Disfrutamos poco de lo que tenemos y valoramos mucho lo que nos falta

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 3 julio, 2018
Fátima Servián Franco · 3 julio, 2018

Uno de nuestros mayores problemas es que disfrutamos poco de lo que tenemos y valoramos mucho lo que nos falta. Echar de más lo que luego echaremos de menos es una forma común e irrealista de pensar sobre determinadas personas y situaciones. A pesar de que nuestros objetivos nacen de lo que nos falta, es un error crear necesidades de algo que realmente no nos hace falta.

A veces, caemos en el error de llamar necesidad a casi todo lo que no tenemos y obligación a lo que realmente podríamos disfrutar, como personas, sentimientos o situaciones. Así, desaprovechamos muchas ocasiones reales porque preferimos fantasear a experimentar la realidad, posiblemente porque lo primero es a menudo más fácil que lo segundo.

En general, disfrutamos poco de lo que tenemos; y esto suele ser un patrón que algunos, por desgracia, experimentan la mayor parte del tiempo. Algunos expertos en la materia hablan incluso del síndrome de la pieza faltante para referirse a esa fijación constante por eso que no poseemos, llegando, a veces, incluso a rozar la obsesión.

No esperes a tenerlo todo para disfrutar de la vida, ya tienes la vida para disfrutarlo todo.

Mujer triste pensando en cómo superar el pasado

Dejemos de idealizar y vivamos de verdad

Es algo razonable y lógico llegar a una meta y pensar en la siguiente. Sin embargo, el problema llega cuando al mismo tiempo, disfrutamos poco de lo que tenemos. He ahí la clave: el momento presente, nos guste o no, es lo único que tenemos y es la llave para vivir en plenitud.

El inconformismo es una tendencia inherente en el ser humano, pero no te tiene por qué amargarnos la vida. Por otro lado, la motivación es vital y hasta cierto punto es instintiva. Ahora bien, esto no tiene que ser negativo, pero si aunamos al inconformismo crónico la idealización de lo que no tenemos podemos caer en un pozo de insatisfacción, creando nosotros mismos una realidad paralela.

La idealización suele jugarnos malas pasadas. Añoramos o deseamos algo porque creemos que vamos a estar mejor si lo conseguimos; y en realidad, no podemos saber con certeza cómo será una situación hasta que la vivimos. Idealizar es dar un valor a ciegas, que normalmente después no se corresponde con el real. Ser consciente de todo ello es el primer paso para disfrutar de nuestro día a día.

Hay que tomar conciencia de lo que tenemos, de lo que somos y disfrutar lo que la vida nos ofrece. Tenemos que tener cuidado con lo que buscamos y deseamos. No hay situaciones perfectas, solo las que nos montamos en nuestras cabezas. Y ahí entra en juego la idealización sobre lo que no tenemos, de lo que tienen otros y de todo aquello que nos faltan.

A veces, dejamos de vivir nuestra realidad por algo que no existe. Idealizar es el primer paso hacia la desilusión.

El infierno está empedrado de malas atenciones

Disfrutamos poco de lo que tenemos porque realmente no prestamos atención. Saber a qué hacer caso es el primer paso para valorarlo. Prestar atención a las cosas adecuadas nos abre una ventana al bienestar porque quien sabe disfrutar de lo poco o mucho que le rodea, ha aprendido la verdadera esencia de la vida.

Valorar y apreciar aquello que tenemos es fundamental para cubrir tanto nuestras necesidades como las de aquellas personas que nos rodean.

Mano tocando un sol al atardecer

A continuación, os dejamos un viejo cuento que nos enseña la razón por la que muchas veces vivimos enfocados en placeres superficiales que no podemos conseguir, mientras nos perdemos todo lo positivo de nuestra existencia.

“En un castillo inglés existía una regla por la que los visitantes no tenían que pagar entrada para poder visitarlo, y eso atraía a la mayoría de los turistas llegados a ese lugar. Un vez dentro del castillo solo había una condición para no pagar la visita: esta se tenía que hacer con una cuchara en la boca llena de arena, y si no se caía ni un gramo durante el recorrido, este finalmente sería gratuito. Todos los visitantes, entusiasmados, aceptaban el reto, y recorrían el castillo ilusionados con poder llegar hasta el final sin perder ni un gramo del contenido de la cuchara.

Como resultado, la mayoría de los visitantes no pagaban la entrada material, pero pagaban un precio mucho mayor: no haber podido apreciar nada del interior castillo. Ninguno de los visitantes que llegaron con la cuchara llena de arena habían visto el interior de la fortaleza, sus valiosos cuadros, su arquitectura, porque únicamente habían estado mirando su cuchara para no derramar la arena”.

Por lo tanto, no seas como esos visitantes. Aparta la vista de lo que crees que te falta, y comienza a disfrutar hoy mismo de lo que ya tienes.