El delfín que pidió ayuda a un humano

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 17 junio, 2015
Valeria Sabater · 7 agosto, 2014

Cuando ocurren estas cosas y disponemos de testimonios gráficos y personales, se convierten rápidamente en noticia. Son reflejo de la grandeza del mundo animal, ése del que tanto hemos de aprender, hechos llenos de sensibilidad y grandeza que siempre nos obligan a detenernos, y a pensar un poco en esa dudosa posición que tenemos los humanos, como seres más inteligentes de nuestro planeta.

¿Es normal que un cetáceo pida ayuda a una persona? Todos conocemos las grandes matanzas que cada año ejecutan países orientales, las crueles persecuciones sobre ballenas e incluso las cacerías llevadas a cabo hacia tiburones en busca de sus aletas. El mundo del océano no es precisamente un escenario que el ser humano haya respetado demasiado. Pensemos también en el serio vertido de plásticos sobre los mares, esa contaminación ambiental que está afectando al ecosistema marino.

Es algo a tener en cuenta y que nos debe hacer pensar un poco: la grandeza de este escenario acuático no radica únicamente en su inmensa extensión, sino también,  en la auténtica “humanidad” de los propios animales que habitan en él. Esos hermanos desconocidos que tantas veces nos sorprenden.

EL DELFÍN QUE PIDIÓ AYUDA AL HUMANO MÁS ADECUADO

Laros Keller es un submarinista con muchos años de experiencia. Son muchas las cosas que ha aprendido del mundo del océano, pero según él mismo explicó al “Daily Mail”, lo sucedido recientemente supera cualquier cosa que haya vivido en ese medio que siempre ha amado.

Aquella mañana se encontraba haciendo un documental en Hawai para la empresa  Ocean Wings Hawaii, Inc. Se trataba de algo sencillo: seguir a un grupo de mantas rayas y filmar sus movimientos durante algún tiempo. Son un tipo de animales magnéticos y atractivos que siempre suelen gustar al gran público. Inmerso como estaba en su trabajo, de pronto se dio cuenta de que una sombra blanca se acercaba a él desde la lejanía. ¿Era un delfín? Sí, así era.

Pero algo ocurría. Keller no podía dejar de mirar con cierto desconcierto el modo en que aquel animal se acercaba a él, avanzaba con dificultad, en especial por la parte izquierda de su cuerpo. Era como si de un momento a otro, fuera a hundirse hacia abajo en las profundidades del océano. Y lo que era más curioso aún. Se estaba acercando a él de un modo que no era normal, es más, llegó incluso a pegarse a él. Se trataba de un delfín nariz de botella, una de las especies más inteligentes del reino animal.

Keller conocía la inteligencia de estos animales, así que intuía que algo debía ocurrir. Ahí estaba… el animal  tenía una línea de pesca clavada con un anzuelo en su aleta pectoral izquierda. Estaba claro lo que aquel delfín le estaba pidiendo: que se lo quitara, que lo liberara de ese sufrimiento. Pero lo más curioso de todo ello era que entre todo el pequeño grupo de submarinistas de aquella expedición, el animal le pedía ayuda a él en concreto. Era como si supiera que era el que más experiencia disponía de todos, el más apto para hacer lo que él necesitaba.

Keller no lo dudó e intentó desenredar la línea de pesca de la aleta pectoral del delfín. El animal se mostró paciente y sumiso en todo momento, pero no pudo sacarlo del todo dado la grave dificultad. El gancho estaba en la parte de afuera de la aleta pectoral, y una línea salía de su boca y estaba tan, pero tan ajustada, que ya podía ver incluso bastantes cortes en su cuerpo.

Así que el delfín, como comprendiendo que aquello se iba a alargar más de lo previsto, ascendió a la superficie para coger aire y volver a sumergirse después. Avanzando de nuevo hasta Keller para que lo intentara ahora de otro modo. Y el submarinista así lo hizo, sacó su navaja y, de un movimiento rápido le sacó el anzuelo de su aleta. Seguro que fue algo doloroso, pero si no lo hubiera hecho, si aquel humano no lo hubiera ayudado, nuestro delfín no hubiera durado demasiado. Dificultades para nadar, para cazar, para relacionarse…. Hubiera sido un final triste.

Pero afortunadamente la historia terminó bien, y el brillante delfín se fue satisfecho por haber confiado en la persona adecuada. La más hábil, y aquella que no iba a negarle el auxilio. Intuyó en aquel medio acuático, una empatía emocional que no le falló en ningún momento.

Este tipo de historias se dan muy a menudo. A veces son historias anónimas, historias que pasan de boca en boca, como la de aquel marinero que también le quitó el anzuelo a la cría de un delfín, y meses después, tras un accidente en que el pescador en cuestión cayó al agua tras el naufragio de su pequeña embarcación, fue esa misma familia de delfines quien lo mantuvo a flote hasta que vinieron a rescatarlo. Digno de ser recordado, sin duda.