El bosque: cuando la realidad no es lo que parece

16 noviembre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la crítica de cine Leah Padalino
El Bosque es una de esas películas que despiertan sentimientos encontrados; no es terror, pero tampoco es un retrato de la realidad, aunque pueda leerse como una alegoría. Su cineasta, M. Night Shyamalan, logró poner al espectador en una tesitura similar a la de la alegoría de la caverna de Platón.

Los finales inesperados parecen ser la seña de identidad de M. Night Shyamalan, el cineasta indio que, allá por el año 1999, conquistó al público con El sexto sentido. Tras el éxito del filme protagonizado por Bruce Willis y la entonces joven promesa del cine Haley Joel Osment, Shyamalan probó suerte con otros títulos como El Protegido (2000) y Señales (2002).

La ciencia ficción, el thriller y los superhéroes se adueñaron de dichos filmes hasta que, en 2004, volvió a sorprender con El Bosque, una película que muchos identificaron con el terror, pero que, en realidad, seguía la estela de otros largometrajes del cineasta.

En una pequeña aldea de Pennsylvania, una amenaza desconocida se esconde entre los bosques que envuelven la localidad. Los habitantes son conscientes de los peligros que acarrea atravesar los límites, y todos ellos conocen bien las reglas: nunca vistas de rojo, escucha las llamadas de alerta y aléjate del bosque.

Con esta premisa, Shyamalan dibujó una historia en la que nada es lo que parece y en la que la tensión y la incertidumbre se adueñan del espectador.

¿Una película de terror?

Es cierto que El Bosque, tan solo con ver su trailer, puede inspirar esa sensación en el espectador, la de estar ante una película de miedo. Sin embargo, tras su visionado, la duda asalta: ¿qué acabamos de ver? ¿Era un filme de terror o la enésima puesta en escena de la alegoría de la caverna de Platón?

Por ello, no es de extrañar que las reacciones sean tan dispares: por un lado, la crítica aplaudió el filme, aunque no de forma unánime; por otro, los espectadores se sintieron un tanto engañados. Tal vez, el mundo esperaba encontrarse ante la nueva Psicosis o incluso ante una obra en la que se repitiera la esencia paranormal de El sexto sentido.

El Bosque no es un filme de terror, aunque pueda beber de la herencia del género en más de una ocasión. Sino que se trata de una película que apela a la duda y que pone en tela de juicio las estructuras sociales y los límites del conocimiento.

Salir o no de la zona de confort, dejarse llevar por el corazón en lugar de por la razón, obedecer o no a la autoridad… Estas son algunas de las cuestiones que plantea Shyamalan en su filme.

¿Es el bosque tan peligroso como lo han querido reflejar? ¿Qué se oculta tras los árboles que rodean la aldea?

Dudo que, a estas alturas, haya quien desconozca la obra de Shyamalan, pero con el fin de evitar spoilers indeseados, os advertimos de que el artículo podría desvelar algunos de los acontecimientos fundamentales de la trama.

A partir de este momento, vosotros decidís si permanecer en la caverna o atravesar el umbral que os llevará a la luz cegadora de la realidad.

Niño con miedo en el bosque

El Bosque: relación con la alegoría de la caverna

Shyamalan pone en escena un lugar y una serie de personajes que, de inmediato, nos recordarán a nuestro pasado histórico. Un pasado dominado por la mitología y la superstición. En la aldea en cuestión, tienen lugar extraordinarios y aterradores sucesos vinculados al bosque circundante.

Nadie se atreve a atravesarlo, nadie se atreve a descubrir qué hay más allá de los límites de sus fronteras. Los habitantes de la aldea se ven profundamente influenciados por las ideas de sus líderes y la tradición. De alguna manera, se ha logrado transmitir la idea de que, en la ciudad, no ocurre nada bueno; y, por tanto, lo mejor es permanecer entre los muros del hogar.

¿Qué ocurriría si alguien se atreviera a cruzar los límites de la frontera? Pese a que, durante años, se ha establecido una especie de tregua o paz entre los ciudadanos y las extrañas y siniestras criaturas que habitan el bosque, se ha llegado a un momento en el que es necesario atravesarlo.

Ante la grave herida de uno de sus habitantes, la única solución posible es llegar hasta la ciudad en busca de medicinas. El problema es que la ciudad ha sido dibujada, para los aldeanos, como un mundo hostil, en el que la vida pacífica no tiene cabida.

Hombre con capucha amarilla

El color rojo evoca lo prohibido en la aldea, lo siniestro y aquello que debemos evitar; de alguna manera, alude a las pasiones, a lo irracional sobre lo racional. Mientras tanto, el amarillo se eleva como el color de la protección, como aquel color que mantiene la razón y que evita lo terrible del bosque.

Sin embargo, si atendemos al simbolismo de ambos colores, nos daremos cuenta de que, a pesar de que el amarillo puede poseer connotaciones positivas, desprende cierto halo de misterio, de engaño y mentira. Así, mediante lo visual, Shyamalan nos advierte del engaño de su historia.

La aldea se enmarca dentro de los estándares del siglo XIX, sin embargo, la realidad es bien distinta. Por esta razón, deciden que una ciega se convierta en la candidata idónea para cruzar los límites del bosque y dirigirse a la ciudad. Una persona invidente jamás podrá retratar o aportar una visión clara del mundo exterior, de esta manera, las figuras del poder no se arriesgan a que la verdad sea descubierta o, al menos, eso piensan los órganos de gobierno.

Y la verdad es que la aldea, pese a sus similitudes con siglos pasados, se encuentra en un momento histórico bastante más cercano. Si, Shyamalan nos dibuja la caverna en sí; y lo hace desde el punto de vista de sus propios habitantes. Es decir, de aquellos que evitan el conocimiento de la realidad.

Platón retrataba a unos individuos que creían en la realidad que tenían ante sus ojos, unos individuos que creían en las sombras y que, ante la realidad, se asustarían y tratarían de erradicar a aquel que fuera contra sus principios. Shyamalan sigue esta premisa, pero dota a su protagonista de la ceguera, así, se plantea la duda y sitúa al espectador en otra tesitura.

Mujer mirando casa

El miedo como mayor enemigo

El Bosque establece ciertos paralelismos con la caverna platónica y, tal y como hizo el filósofo griego, sienta sus bases en el adoctrinamiento y, más específicamente, en el miedo. El humano no querrá atravesar el umbral de realidad por miedo, preferirá permanecer en su zona de confort, en aquel elemento que le dota de tranquilidad y protección.

Así, aunque el miedo se torne irracional, se eleva como una de las bases de la sociedad que plantea Shyamalan en su aldea. Tras el descubrimiento de la luz, del que la protagonista no es consciente a causa de su ceguera, el espectador comenzará a cuestionarse si, quizás, todavía permanece en la caverna o, en otras palabras, en la oscuridad.

¿Vivimos un engaño? ¿Son las normas que rigen las religiones, o incluso, la sociedad irracional? Estas son algunas de las cuestiones que nos planteamos tras ver El Bosque, un filme en el que nada es lo que parece y en el que el miedo termina por adueñarse de la sociedad con el fin de satisfacer determinadas necesidades individuales.

El Bosque no resultará sorprendente para los seguidores más acérrimos del realizador indio, pues todos ellos conocen a la perfección su gusto por los giros argumentales, por los spoilers enmascarados y por los finales ‘sorpresa’. Sin embargo, se trata de una película que termina por calar en el espectador, haciendo que se plantee algunas cuestiones fundamentales acerca de la sociedad en la que vive.

Entre un juego de contrastes, de luces y sombras, de colores prohibidos y de tonos protectores, El Bosque se eleva como una burla ante las apariencias, como un mito de la caverna cuasi contemporáneo que se confunde con el terror.

La explicación lógica termina por erradicar el terror paranormal para, finalmente, recordarnos que no existe mayor amenaza que el propio ser humano, que no hay mayor límite que el de la propia mente y que no existe mayor amenaza y horror que la que proviene del autoritarismo y de la imposición de la propia realidad.