuesta bastante volver a dar ese paso. En estos casos es necesario proceder a un adecuado trabajo interno.
 

Como seres sociales, las personas necesitamos establecer lazos y conexiones de calidad con los otros. Sin embargo las relaciones conllevan vulnerabilidad. Implicarse emocionalmente con alguien significa darle cierto poder para traicionarte o decepcionarte. Y dado que esto sucede no en pocas ocasiones, es comprensible que nos resulte difícil confiar en los demás.

Las experiencias dejan huella, y la que se deriva de una confianza rota tarda en desaparecer. Tras ello nos sentimos tan vulnerables y expuestos que tendemos a alzar un escudo ante nosotros. Sospechamos, desconfiamos y nos privamos de la oportunidad de acercarnos emocionalmente a alguien de nuevo. Pero la realidad es que ese escudo, más que protegernos, nos aísla. Y, dada la importancia de las relaciones sociales, nos priva de la felicidad.

¿Cómo se establece la confianza?

El primer vínculo en el que establecemos una relación de confianza es el materno filial. Llegamos a este mundo indefensos y dependemos de la atención y los cuidados de nuestra madre para asegurar nuestra supervivencia y bienestar. A medida que ella va atendiendo nuestros llantos y va cubriendo nuestras necesidades aprendemos a confiar. Entendemos que no estamos solos, que alguien vela por nosotros y nos desarrollamos de una forma segura.

En caso contrario, cuando la principal figura de apego no atiende a las demandas del bebé (o lo hace de forma inconsistente) este aprende a no confiar. Comprende que sus urgencias no serán atendidas cuando lo necesite y crece sintiéndose inseguro. El niño que experimenta un vínculo de este tipo crece siendo una persona huidiza o excesivamente dependiente.

 

En el primer caso, la madre no atendía sus llamados y el pequeño asumió que no merecía la pena seguir depositando sus expectativas en ella. Se resignó y desarrolló una personalidad evitativa y excesivamente independiente, incapaz de mostrarse vulnerable ante otros.

En el segundo caso, el niño veía cubiertas sus necesidades únicamente en algunas ocasiones, por lo que vivió rodeado de incertidumbre. Esta quedó marcada en su recuerdo y se convirtió en un adulto temeroso, que constantemente exige demostraciones de amor y lealtad a los demás, pues no logra confiar en que su cariño será estable.

Confianza rota

A medida que vamos creciendo continuamos acumulando experiencias y vínculos. Lo que acontezca con nuestros seres más queridos en cada etapa vital, también dejará una impronta que contribuirá a moldear nuestra personalidad. Contar con amigos leales en la infancia, con primeros amores fieles en la adolescencia y, en general, con relaciones sociales saludables, ayuda enormemente a afianzar la capacidad de confiar en el otro.

El problema ocurre cuando alguna de nuestras personas más significativas nos traiciona, nos decepciona o nos falla. Lo inesperado e intenso del dolor puede dejarnos confusos y paralizados. Aparecen entonces el sentimiento de culpa, de vergüenza, de rabia o de rencor. Y, acto seguido, surge la imperiosa necesidad de defendernos a toda costa de una posible situación similar futura.

Si no manejamos adecuadamente la ruptura de la confianza, podemos convertirnos en personas hostiles y temerosas. Puede que caigamos en el error de tratar de volvernos fríos y repetir las mismas conductas que nos hirieron, dañando así a los demás. O, tal vez, nuestra desconfianza sea tan grande que nos neguemos a compartir nuestra intimidad con alguien más.

 

Confiar en los demás merece la pena

La realidad es que a pesar del dolor necesitamos seguir confiando. Una vida solitaria, aislada y llena de rencor es una vida infeliz. Por tanto, nuestra mejor opción consiste en aceptar la situación, atravesar el dolor y recolocar la experiencia para poder continuar adelante.

Comprende que emociones como el dolor o la decepción forman parte de la vida, pero que una experiencia pasada no tiene por qué repetirse en el futuro. Trata de extraer un aprendizaje de esa traición (tal vez aprender a poner límites o a priorizarte a ti mismo) y vuelve a confiar: ya no partes de cero sino de la experiencia.

No se trata de que te entregues por completo y sin filtros, evalúa bien el tipo de personas de las que deseas rodearte. Comprueba sus valores, cómo tratan a los demás, cómo hablan de sus relaciones anteriores. Pero, una vez que sientas que esa relación merece la pena, confía. El miedo no te protegerá de lo malo que pueda pasar, pero si te impedirá disfrutar de lo bueno. 

 
  • Fernández Peña, R. (2005). Redes sociales, apoyo social y salud. Perifèria: revista de recerca i formació en antropologia, (3).
  • Feeney, J., & Noller, P. (2001). Apego adulto. Bilbao: Desclée de Brouwer.