El impacto psicológico de la desigualdad

Roberto Muelas Lobato · 24 abril, 2018

La desigualdad es un fenómeno muy presente en la realidad actual. Unos tienen más y otros menos, lo cual se aplica tanto al dinero como a las oportunidades. Y, evidentemente, esto afecta a nuestros estilos de vida así como a la calidad de vida que llevamos. Pero los efectos de la desigualdad no se quedan ahí, también existen efectos psicológicos.

El actual contexto, caracterizado por las dificultades y por la inestabilidad económica, tiende a hacer más grandes las diferencias entre clases sociales. De este modo, tenemos tres clases bien marcadas: los ricos que poseen casi todo, una clase media con poco capital, si la comparamos con los ricos, y los pobres que no tienen nada. De modo conjunto, la economía y la clase social de pertenencia van a producir los efectos psicológicos que relatamos a continuación.
Barrio pobre y barrio rico

Desigualdades cotidianas

La clase social a la que pertenecemos influye en cómo percibimos la realidad, cómo nos sentimos y cómo nos comportamos. Las personas de clase baja van a percibir que los eventos que suceden a su alrededor dependen de fuerzas externas que escapan a su control. Estas personas suelen ser más empáticas y compasivas, conductas altruistas o, con otras palabras, a realizar más acciones positivas hacia otras personas sin ganar nada a cambio. Todo ello en comparación con la clase alta.

Por otra parte está la economía, el dinero. La diferencia entre la cantidad de dinero que poseen los más ricos y los más pobres va a determinar la desigualdad económica de una sociedad. De esta forma, si en una sociedad los ricos tienen veinte veces más dinero que los pobres y en otra tienen mil veces más, la primera sociedad tendrá menos desigualdad económica que la segunda. Asimismo, las personas de sociedades más desiguales suelen ser más desconfiadas, competir más por los recursos económicos y estar a favor de que existan desigualdades económicas.

Desigualdad de clase social

Todos crecemos una clase social determinada y, la mayoría, viviremos siempre en una clase social muy similar a la que nos criamos. Por ello, desarrollamos una forma de pensar, sentir y actuar muy similar a los que nos rodean. Lo cual, a la vez, determina como nos relacionamos con otras personas.

Las personas de clase social baja suelen vivir en entornos en los que existe mucha incertidumbre, en los que su vulnerabilidad es alta y las amenazas importantes y frecuentes. Esto les lleva a percibir que sus acciones y las oportunidades que tienen no dependen de ellos, sino de elementos externos que no pueden controlar. En conjunto, son más sensibles al contexto.

Las personas de clase alta tienen más recursos económicos y su jerarquía social es más alta. Viven en sociedades con alta seguridad, más libertad de elección y que se caracterizan por la estabilidad. Por ello, estas personas aprenden a percibir que tienen la capacidad de influir en el contexto y, a diferencia de los de clase baja, se vuelven más sensibles a las opiniones de otras personas. Aunque son los de clase baja los que desarrollan mayor empatía, son más precisos a la hora de identificar las emociones que sienten las personas con las que interactúan (empatía cognitiva).

Índice de desigualdadCoeficiente de Gini: índice de desigualdad

Desigualdad económica

Se entiende que la desigualdad económica es una consecuencia de la manera en la que se distribuyen los recursos en una sociedad. La distribución puede ser más igualitaria o menos, más desigual. Como puede entenderse a simple vista, las sociedades desiguales presentan más problemas para los que menos tienen. Algunos de estos problemas son de salud, obesidad, embarazos no deseados, el abuso de drogas y, además, presentan más crímenes. Sin embargo, también existen otro tipo de problemas, los psicológicos.

Las personas que viven en sociedades más desiguales tienden a ser más desconfiadas. Por ello, también son más desagradables con los demás y participan menos en actividades sociales. Existe una menor interacción entre las personas, sobre todo cuando viven en barrios diferentes. Por otra parte, en las sociedades muy desiguales hay más competitividad. Ello lleva a que se experimenten más sentimientos de ansiedad al ser menospreciados, sobre todo en aquellos que tienen un estatus muy bajo. Aunque las personas también tienden a valorarse más positivamente a sí mismas para evitarlo.

En definitiva, las sociedades menos desiguales se presentan como mejores contextos en los que vivir. Los beneficios, tanto materiales como psicológicos, son mucho mayores en este tipo de sociedades. Además, en estas sociedades las clases sociales son más similares. Y, por si fuera poco, las personas, cuanto mayor sea la desigualdad de un país, más probable es que sus habitantes prefieran una sociedad más desigual o se preocupen menos por esa desigualdad.