Dedicado a un autobús: soy libre. Si no le gusta, no es mi problema.

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 25 marzo, 2017
Cristina Roda Rivera · 25 marzo, 2017

Soy libre, aunque a algunos no les guste. Todos los seres humanos hemos luchado por nuestra libertad. Unas veces para definirnos en nuestra individualidad, otras para que esta definición nos una más a un colectivo concreto. Esa lucha supone cuestas de mayor pendiente para las mujeres, pues cualquier cosa que hagamos se traduce en una nueva prueba de aceptación. También en otros colectivos, como el de homosexuales, lesbianas o transexuales.

No exagero en absoluto. Sin ir más lejos, hace unos días una mujer desafió a la sociedad irakí al subir en bicicleta. Quería reivindicar su derecho de poder montar en ella, allá como se hacía en los años 60. Los demás miraban pero ella parecía decir con una amplia sonrisa: “Soy libre. Si no le gusta, no es mi problema”. No estamos tan lejos de esa censura. Pasen y lean.

El límite de la libertad está fijado cuando se emplea para hacer daño a los demás

La libertad alcanza su límite cuando se emplea para hacer daño a los demás y recortar precisamente sus derechos de ser libres. Pero esto no viene por mera casualidad: todos los límites de la libertad ajena se traducen en un poder de los que la consiguen recortar.

Muchas personas han sufrido y siguen sufriendo porque a otros no les da la gana dejar al resto vivir en paz. Se inmiscuyen, indagan, no soportan que su opinión sobre la vida de otros se ignore. Tienen que mandar en algo o en alguien. Padecen de una patología mental y social llamada intolerancia, que contagia amargura allá por donde se abanica.

No tenemos que irnos a ejemplos de países lejanos. Aquí mismo, entre nuestras calles, un autobús naranja apelando a la libertad de expresión ha impregnado un mensaje de odio e intolerancia por muchas ciudades de España. Decían que los niños tienen pene y las niñas tienen vulva. Objetivamente cierto, ¿Verdad?

Los/as hombres y mujeres transexuales, esas personas que atraviesan un complejo proceso para decirle al mundo lo que son, pero que en él reafirman su identidad de lo que siempre fueron. Respeto, empatía y naturalidad es lo único que merecen.

Autobús

Lo estruendo y maléfico de este caso no es el mensaje, que en su objetividad oculta su malicia. Sí, pues esa objetividad general excluye muchas subjetividades objetivas que no pueden ser ignoradas. Lo duro es que venga de personas que se dicen cultas, para propagar la idea de que lo natural es una enfermedad o una perversión. Del orden que ellos quieren establecer, claro.

Estos propagadores de odio han estudiado muy bien el síndromes de Klinefelter, el síndrome de Turner, el síndrome de Morris o la hiperplasia suprarrenal congénita. También el síndrome del conducto mülleriano persistente (SCMP). Conocen perfectamente que los cromosomas sexuales no definen la identidad sexual, la congruencia entre sexo biológico y género, que es una construcción social. Han leído perfectamente a Margaret Mead y a decenas de científicos o antropólogos.

Esos radicales que visten como tú y yo

Los propagadores de odio no son ignorantes. Quizás no vayan ataviados con ropas que los delaten como radicales de una ideología, pero lo son. No te cambiarás de acera al verlos porque saben vestir a sus mensajes de odio de un manto de supuesta educación.

Los mismos que propagan la aceptación de ciertas patologías congénitas, la aceptación de cualquier tipo de malformación en cualquier embrión o feto, nos dicen que no nos confundan en cuanto a la transexualidad. ¿Qué pretenden?. Esa es la cuestión a plantearnos.

Nos dicen que todo lo que se relacione con el sexo, y no esté bajo su perspectiva oficial, debe ser condenado y censurado. Desde su perspectiva solo genera confusión y malestar. Saben la verdad, pero la odian porque les quita su poder. Saben que dinamitar los roles de género es la arma más fuerte para acabar con las grandes dinámicas de poder, de su poder. El que crea desigualdad, miedo e intolerancia. Mucho más potente que cualquier cuenta corriente. No son sus principios, son sus herencias y sus puestos públicos.

Se aferran a sus respuestas cerradas y globalizadoras, porque temen a cualquier pregunta que les pueda hacer pensar que igual se equivocan.

Saben que la libertad sexual y reproductiva no genera esclavos, aumenta la calidad de vida, optimiza la educación para todos/as y el reparto de la riqueza. Saben que el acceso a la información provoca que ya nadie quiera guardar silencio cómplice ante estos mensajes de odio absoluto.

Han conseguido tristemente que se hable de ellos y muy a nuestro pesar también habrán conseguido a muchos seguidores. Su mensaje se traducirá en una paliza en una puerta de una discoteca, en asesinatos a transexuales en muchas zonas y en un estigma tan absurdo como su mensaje.

No quiero hacer manifiestos, quiero hacer una manifestación

Como mujer libre, con el sexo, género, tendencias y prácticas sexuales que me plazcan, siempre y cuando estas sean consentidas y no infrinjan un daño o sufrimiento indeseado a los demás; deseo manifestarme. Por todos a los que han podido causar lágrimas con ese mensaje, por todos los que llevan siglos y siglos luchando para que se les deje vivir tranquilos y tranquilas.

Soy libre, pese a quien le pese. Hago mi vida sin hacer daño a nadie. Espero que salgan las personas que ocupan un espacio para poder entrar yo en él. Sonrío, digo gracias y sigo emocionándome ante la bondad de un niño. Ante la mirada de un perro.

Leo, me informo y jamás juzgo a nadie por si procedencia. A veces albergo en mí sentimientos de desesperanza, soledad y miedo. Temo por la salud de mis seres queridos. Me siento dichosa por la aceptación incondicional que sienten por mí. Ante todo soy una persona normal, como tantas otras.

Soy libre y no me parece bien que usted/ustedes agredan, verbal o legalmente a las personas que no hacen daño a nadie. Es hora de que guarden ese odio para sí mismos y lo gestionen como puedan o que lo compartan entre susurros entre los miles o millones que lo albergan.

Yo soy libre, lo siento. Lo siento por ustedes. No me afectan psicológicamente ni sus miradas perniciosas, de odio o censura. Sé muy bien cómo son las cartas con las que queréis marcar el juego. Así que por favor dejen de interponerse en nuestra vida con leyes, manifiestos, autobuses, insultos y victimismo.

Somos libres y si no les gusta no es nuestro problema. Estaremos aquí para defendernos solo cuando se nos ataque y para solidarizarnos con otros y otras cuando están siendo atacadas y atacados.

Si reciben ofensas entiendan que ya aprendimos que el lenguaje de la otra mejilla está bien para una ofensa puntual pero no para una costante y que uno tiene que asumir que si siembra vientos, recoge tempestades. Asúmanlo señores y señoras. Somos libres. Si no lo soportan, hace tiempo que dejó de ser nuestro problema. Debéis gestionarlo vosotros mismos.

Nunca habría que hacer manifiestos, esos son para los que tienen miedo a la libertad de los demás. Habría que hacer manifestaciones de alegría. Manifestaciones de independencia mental, de resistencia a la colonización ideológica del odio a la diversidad.

Como decía Virginia Woolf: “No hay barrera, cerrojo ni cerradura que puedas imponer a la libertad de mi mente”. Ahí jamás pueden entrar, que es el corazón y la libertad de nuestras vidas. Además de eso, hay que exclamar con victoria que los valientes y los libres cada vez vencemos más. Eso es un motivo de orgullo, aunque todavía quede un largo camino por recorrer.