El caso Virgil: entre la ceguera y el color

Edith Sánchez · 7 noviembre, 2019
Este artículo ha sido verificado y aprobado por el psicólogo Sergio De Dios González el 7 noviembre, 2019
El caso Virgil nos recuerda que lo bueno y lo malo son conceptos relativos. A veces, a partir de lo malo construimos estrategias de adaptación que nos permiten alcanzar el equilibrio. Así mismo, también puede ocurrir que no estemos preparados para explorar nuevas posibilidades que la vida nos plantee.

El caso Virgil fue relatado por el neurólogo Oliver Sacks y llama mucho la atención porque nos remite a las sutiles y grandes diferencias que hay entre mirar y ver. Entre ver y captar. Virgil había nacido poco después de la Segunda Guerra Mundial, en Kentucky (Estados Unidos). Era un niño normal.

Tenía 1 o 2 años, cuando su madre notó que tenía problemas para ver. Se estrellaba frecuentemente con los objetos, aparentemente sin razón. Todo cambió cuando a los 3 años, Virgil enfermó gravemente. De manera simultánea padeció meningitis, poliomielitis y una infección causada por arañazos de gato.

Tuvo convulsiones, le dejó prácticamente ciego y con parálisis en las piernas. Más tarde entró en coma. Cuando logró salir de ese estado, su personalidad había cambió significativamente. Se volvió mucho más pasivo y conformista, rasgos que por otra parte nunca había mostrado. El caso Virgil apenas comenzaba.

Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos”.

-José Saramago-

Oliver Sacks
Oliver Sacks

La ceguera y la adaptación

El relato del caso Virgil prosigue señalando que pasado un año, el paciente se recuperó. Incluso volvió a ver, pero tenía las retinas muy dañadas. Dos años después desarrolló cataratas en ambos ojos y quedó funcionalmente ciego. Sin embargo, distinguía la luz de la oscuridad y veía algunas sombras. Pese a ello, fue enviado a una escuela para ciegos.

Con los años, Virgil logró llevar una vida relativamente normal. Aprendió Braille y terminó sus estudios secundarios. Más adelante, estudio fisioterapia y se convirtió en un profesional muy apreciado. Se mudó a otra ciudad en donde consiguió un trabajo que lo satisfacía y en el que era muy valorado.

El caso Virgil nos cuenta que hubo un punto de quiebre en la vida de este hombre. Casi a los 45 años se reencontró con una amiga de su juventud, Amy. Ella se había divorciado hacía algunos años y sentía gran estima por Virgil. Al final, los dos decidieron casarse. El punto es que a Amy empezó a alimentar la idea de que quizás su futuro esposo podría recobrar la vista.

El desconcertante caso Virgil

Amy lo llevó a un oftalmólogo. Este encontró que quizás el diagnóstico inicial había sido mal formulado. Lo que Virgil tenía era simplemente cataratas y bastaba con una cirugía para retirarlas. Así, según este planteamiento, había grandes probabilidades de que volviera a ver. Al respecto, el paciente se mostraba más bien indiferente. Su novia, en cambio, se sentía muy ilusionada.

La operación se hizo. Cuando le quitaron los vendajes, Virgil dijo que podía ver. Sin embargo, su reacción no era de júbilo, sino más bien de temor y confusión. Pensemos que él era ciego prácticamente de nacimiento. De su mente se habían borrado los recuerdos de los primeros años, en los que apenas si había alcanzado a ver. Oliver Sacks señala que son muy pocos los casos en los que después de tantos años la persona vuelve a ver.

Lo que señala el caso Virgil es que este hombre tuvo un fuerte impacto al enfrentarse con la realidad visual. Le llevó mucho tiempo entender que una cara era una cara y no una mancha que se movía. También le costaba estimar distancias utilizando la profundidad visual. Se asustaba porque no sabía lo cerca estaban los objetos de él.

Ojo

Ver, mirar y captar

Dice el caso Virgil que el entorno vivió la recuperación como si fuera un milagro. Para él no. Llegó a decir que se sentía mucho más indefenso al ver que cuando era ciego. Todos los días aprendía a “ver” cientos de cosas nuevas. Y todos los días también olvidaba buena parte de ellas. Era demasiada información a la vez.

Cuando veía los partidos de béisbol, en lugar de escucharlos, su cabeza se hacía un lío. No podía entender lo que pasaba. Solo veía “cosas” que se movían de un lado para otro, pero no lograba estructurarlas en una idea integral. Estaba a punto de casarse y la situación era en extremo de presión. Así que empezó a presentar “regresiones”: a veces, volvía a comportarse como un ciego.

Meses después, sufrió una grave baja de defensas, unida a un estado de ánimo muy bajo. Estuvo grave y convaleciente por varios meses. Al salir del hospital, se encontró un nuevo daño en sus retinas. Poco después, quedó ciego definitivamente. Esto lo hizo sentirse más tranquilo. El caso Virgil no es el único de este estilo. Ver puede ser una «maldición» cuando toda la mente está estructurada para no hacerlo.

Rodríguez Díaz, S. (2013). Más allá de la discapacidad: reflexiones en torno a la relatividad de la organización sensorial. Revista Sociológica de pensamiento crítico, 5(2).