Educar con amenazas: un error que cometen los padres

Las amenazas generan miedo y pueden servirnos para imponer nuestra voluntad en un determinado momento, pero difícilmente sirven para educar.
Educar con amenazas: un error que cometen los padres

Última actualización: 09 diciembre, 2021

Nadie ha dicho que educar a un hijo sea sencillo. En muchas ocasiones, puede volverse un proceso complicado, que dé la sensación de no terminar nunca. Sin embargo, hay que recordar que educar a un hijo significa conectar emocionalmente con él. Por eso intenta no perder la paciencia ni educar con amenazas.

Y es que las amenazas muestran a unos padres desesperados y sin herramientas para educar correctamente a sus hijos. Y aunque no lo creamos, autoridad y amenaza no son lo mismo. Lo segundo supone un importante refuerzo negativo para el niño que puede desembocar en un alejamiento emocional.

Educar con amenazas

No resulta tan extraño que algunos padres o tutores utilicen la amenaza como un recurso para educar a los pequeños. Al fin y al cabo, es como educaron nuestros abuelos a nuestros padres y, al mismo tiempo, como sus padres les educaron a ellos.

Y es que, según Maricela Fonseca Analco, psicóloga cognitivo-conductual por la Universidad Autónoma de Guerrero, la amenaza es un recurso heredado. “La mayoría de los adultos lo hacen de esa manera por su propia experiencia”, asegura. También recuerda que “ellos también fueron amenazados en su infancia o adolescencia”.

“La amenaza en los niños, significa que algo malo y muy grave le va a pasar a él, a su familia o a un objeto preciado”.

-Maricela Fonseca Analco, psicóloga cognitivo-conductual-

Padre castigando a su hijo

Teniendo en cuenta que la amenaza tiene como fin principal intimidar, está claro que no debe ser una herramienta educativa. “En los niños, significa que algo malo y muy grave le va a pasar a él, a su familia o a un objeto preciado”, cuenta Fonseca.

Curiosamente, lo más probable es que las amenazas tengan un efecto contraproducente en la educación de nuestros hijos. Hay que tener en cuenta que “pueden hacerlos sentir que tienen que luchar, pelear o transgredir para cuidar aquello que es amenazado“.

Cuando los niños son pequeños puede que las amenazas surtan efecto, pero no es más que una falsa sensación de autoridad. Lo que provocan las amenazas en los pequeños es miedo, uno de los valores opuestos a toda buena educación.

Consecuencias de utilizar amenazas

Pero, ¿qué consecuencias reales puede tener el uso de amenazas en la educación de nuestros hijos? Diferentes estudios aseguran que, principalmente, provocan un distanciamiento emocional con los padres. Sin duda, un factor que dificultará la educación en etapas posteriores de su desarrollo y crecimiento.

  • Afectan a la autoestima de tu hijo. Y es que, por mucho que puedan tener efecto al principio, las amenazas minan la autoestima de nuestro hijo. El pequeño no se sentirá valorado, lo que puede traducirse en una posterior conducta beligerante hacia los padres.
  • Provocan estrés. El estrés que puede provocar una amenaza afectará al carácter de nuestro hijo, así como a su personalidad.
  • No conllevan responsabilidad. Lo único que aprenderá tu hijo con reprimendas es a evitar castigos y a alejarse del enemigo que se los impone. Es decir: las amenazas no enseñan el concepto de responsabilidad. Al fin y al cabo, es lo que nos gustaría inculcar a los pequeños cuando tienen que atender a una determinada tarea.
  • Normalizan la agresividad. La amenaza es violencia y agresividad. Y si las usamos con frecuencia, el niño normalizará una serie de conductas que le dificultará relacionarse convenientemente con la gente que le rodea.
  • Producen falta de autoridad. No nos equivoquemos, el miedo no es lo mismo que la autoridad. Creemos que una buena amenaza nos dará autoridad sobre nuestro hijo, pero nada más lejos. A lo único que lleva el miedo es a alejarnos de nuestros pequeños.

Una amenaza que nunca se cumple

Otro de los inconvenientes de educar con amenazas es que el castigo anunciado raramente se llega a cumplir. ¿Y esto que significa? Que nuestro hijo no tardará en cogernos la medida.

“A medida que el niño se da cuenta que quien lo amenaza no cumple su intimidación, ya no creerá en ese método de disciplina”.

-Maricela Fonseca Analco-

Según Fonseca, puede que “las primeras veces sí funcione”, pero no tardarán en invertirse las tornas. Y es que, “a medida que el niño se da cuenta de que quien lo amenaza no cumple su intimidación, ya no creerá en ese método de disciplina”.

Un fenómeno muy común en este tipo de situaciones es que el pequeño crea que puede o debe “pelear aún más para proteger lo que está bajo amenaza”.

Niño mirándose al espejo con tendencias narcisistas

La disciplina positiva, una alternativa

“El primer paso es que los adultos acepten anular esa forma de crianza y aprendan nuevas estrategias”, sugiere Fonseca. Y como ella, muchos otros expertos recomiendan recurrir a la disciplina positiva para inducir a nuestros hijos a que cumplan determinada tarea.

  • Metas a largo plazo. Queremos que los niños se laven todos los días los dientes, estemos o no presentes para imponer un castigo. Por eso es importante establecer metas a largo plazo desde el principio.
  • Calidez. Podemos dar órdenes y dirigir su comportamiento de manera firme sin renunciar a ser cálidos y amables. Además, los juegos y los dibujos pueden ser grandes aliados para explicarles conceptos complejos.
  • Empatiza con tus hijos. Si queremos potenciar la empatía, lo mejor es empezar por practicarla con ellos. Están creciendo y no cuentan ni con la madurez ni con la visión que puede tener un adulto. Comprender lo que piensan y sienten los pequeños nos ayudarán a entenderles mejor y a que la comunicación sea mucho más fluida.
  • Solución de problemas. La relación entre un padre y un hijo se basa en solucionar problemas, no en generarlos. Por eso debes brindar a tu pequeño soluciones a sus problemas, por pequeños que sean. No consiste en crear conflictos, regañinas ni llegar a los golpes.

Muchos expertos en educación infantil sugieren referirnos a nuestros hijos con consecuencias, no con amenazas. “Si no te lavas los dientes, la boca te olerá mal; si no haces los deberes, no tendrás tiempo para jugar con tus amigos”. Es decir: plantea las consecuencias reales de hacer o no hacer determinada tarea en lugar de amenazarlos con dañar algo que quieren. Con el tiempo, el niño conocerá por sí mismo las consecuencias de sus actos, que es en lo que consiste todo esto.

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