El perfeccionismo: nuestro mejor aliado, nuestro peor enemigo

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 14 febrero, 2017
Sergio De Dios González · 14 febrero, 2017

El perfeccionismo sería prácticamente un intento heroico por alcanzar la maestría total a partir de los recursos con los que contamos, de manera que podamos llevar una obra, nuestra obra, hasta su mejor final. En su lado más positivo podemos considerarlo un auténtico acicate del proceso creativo, ya que su búsqueda estimula esfuerzos y soluciones que de otra forma se habrían perdido entre la broza que se acumula en las cunetas del sendero de la vida.

Así, el perfeccionismo es una virtud necesaria y estimable si cabalga bajo nuestro control, y no terminamos sometidos bajo el poder de su fuerza, que como todas nuestras pasiones, si se vuelve recurrente tenderá a intentar dominarnos. Así, estaría bien empezar por dejar a un lado cualquier intento de torturarnos por albergar ese perfeccionismo, ya que es un ingrediente natural en el marco de un proceso creativo.

“Los perfeccionistas, al considerar o creer que la vida es intolerable, de no ser por la perfección del arte, pueden convertir a este en algo imperfecto por la misma vehemencia de su homenaje”.

-Cyril Connoly-

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El perfeccionismo que nos paraliza

Rebasada cierta línea, el acicate se vuelve congelador. Sabemos que hemos cruzado esa línea cuando cualquier avance es un argumento muy débil frente a de este, ahora verdugo. Cualquier paso hacia delante muere bajo el filo del perfeccionismo, acusado de ser horroroso, ridículo y carente de valor.

Así, el bloqueo en la labor creativa muchas veces actúa como una defensa interna para ofrecer una resistencia al brazo que empuña el hacha. La parálisis se produce para evitar que el maltrato que realizamos hacia nosotros mismos, en forma de diálogo interno, continúe. Así, mientras no encontremos una manera de recuperar el control sobre este diálogo, sería positivo acoger este bloqueo con tranquilidad en vez de traspasar el foco de la ira de lo producido a nosotros (pasar de “lo que hemos hecho es un desastre” a “soy un desastre”). Algo, que por cierto, normalmente hacemos.

En este sentido, la fuerza de voluntad contra la procrastinación -la forma final de este bloqueo- no servirá más que para arrastrarnos por le barro de la impotencia. Piensa que nuestras defensas internas suelen ser mucho más poderosas que nuestros arranques de coraje o que los discursos motivadores. Por el contrario, si queremos terminar con esta barrera lo adecuado sería negociar con nuestro nivel de exigencia, con el propio monstruo que hemos creado, en vez de juzgarnos con crueldad por procrastinadores.

¿Cómo? Ponte a jugar. Olvida que estás escribiendo un libro que pretendes publicar y deja que tu mano empiece a pegar, cortar y colorear palabras sin más aspiración que esa. Si estás haciendo un trabajo, puedes dedicar un rato a escribir sobre cualquier otra cosa. Si eres pintor y estás haciendo un cuadro abstracto, intenta pintar la entrada de una casa y añádele todos los elementos que quieras, aunque sientas que carecen de sentido.

Recuerda que estás jugando y que cuando una voz interior se relaja, entiende que todo está bien y que no necesita ser tan cruel, que no necesita tener tanto miedo. Así, el bloqueo que originó el perfeccionismo desaparecerá y tu niño interior no será castigado por intentar defenderte de tu voz crítica.

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2 variantes del perfeccionismo

El perfeccionismo tiene muchas formas de ayudarnos y de enterrarnos, de ahí su paradoja. Si os parece vamos a hablar de dos de las más comunes. La primera sería el “miedo a la perfección”. Este temor aparece cuando hemos comenzado un proyecto de una manera tan buena que llega un momento en el que nos sentimos bloqueados porque nos percibimos incapaces de seguir produciendo lo que nos falta a ese nivel.

Un día nos acostamos ilusionados y al día siguiente, zas, nos levantamos completamente bloqueados. En el medio a penas unas pocas horas de sueño.

Hace tiempo leí una historia que sirve para ilustrar esta tiranía. Durante la Segunda Guerra Mundial, a una clase de un colegio en Estados Unidos les dio por dibujar aviones de combate. A los americanos solían dibujarlos grandes, bien contorneados y con muchas armas. Por el contrario, a los aviones de los enemigos los dibujaban pequeños y con poca presencia. Además los dibujaban rodeados de llamas y envueltos en humo.

Bien, pues un día, uno de estos niños empezó a dibujar el avión más hermoso de cuantos había dibujado antes. Sin embargo, cuando volvió después del recreo se sintió incapaz de seguir dibujando el resto de partes a ese nivel. ¿Qué pensáis que hizo? Pues le “prendió fuego”, lo envolvió en humo y rehízo algunas partes para que no pareciera un avión tan bueno. De esta manera, sus aspiraciones fueron las que terminaron con su obra.

El otro disfraz para el perfeccionismo del que vamos a hablar se conoce como la “inversión del efecto Midas”. Ocurre después de que la persona haya producido un primer boceto de su obra o una parte de ella. A medida que la creaba sus sensaciones han sido buenas, pero cuando se detiene y empieza a revisar se produce una trasformación: lo que antes relucía ahora, a sus ojos, carece de todo brillo.

Así, el efecto de este cambio es tan devastador que, o bien la persona descarta por completo lo que ha hecho, o bien realiza una revisión tan drástica sobre lo ya realizado que el desenlace de la misma es fatal. Por el contrario, un distanciamiento de lo realizado para apaciguar la voz crítica probablemente le hubiera llevado a un revisión más conservadora y, a al vez, con más sentido.

Como hemos visto, el perfeccionismo es una de esas paradojas que cada uno de nosotros encerramos en nuestro interior. De él nace la utopía, y de él también han nacido las mejores obras o los mayores descubrimientos. Es su gestión lo que puede convertirlo en nuestro mejor aliado o en el peor verdugo de nuestras creaciones y, por extensión, de nosotros mismos.