El elefante que lloró al ser liberado

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 19 julio, 2014
Valeria Sabater · 19 julio, 2014

¿Pueden los animales llorar? Lo desconocemos. Pero lo que sí tenemos claro es que sienten, sufren, se emocionan y que aprecian la vida y la libertad tanto como nosotros. Lo ocurrido hace poco con el precioso elefante indio Rajú, nos llena de expectación y admiración. En el momento en que los integrantes de Wildlife SOS se acercaron a él, empezó a intuir que algo maravilloso iba a ocurrir.

Sin saber cómo, Rajú ya sabía que esas personas iban a ayudarlo, y que su vida, iba a cambiar. Agachó la cabeza y, simplemente, empezó a dejar caer una lágrima tras otra. Humedeciendo esos ojos y esa piel acostumbrada a las asperezas y a ver lo más oscuro del ser humano. Por primera vez, Rajú intuyó la piedad, y se rindió a ella.

LA HISTORIA DEL ELEFANTE RAJÚ

Rajú era un elefante muy pequeño cuando fue capturado por unos cazadores furtivos. Ya desde el primer día de su captura, se le condenó sin causa alguna a vivir encadenado. A llevar en sus patas una pulsera de hierro rematada con pinchos para evitar cualquier huida, para hacerle aprender mediante el dolor, que el ser humano era superior y que debía doblegarse a ellos desde entonces.

Sirvió gran parte de su vida como atracción turística, llegando a tener más de veinte dueños distintos que gustaban disponer de un animal de sus espléndidas dimensiones, para atraer a extranjeros que visitaban la India. Se le pegaba para moverlo de un sitio a otro. Se le alimentaba con aquello que los turistas tuvieran a bien de ofrecerle… de ahí que a menudo, comiera únicamente botellas de plástico que veía abandonadas por el suelo.

¿Se preguntó alguna vez ese turista occidental cómo era la vida de Rajú? ¿Se preocupó quizá algún europeo en mirar a los ojos de ese elefante para intuir su tristeza y el vacío de su corazón? En absoluto. La India es un país complejo. Lleno de espiritualidad, desde luego, pero la miseria callada lo difumina todo cuando uno está de vacaciones, y en ocasiones, siempre es mejor llevarse una fotografía de uno mismo junto a un enorme elefante, que preocuparse por ese animal que nos ha mirado sin entender por qué no vemos ni escuchamos su sufrimiento.

Afortunadamente, un integrante de la organización Wildlife SOS se encontró por casualidad con la lamentable escena de ver a un elefante herido, condenado a unas cadenas que apenas le daban movilidad. Lo denunció. Lo puso en advertencia del Departamento Forestal de Uttar Pradesh. ¿Y cuál fue el resultado? Ninguno. Los trámites son lentos, difusos y descuidados. Pero Wildlife insistió y, afortunadamente, se obtuvo una respuesta un año después. Doce largos meses en los que el gran elefante Rajú aún seguía con vida para poder recibir la noticia de su liberación.

Los cooperantes se acercaron a él una mañana de hace solo unas semanas. Llevaban equipación veterinaria con la cual poder atender sus heridas, además de algunas herramientas con las cuales, cortar sus cadenas. Y sin lugar a dudas, Rajú lo debió intuir, porque nada más verlos inclinó su cabeza y dejó escapar una lágrima tras otra… los miembros de Wildlife no dejaban de admirarse ¿Estaba Rajú llorando? ¿Era aquello el resultado de su emoción, de sus ansias y de su agradecimiento? Eran 50 años los que ese animal había vivido unido a esos hierros que los humanos habían decidido aplicarle. Y ahora, después de medio siglo, habían aparecido otros humanos para liberarlo… el elefante tenía motivos para emocionarse, para confiar en que no todos disponían del mismo corazón y las mismas oscuras entrañas.

Rajú vive ya tranquilo en el Centro de Conservación de Mathura. Ahora ya no come desechos ni botellas de plástico. Rajú ahora disfruta de las galletas, los mangos, los plátanos, el agua fresca… y de su libertad.