Custodia compartida: los monstruos sí existen

3 marzo, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Cristina Roda Rivera
¿Otorgarías la custodia compartida a un maltratador? Esta película aclamada en Francia te pondrá tras los ojos de la justicia.

El drama sobre violencia machista Jusqu’à la garde (Custodia compartida), ópera prima del realizador Xavier Legrand, fue distinguido el pasado viernes 22 de febrero como la mejor película en la 44 edición de los premios César del cine francés. No nos extraña. Al menos para mí, esta película llegó sin previo aviso para dar un golpe de realidad y genialidad al abordar un tema de tanto calado social.

El director nos sitúa como espectadores en esa sala donde se dirime los pormenores de la custodia compartida… y ya no podemos apartar la mirada hasta el final.

Constatamos que los monstruos existen y que a veces habitan en la familias, no en lúgubres y aisladas esquinas nocturnas. Los monstruos pueden estar muy cerca y eso todavía pesa más.

Custodia compartida con un monstruo

La historia se nos presenta a través de la jueza de instrucción que lleva el caso de divorcio y la custodia de los hijos. Es difícil tener una visión total del caso, aunque algunos de sus elementos más notables parecen evidentes, como la violencia que ha sido ejercida del padre hacia la madre.

Es a partir de ahí cuando todo parece más difuso y la justicia parece resbalar. No deberían quedar dudas en encrucijadas tan importantes como saber si es conveniente o no obligar a un hijo a pasar tiempo con el maltratador de su madre.

El abogado de Miriam describe a un hombre particularmente posesivo y violento. Mientras, el  abogado de Antoine lo niega y defiende que es anormal que Miriam quiera evitar que Antoine demuestre el amor por sus hijos.

Resuena en la sala el relato de la declaración de un menor, clamando no pasar tiempo con su padre. Mientras, la magistrada, clava su mirada en ambos progenitores intentando detectar alguna anomalía o gesto que determine su veredicto, duda sobre su futura decisión.

Para el abogado de la madre es difícil encontrar una prueba clara sobre el verdadero carácter del padre. Si algo sabe hacer un maltratador es adaptar su comportamiento a sus intereses en función de la situación. Así, el velo sobre la verdadera personalidad de sus protagonistas se levantará ya avanzada la película.

A partir de la resolución judicial en la que se establece la custodia compartida podemos adivinar que se producirá el desastre. Una lenta explosión de violencia, represión y desasosiego traspasa la pantalla a través de la magistral interpretación de  Thomas Gioria como Julien, el menor de la familia.

De la fría resolución judicial al infierno de la custodia compartida

Desde el primer momento en el que el padre (Denis Ménochet) asume su custodia, se vive un clima de tensión latente. Un primer plano del rostro de un niño atemorizado; un diálogo sin palabras capaz de crispar los nervios y transmitir una sensación de asfixia.

La mirada del niño y sus expresiones narran la historia de lo vivido, de lo sentido. La ausencia de música hace que los sonidos de la vida cotidiana suenen como amenazas. Una llave al abrir una puerta, ese sonido que es el disparador del miedo para muchas mujeres maltratadas.

Nos damos cuenta de que no estamos ante un caso de «alienación parental«, una etiqueta diagnóstica de dudosa base científica. El pervertido narcisista Antoine a veces sabe aparecer como un ser incomprendido y que casi podría ser una víctima, una víctima porque quiere a su familia.

La custodia compartida revela que los monstruos existen

Nadie de la familia cree este fingido papel, saben que cualquier acercamiento no es un arrepentimiento sentido, sino una aproximación más al control que desea recuperar. La gran fuerza de la película reside especialmente en la forma en la que el director, Xavierd Legrand, nos deja sin aliento valiéndose de una mezcla de miedo y esperanza un tanto perversa.

Intuimos una escena de alto voltaje como culminación de toda la tensión y frustración del padre. Un padre que no está logrando que la custodia compartida le acerque a su atemorizada mujer, que vive escondiéndose y mintiéndole para evitar cualquier tipo de agresión.

La estrategia del padre de acercarse a su esposa Miriam (Léa Drucker) a través de la intimidación al hijo menor parece fallida. Ya sabemos que la frustración es un componente a tener en cuenta como percusor de la ira y la violencia.

Es ahí donde empieza a escucharse el timbre, un sonido constante que nos corta la respiración. Nos devuelve a la fría sala donde se dirimía la custodia. No sabemos qué recorrido exacto ha podido tener el maltrato en este caso, pero intuimos que han sido demasiadas paradas en seco sin soluciones.

Niño triste

La responsabilidad social

El trascurso de la historia anticipa el desastre. Solo se merece el calificativo de devastador. La protagonista se aferra a la posibilidad de que ese sonido del «telefonillo» cese. Sabe que está abajo, sabe que tocará mucho tiempo. Intuye que se irá.

Sin embargo, este sonido se acabará y empezarán otros señalando que esta vez Antoine no está dispuesto a parar. La última escena de esta película es terrorífica, sin necesidad de efectos especiales ni maquillaje lúgubre. El protagonista ya no parece un ser humano, solo una bestia cegada por el orgullo y la venganza.

Es tanta la realidad que se respira que la empatía por esa madre y su hijo llega a doler. Somos esa vecina que avisa de lo que sucede, ese agente de policía que atiende esa llamada intentado usar todo su conocimiento.

Constatamos que los monstruos existen y que habitan en la familias, no en lúgubres y aisladas esquinas nocturnas.  Los monstruos pueden llevar nuestro apellido y eso todavía pesa más. No se pueden combatir con terapias cognitivo conductuales, eso vendrá después.

A los monstruos se les combate con la fortaleza de la educación, la espada de la empatía, con el escudo de la solidaridad, con las rejas de la justicia y la aplicación de una intervención.