El legado humano de un científico. Parte I

Esteve Gràcia Esteve · 30 enero, 2013

La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa

— Albert Einstein

Albert Einstein fue, sin duda, un hombre de su tiempo. Como otros grandes nombres que pueblan la historia del conocimiento humano, Einstein contemporizó con su época, intervino en episodios decisivos para el devenir común de la humanidad y fue un acérrimo defensor de la vida en los momentos más oscuros del convulso siglo XX. Este hombrecito, de porte frágil y endeble pero de una talla intelectual casi inconmensurable, ostenta el raro y escaso privilegio de ser una de las mentes científicas más prominentes de su siglo y, a la vez, uno de los personajes más famosos de la pasada centuria.

Sus logros en el campo de la física teórica son ampliamente conocidos gracias al interés y el empeño que dedicó en acercar la ciencia al común de los mortales. Consiguió popularizar su Teoría General de la Relatividad en unos tiempos en los que el analfabetismo campaba a sus anchas entre vastos sectores de la población, y su preocupación por despertar la curiosidad y el interés por los misterios más cotidianos de la vida hizo mella hasta en los espíritus más tercos de su época. Su vocación científica, como había acontecido desde los mismos albores del conocimiento humano no mermó sus inclinaciones filosóficas, una virtud que el siglo XX consiguió sacar de escena y a la cual Einstein supo mantenerse fiel hasta el final.

Profundamente religioso, la fe que Einstein profesaba estaba exenta de cualquier tinte sectario. Comprometido con la ciencia en tanto ésta sirviera para mejorar la calidad de vida de los hombres y procurar respuestas a los grandes misterios de la existencia, su manifiesto judaísmo no le impidió pensar una teoría propia según la cual el nivel de madurez de los individuos y las sociedades determinan la mayor o menor profundidad de sus vivencias religiosas.

Según esto, Einstein diferenciaba 3 tipos de religiosidad. Al primero de ellos lo describía como el más simple y precario, basado en una concepción mitológica de la divinidad, fundamentado en prejuicios sobre el ser humano y en la creencia de éste en entes sobrenaturales.

Al segundo estadio religioso, alcanzado por aquellos individuos que poseían un mayor grado de madurez y de compromiso con el prójimo, lo detallaba en términos sociales y morales; según el científico, este tipo de religiosidad se fundamentaba en una necesidad íntima de apoyo y amor, sentando las bases de la reciprocidad social pero, a su vez, careciendo todavía de los elementos más importantes que según él caracterizan la religiosidad más auténtica y profunda.

Y así llegamos al último peldaño, al grado más alto de misticismo al que puede aspirar el ser humano: la profundidad de sentido que el misterio, la sorpresa y la auténtica curiosidad confieren al espíritu. Un misticismo que nada tiene que ver con una concepción ascética y distante del mundo sino todo lo contrario: la gran nobleza del ser humano, para Einstein, reside en la capacidad de éste de sorprenderse ante los misterios que contiene la vida cotidiana, de percibir al otro como un ser distinto a uno mismo, tan igual como a la vez diferente a sus semejantes.

En esta capacidad de sorpresa radican los principios del respeto, del apoyo, del amor hacia los demás. Es la condición más necesaria para que el progreso y la paz tengan posibilidades de fructificar.