El niño simétrico, un fenómeno inquietante

Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 3 marzo, 2019
Edith Sánchez · 3 marzo, 2019
El niño simétrico no comprende que hay adultos que tienen autoridad sobre ellos, porque han sido criados como pares por sus padres. Esto les impide desarrollar una identidad propia y, en cambio, copian la forma de ser de sus padres, incluyendo allí sus traumas y ansiedades.

Estamos en un mundo en el que los niños se comportan cada vez más como adultos y los adultos como niños. De esta forma podría resumirse coloquialmente el fenómeno del niño simétrico. Se trata de una teoría desarrollada por la psicóloga argentina Claudia Messing, autora del libro Cómo sienten y piensan los niños hoy.

El fenómeno del niño simétrico, que también se conoce con el nombre de la teoría del niño espejo, se basa en los hallazgos clínicos de Messing. Ella destaca el hecho de que los niños son cada vez más difíciles de contener, mucho más problematizados que antes y cuentan con menos recursos psicológicos para completar su proceso de individuación. A su vez, repiten patrones disfuncionales de sus padres, según la autora.

Solo hay dos legados duraderos que podemos dejar para nuestros hijos. Uno de estos son raíces, el otro, alas”.

-Hodding Carter-

Para esta psicóloga, el fenómeno del niño simétrico tiene sus raíces en los nuevos estilos de crianza. En estos, no hay un ejercicio coherente de la autoridad ni tampoco una definición nítida de los roles materno, paterno y filial. Se ha impuesto una especie de democracia desmedida, que desdibuja las jerarquías familiares y en la que todos terminan viéndose entre sí como pares, cuando no lo son.

Niño gritando enfadado

Las características del niño simétrico

La principal característica del niño simétrico es que se trata de una persona muy difícil de contener. Él cree tener la razón todo el tiempo, cree estar totalmente seguro de lo que quiere y detesta que le pongan límites.

Le da poco crédito a los adultos, pues no siente que estos tengan algo que aportarle. No los ven ni como más conocedores, ni más experimentados, ni más nada. Para ellos, simplemente son sus iguales.

A este tipo de niños también le cuesta mucho sostener la relación con otros niños. Se trata de una relación básicamente conflictiva y competitiva. Tienen una baja capacidad de empatía, pues sienten que el mundo es tal y como ellos lo ven y no de ninguna otra manera.

Así mismo, el niño simétrico tiene gran dificultad para desprenderse de sus padres cuando llega a la edad adulta. No es que esté demasiado apegado a ellos, sino que no sabe cómo estructurar un proyecto de vida independiente. Su adaptabilidad es baja y por eso prefiere mantenerse en lo conocido.

Las dimensiones del fenómeno

La psicóloga Claudia Messing señala que el fenómeno del niño simétrico abarca cuatro dimensiones. La primera es la mimetización masiva o copia del adulto; la segunda, la paridad con el adulto; la tercera, la fantasía de completitud y la cuarta, la falta de individuación. Veamos de qué trata cada una.

La mimetización masiva o copia del adulto se refiere a ese efecto espejo que estos niños experimentan con sus padres. Los copian en todo. Ahora bien, ¿por qué esto se convierte en un problema?

Porque los chicos tienen un acceso ilimitado a la vida adulta y terminan copiando también los traumas y las dificultades de sus padres. A su vez, porque esto lleva a la segunda dimensión: la paridad con el adulto.

Cuando se habla de paridad con el adulto, a lo que se hace referencia es a la idea de que el adulto no tiene autoridad sobre el niño, que es un igual. Por lo tanto, el niño no tiene ese filtro que había antes.

Hace unos años, los pequeños guardaban cierta distancia con los adultos y sabían que no podían hacer todo como ellos, porque eran niños. Hoy esa distancia no existe. Por eso se produce una identificación casi total.

Niño gritando

La fantasía de completitud y la falta de individuación

De lo anterior se desprende que el niño termina pensando que puede hacerlo todo, como lo haría un adulto. Intentan adoptar el papel del padre, dando consejos e incluso órdenes en la casa.

También pretenden ocupar el lugar del maestro, indicándole qué debe enseñar y cómo. Sin embargo, tarde o temprano chocan con la realidad de que no tienen las herramientas para actuar así. Esto los asusta y los confunde.

Lo que se ha descrito en el párrafo anterior es la fantasía de completitud. El niño se siente autosuficiente, aunque no lo sea. No cree que necesite aprender en realidad, ni que esté en un proceso de crecimiento. Por eso no es receptivo a las indicaciones de sus padres y maestros. Esto, a su vez, le impide que adelante un proceso de individuación real, es decir, un despliegue de su ser auténtico. Él imita, no es.

Según la doctora Messing, esta situación se supera solo si se reconstruyen los roles familiares. Padres e hijos no son iguales y quienes ejercen la autoridad son los primeros.

Esa autoridad no es autoritarismo, sino validación de su condición de guías y generadores de pautas de comportamiento. El niño depende económica, emocional y socialmente de sus padres. Esto les confiere a ellos la autoridad para dirigir la estructura familiar. Y no es negociable.

Levin, E. (2000). La Función del hijo: espejos y laberintos de la infancia. Nueva Visión.