El Bar: el absurdo de la naturaleza humana

20 enero, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la crítica de cine Leah Padalino
El Bar nos sitúa en un día de lo más normal, aunque, pronto, lo cotidiano desaparecerá para dar paso a una serie de eventos absurdos y descabellados, donde la supervivencia primará ante la moralidad. La humanidad en estado puro, en su forma más salvaje, eso es El Bar. ¿Cómo actuamos ante una situación extrema?

Las dos últimas películas del cineasta bilbaíno Álex de la Iglesia vinieron casi de la mano, El Bar Perfectos desconocidos se estrenaron en 2017, aunque su impacto fue muy distinto. Mientras la primera obtuvo una recaudación algo más discreta, la segunda se convirtió en la película más taquillera del director. Quizás, la trama del remake sea más atrayente para el público de masas, pero lo cierto es que pierde, de alguna manera, la esencia del director. El Bar, por el contrario, se acerca mucho más al peculiar estilo al que nos tiene acostumbrados Álex de la Iglesia.

Un estilo bestia, descabellado y violento donde los peores instintos salen a relucir. De la Iglesia se siente cómodo en ese bar de barrio y en ese escenario grotesco en el que desembocará la acción. Se encuentra en su medio, en la clave de su cine y de su éxito. Algo que, por otro lado, juega un poco en su contra; esa comodidad le hace confiar, confiar demasiado en su película y en que cualquier cosa, por inverosímil y repetitiva que sea, puede llegar a triunfar.

De la Iglesia nos tiene muy acostumbrados a un reparto coral y variopinto que funciona realmente bien. Pero suele cojear en los finales, en el cierre de sus películas. La sucesión de eventos descabellados puede ser fascinante, pero también caer en un absurdo difícil de soportar. Personalmente, puedo decir que El Bar es una película disfrutable, entretenida y con un argumento realmente atractivo. Sin embargo, puede llegar a cansar, a convertirse en una película que no llega a brillar dentro de la filmografía del cineasta, que viene a ser «más de lo mismo».

Una mañana normal, en el centro del gigantesco Madrid, un grupo de personas desayuna sin sobresaltos en un bar. Algunos se conocen, otros están de paso. De pronto, la normalidad se ve interrumpida por lo trágico: alguien acaba de morir de un disparo a las puertas del bar. El caos urbano se ha esfumado, la ciudad parece desértica y este grupo de personajes se encuentra atrapado en el interior del bar.

El Bar posee un argumento interesante, profundiza y dibuja bien a los personajes. Como si de un reflejo de la sociedad se tratase, De la Iglesia ha logrado captar la verdad tras la máscara. La naturaleza que escondemos tras los papeles que desempeñamos en la sociedad.

El Bar, un no-lugar

El bar que vemos en la película es un bar como cualquier otro, sin ningún encanto especial. Ese bar al que acuden las gentes de los alrededores a desayunar por las mañanas o personas que, como Elena, jamás lo volverán a pisar. En ese espacio limitado, pero conocido, se moverán los personajes que dan vida a la película.

Marc Augé es un antropólogo francés a quien se le atribuye la creación del término no-lugar. ¿Qué es exactamente un no-lugar? Un lugar de paso, un lugar donde la identidad no se manifiesta, un espacio de comunicación artificial, que no aporta nada al individuo. Augé identifica como no-lugares a autopistas, habitaciones de hotel, aviones, etc. Es decir, lugares en los que permaneceremos por poco tiempo, con los que apenas vamos a interactuar y de los que, difícilmente, extraeremos relaciones significativas.

El no-lugar se contrapone al lugar antropológico, el lugar en el que reside la identidad. Los no-lugares son espacios de tránsito, en constante movimiento. Espacios de los que la sociedad contemporánea está más que plagada. Que un espacio sea o no un no-lugar es algo totalmente subjetivo. Dependerá de lo que este signifique para cada individuo y del grado de interacción que tengamos con él. Hay quienes ven en estos espacios una especie de cruce de caminos, de intercambios.

Personas asomadas tras los cristales de un bar

Así, el escenario de la película de Álex de la Iglesia es un bar con un considerable flujo y cambio. Un no-lugar en el marco de la ciudad que no para de crecer y de moverse, un lugar de anonimato para muchos y de refugio para otros. De este modo, nos encontramos con Elena, una joven que entra al bar únicamente para cargar el móvil; y a Trini, una clienta que acude todos los días a jugar a la máquina tragaperras.

Elena y Trini no son los únicos personajes que se encuentran en el reducido espacio, sino que un total de 8 personajes permanecerán encerrados en el mismo. Álex de la Iglesia ya ha mostrado su gusto por la claustrofobia, por encerrar a un grupo de personas en un lugar del que no podrán salir y en el que vivirán situaciones extremas. En esta línea, nos ha brindado títulos como La Comunidad o Mi gran noche y, por razones obvias, la película El Bar no ha escapado de las comparaciones con una de las grandes del panorama nacional: El ángel exterminador (1962) de Luis Buñuel.

El Bar arranca en un espacio reducido en el que las conversaciones no son demasiado profundas; un lugar que, para cada personaje, representa algo distinto. Un espacio que quedará congelado frente al frenético ritmo de la ciudad contemporánea.

El reparto coral como representación de la sociedad

El Bar es una buena caricatura de la España de nuestros días, pues dibuja a la perfección las costumbres de nuestra sociedad. Los personajes son de lo más variopinto: un indigente; una joven pija, pero tremendamente insegura; una mujer de mediana edad y apariencia normal con problemas de ludopatía; un joven hipster; un expolicía que fue expulsado por sus problemas de alcoholismo; etc.

A medida que la situación se torna más desesperada, los personajes se mostrarán tal y como son en realidad. El filósofo español Eugenio Trías habló de estas cuestiones en su obra Filosofía y Carnaval. Para Trías, actuamos en relación a los convencionalismos, a los papeles que la propia sociedad nos ha otorgado. Estos papeles son múltiples, no actuamos igual en todas las situaciones ni proyectamos la misma imagen.

Esto es, precisamente, lo que apreciamos en el caso del filme. Siguiendo el ejemplo con el que comenzábamos, el de Elena, vemos que la joven no actúa igual cuando habla por teléfono con su amiga que al entrar al desconocido bar. Igualmente, todos los personajes presentan cierta dualidad: la imagen que proyectan, frente a los secretos que ocultan a los demás.

Personas asustadas en un bar

Este baile de máscaras es un reflejo de nuestro mundo, de los bares que frecuentamos a diario, de las ciudades modernas en las que las identidades son, cada vez, más múltiples. Curiosamente, el personaje cuya identidad se mantiene más estable en todo momento es Israel, el indigente. Israel parece no pertenecer al mismo mundo que el resto, se muestra como un hombre que habrá tenido incontables problemas en su pasado, pero en ningún momento trata de engañarnos.

A medida que la situación se torna desesperada, todos los personajes lucharán por subsistir, por su supervivencia individual, sin importar la de los demás. En medio de este «sálvese quien pueda», las máscaras se irán disolviendo, mostrando la hipocresía que encierra nuestro mundo. Sin embargo, Israel no se deshace de su máscara o, al menos, lo hace en menor medida; ¿por qué? Sencillamente, porque Israel no se esfuerza por agradar a nadie, no quiere proyectar una imagen distorsionada de sí mismo.

¿Son aquellos a quienes excluimos más auténticos? Israel ya se encuentra en una situación desesperada, ya lucha a diario por su supervivencia; por ello, queda, de algún modo, excluido de la sociedad y, como consecuencia, carece de máscara. Entre lo escatológico, lo cómico y lo trágico, El Bar nos envuelve en una demostración de la naturaleza en estado puro, en su estado más animal. Una situación en la que el instinto de supervivencia prevalece ante la moralidad y las normas sociales. Desenmascarando a los personajes, se presencia la peor de las facetas del ser humano, la naturaleza de nuestro ser ante una situación extrema.

«Someted vuestros apetitos, amigos míos, y habréis conquistado la naturaleza humana».

-Charles Dickens-

  • Augé, M., (2009): Los no lugares: espacios del anonimato. Antropología sobre modernidad. Barcelona, Gedisa.
  • Trías, E. (1984): Filosofía y Carnaval y otros textos afines. Barcelona, Anagrama.