El hermoso mito de Ícaro y Dédalo

Edith Sánchez · 29 septiembre, 2019
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 26 septiembre, 2019
El mito de Ícaro y Dédalo es uno de los más hermosos de la mitología griega. Nos habla, de forma alegórica, del poder del ingenio, pero también de las trampas que plantean la envidia y la ambición.

El mito de Ícaro y Dédalo nos cuenta que este último era uno de los artesanos más hábiles de Grecia. Su fama traspasaba fronteras. En especial, era un verdadero maestro de la arquitectura y la escultura. También hacía trabajos en madera de una calidad notable. Su arte era valorado por reyes y dioses.

Sin embargo, Talos, uno de sus discípulos, que también era su propio sobrino, ideó una herramienta: la sierra. Esta era sumamente útil y maravillosa, por lo que despertó la admiración de todos los hombres de aquel tiempo. Talos decía que había construido el instrumento inspirado en los colmillos de las serpientes.

Dédalo sintió envidia por el repentino éxito de quien hasta entonces era su subalterno. El sentimiento era tan fuerte que no podía sino pensar en deshacerse de él. No lograba aceptar que hubiese alguien más ingenioso que él. Por eso, citó a Talos en lo más alto de la Acrópolis. Cuando estaban allí, lo lanzó desde lo más alto. El mito de Ícaro y Dédalo dice que Talos murió instantáneamente.

Para crear arte, piensa como un artista. Para conectar, sé humano”.

-Seth Godin-

Estatua de Dédalo
Estatua de Dédalo

El destierro de Dédalo

Cuenta el mito de Ícaro y Dédalo que el artista no pudo ocultar su crimen. Todo se supo y el tribunal de la ciudad se reunió para imponerle un castigo. Decidieron desterrarlo y fue así como Dédalo tuvo que salir de Grecia. Después de mucho andar, encontró refugio en la isla de Creta, regida por el rey Minos.

El soberano ya sabía del enorme prestigio del que gozaba Dédalo y por eso no dudó en acogerlo en su reino. Aprovechó su presencia para encargarle importantes trabajos de escultura. Le encomendó, por ejemplo, la construcción de una enorme estatua de bronce, la misma que se convertiría en el máximo símbolo de defensa de la ciudad.

Por aquel entonces, rondaba Creta una terrible bestia: el minotauro. Este ser, mitad hombre, mitad toro, había generado espanto entre los habitantes de la isla, aunque también tenía un cúmulo de adoradores. Según lo cuenta el mito de Ícaro y Dédalo, Minos pensó que la mejor solución era encerrar a la criatura para que no causara más estragos. Le encargó a Dédalo que cumpliera esa misión.

El laberinto de Creta

Para deshacerse del minotauro, Dédalo ideó un complejo laberinto. Era un sitio formado por multitud de pasillos por todas partes y del que era prácticamente imposible escapar. Obedeciendo la orden de Minos, lo construyó; después, valiéndose de diferentes tretas, logró que el minotauro entrara en él. Los únicos que conocían la salida eran el propio Dédalo y Ariadna, la hija del rey.

Dice el mito de Ícaro y Dédalo que Teseo, un héroe legendario, llegó a Creta con la misión de matar al minotauro. Ariadna le ayudó para que entrara en el laberinto y luego pudiera salir de él. Al rey Minos no le cayó en gracia, pues para él la hazaña demostraba que el sitio no era tan seguro como Dédalo había afirmado. Así que decidió castigar al arquitecto, encerrándolo en su propio laberinto.

El castigo no solo recayó sobre Dédalo, sino también sobre su hijo, Ícaro, que entonces era muy joven. Los dos fueron condenados a vivir en ese laberinto; sin embargo, el ingenioso arquitecto no estaba dispuesto a resignarse con ese destino. Se valió de un ejercicio de inteligencia para salir de allí.

Estatua de Ícaro
Estatua de Ícaro

El mito de Ícaro y Dédalo

Dice el mito de Ícaro y Dédalo que este último hizo algunas peticiones al rey «a cambio de doblegarse a su voluntad». Dijo que deseaba hacer algunas obras para homenajear a Minos y todos le creyeron. Por eso le llevaron plumas y cera, sin preguntar para qué. Con esos elementos, Dédalo construyó unas alas para sí mismo y para su hijo Ícaro. La única forma de escapar del laberinto era volando.

Con mucha paciencia, le dio forma a las alas. Cuando estuvieron listas, y poco antes de huir, le advirtió a Ícaro que no debía volar demasiado bajo, pues las alas podían chocar con el mar y endurecerse. Tampoco podía volar muy cerca del sol, porque las alas, al ser de cera, podrían derretirse. También le dijo que no podía dejar de mover sus brazos mientras estaba en el aire.

Ícaro y Dédalo salieron volando del laberinto. Para los dos fue una sensación maravillosa. Tanto, que Ícaro de pronto quiso observar mejor todo lo que le rodeaba. Por eso decidió ascender, olvidando la advertencia de su padre. Se acercó tanto al sol, que sus alas se derritieron. Cayó al mar y murió. Dédalo voló hasta Sicilia, en donde vivió protegido hasta su muerte.

Cabañas, P. (1952). La mitología grecolatina en la novela pastoril. Icaro o el atrevimiento. Revista de Literatura, 1(2), 453.